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miércoles, 19 de octubre de 2011

Jugar es aprender

Se corre el riesgo de considerar que porque el juego está relacionado con el tiempo libre y se trata de una actividad lúdica, la inversión de tiempo en este tipo de actividades resulta improductiva. Por el contrario, el juego ha demostrado ser de gran importancia para el desarrollo de los niños, como defiende el Informe “Juego, Juguete y Salud” de la Fundación Crecer Jugando.
 El juego simbólico (en el que se simulan situaciones y se representan papeles) es una actividad lúdica a través de la cual el niño puede poner en marcha muchos procesos de aprendizaje por medio de la representación de situaciones de la vida cotidiana y del mundo que le rodea. A través de este tipo de juego se puede aprender por imitación comportamientos que ha observado en otros modelos de conducta (como pueden ser los padres, otros adultos o sus propios iguales). Así mismo, en los juegos se pueden representar situaciones que obligan a los pequeños a generar e interpretar nuevos roles, a buscar soluciones para las situaciones que ellos mismos plantean, a ponerse en la situación del otro y a desarrollar habilidades sociales y emocionales (sobre todo cuando el juego es compartido)… En definitiva, los momentos de juego simbólico abren al niño la posibilidad de adquirir un gran número de habilidades de manera espontánea y económica (en la mayoría de ocasiones con pocas cosas basta para que el niño dé rienda suelta a su imaginación), sin tener que experimentar directamente todas las situaciones que en el juego simbólico se pueden simular.


Los Beneficios del juego para el desarrollo de los niños
Como vemos, “El Juego” es una actividad importante en el proceso de desarrollo, pues además de proporcionar momentos de placer y satisfacción para los niños (pues es algo que les expone a emociones positivas y a estímulos gratificantes), supone, como hemos visto, una vía para aprender estrategias de gestión de conflictos, una manera de ensayar habilidades de comunicación y resolución de problemas, una buena forma de liberar tensiones, una oportunidad para afrontar miedos de una manera más fácil… Y todo este conjunto de comportamientos pasarán a formar parte de su repertorio de conductas y podrán ser aplicadas posteriormente en la vida real. Es además uno de los mejores modos de empezar a tomar contacto con el mundo que rodea al niño y experimentar la realidad desde las edades más tempranas.

Está claro que no todos los juegos son de carácter simbólico, ni todos permiten el desarrollo de las mismas habilidades o capacidades, pero es importante entender que los momentos de juego son importantes para la maduración y el aprendizaje de los niños y hay que preservarlos. Prácticamente todos los juegos y todas las actividades lúdicas tienen aspectos positivos (siempre y cuando se establezcan las condiciones y límites adecuados para su uso y práctica) y permitirán generar situaciones para el aprendizaje de múltiples estrategias y habilidades (cognitivas, sociales, emocionales, motoras…
Como establece la OMS (Organización Mundial de la Salud), “la salud es un estado completo de bienestar físico, mental y social” y no la mera ausencia de enfermedad. En el caso de los niños, ese bienestar pasa, sin duda, por la preservación de momentos de carácter lúdico y distendido más allá de la mera actividad académica y “productiva”. Aunque si tenemos en cuenta todo lo aquí tratado, nos podemos dar cuenta de que el juego, lejos de ser una actividad “improductiva”, es productiva y mucho…

Referencias:
Puede encontrarse el Informe “Juego, juguete y salud”. Fundación Crecer Jugando. 2007, haciendo click aquí
En la web de la Fundación Crecer Jugando pueden encontrarse otros documentos de interés y una gran base de datos de juegos y juguetes clasificados por edades, tipología y valor educativo (Ludomecum)

jueves, 6 de octubre de 2011

Lo que hacemos repercute en nuestro cerebro

Del mismo modo que nuestros comportamientos y nuestros hábitos de vida afectan a nuestra salud física y orgánica, nuestro cerebro, como un órgano más de nuestro cuerpo, también se ve afectado por nuestros comportamientos y hábitos cotidianos. Esta repercusión de la conducta sobre el cerebro puede ser tanto en positivo como en negativo.
¿Cómo se explica que a través de la conducta se modifique el cerebro?
 El cerebro está formado por un gran conjunto de células llamadas neuronas. Las neuronas son capaces de trasmitir información entre sí en forma de impulsos eléctricos y de elementos químicos (los neurotransmisores). Pero para trasmitir información, las neuronas deben establecer conexiones unas con otras, de modo que estos impulsos eléctricos y químicos, puedan ir avanzando a través de ellas.
Cuando venimos al mundo, lo hacemos desprovistos de todo aprendizaje. Sólo disponemos de unos cuantos reflejos muy básicos (innatos, no aprendidos) a través de los cuales empezamos a conocer el mundo. Cuando nacemos las neuronas en nuestro cerebro aún están algo inmaduras y desconectadas entre sí (sobre todo las de las zonas corticales superiores, responsables de los comportamientos complejos, no reflejos). Tan sólo esas vías reflejas están maduras y es a través de esos pocos reflejos como empezamos a tener las primeras experiencias de aprendizaje. Esas experiencias de aprendizaje posibilitan que las neuronas empiecen a establecer conexiones unas con otras para posibilitar cada vez movimientos más complejos y coordinados, que responden cada vez más a las planificaciones del bebé. Más adelante se aprenderá a imitar gestos, a emitir los primeros sonidos y a articular las primeras palabras…hasta hacernos capaces de organizar frases, aprender secuencias de movimientos complejas, desarrollar razonamientos, tomar decisiones y todo el conjunto de habilidades complejas de las que los humanos hacemos gala.
Es el contacto con el ambiente lo que posibilita que el cerebro vaya teniendo forma (estableciéndose conexiones específicas en cada persona), de manera que el tipo de habilidades que aprendamos estará siempre en función del tipo de estimulación y experiencias de aprendizaje a las que hayamos estado expuestos. No obstante, del mismo modo que para aprender algo y que ese aprendizaje quede plasmado en el cerebro (a través de una serie de circuitos neuronales) hay que estar expuesto a las mencionadas experiencias de aprendizaje, para modificar o eliminar esos aprendizajes, hay que verse expuesto a experiencias de aprendizaje diferentes, dejar de practicar aquellos comportamientos aprendidos o que estos dejen de ser útiles o beneficiosos (y por tanto no merezca la pena repetirlos).
Toda conducta aprendida puede consolidarse y pasar a formar parte de nuestro repertorio comportamental y a medida que dicho comportamiento se continúe emitiendo, puede automatizarse, sobre todo cuando se trata de secuencias conductuales que siempre se realizan de la misma manera o ante los mismos estímulos. Podemos automatizar desde el modo de conducir y el montar en bici hasta la tendencia a comer rápido y el hábito de fumar un cigarrillo al terminar de comer, entre otras muchas cosas… El haber automatizado una conducta quiere decir que su emisión cuesta poco trabajo, desencadenándose de manera casi inmediata, con escasa dificultad y siempre de la misma manera cuando aparecen determinados estímulos asociados a la conducta. Esto a nivel neuronal supone que dichas conductas están representadas por circuitos neuronales que han establecido conexiones muy fuertes a base de la repetición de dichos actos de manera frecuente y siempre del mismo modo. Las conexiones neuronales fuertes favorecen que la información para la acción “viaje” rápidamente a través de esa red de neuronas cuando aparecen los estímulos convenientes, traduciéndose de manera rápida en la conducta, exigiendo poca atención y escaso coste de recursos.
 No obstante, el que una secuencia conductual, como puede ser conducir, se automatice, no quiere decir que no podamos introducir modificaciones o que no podamos volver a convertirla en un acto “consciente” (objeto de nuestra atención). Para ello sólo hay que volver a hacer el esfuerzo de reparar en lo que estamos haciendo. Por ejemplo, si vamos conduciendo y escuchando la radio, es probable que si dominamos la conducción y además conocemos el trayecto, podamos enterarnos de lo que por la radio se cuenta sin problemas. Sin embargo, si ese día nos vemos obligados a modificar nuestro trayecto, es posible que tengamos que destinar más recursos y atención al acto de conducir e incluso la radio se convierta en un distractor. Del mismo modo, cuando hemos adquirido la costumbre de fumar un cigarro después de comer, probablemente realizaremos la conducta de sacar el cigarrillo cuando llegue ese momento, y experimentaremos  ganas cuando se de esa situación y no tengamos uno a mano. Pero todo hábito y toda conducta, por muy automatizada que esté, puede ser objeto de cambio de igual modo que ha sido objeto de aprendizaje. Esto se debe a que el cerebro tiene una gran plasticidad a la hora de establecer y modificar conexiones, aunque, eso sí, cuanto más consolidada esté la conducta y mayor haya sido la repetición de la misma, más costará modificarla.

Hasta aquí se ha hecho un breve resumen de cómo se aprende y consolida una conducta y como este aprendizaje tiene un correlato neurológico a través de una serie de circuitos neuronales, en los que las neuronas estarán más o menos conectadas y más o menos activas en función del grado de repetición de dichas conductas.
¿Qué repercusiones puede tener nuestra conducta en el cerebro?
Nuestro comportamiento puede afectar al cerebro de dos maneras. Una de ellas ya la hemos visto: Cuando aprendemos algo, ese aprendizaje queda plasmado en una serie de circuitos neuronales y el tipo de conexiones que se establecen dependerán del tipo de experiencias de cada persona. De esta manera, la configuración cerebral a nivel de circuitos es específica de cada persona (al margen de las similitudes generales de la morfología cerebral). Una segunda manera de producir cambios en el cerebro es por medio de nuestros hábitos de vida y salud: el tipo de dieta, la realización de ejercicio, el consumo de tóxicos… Todos estos comportamientos pueden tener una repercusión en el funcionamiento del cerebro como órgano, tanto a nivel vascular, como a nivel de procesamiento. Por ejemplo, el consumo excesivo de ciertas sustancias como el colesterol, la sal, el alcohol o el tabaco pueden ocasionar daños vasculares que a su vez pueden derivar en ictus cerebrales y microinfartos, que pueden deteriorar el procesamiento cerebral e incluso favorecer la aparición de lesiones o demencias. Por otro lado, el consumo de tóxicos además de trastocar el procesamiento de la información como resultado de los efectos de la sustancia activa, también puede a la larga repercutir en capacidades como la memoria, la coordinación motora, la capacidad de razonamiento y planificación, el control de impulsos…

No obstante, no sólo es necesario cuidar nuestros hábitos de vida, sino también ejercitar nuestro cerebro para mantenerlo activo y en un funcionamiento óptimo, conservando esa capacidad de aprender y ejecutar, que con el tiempo puede irse deteriorando. Acabamos de ver cómo el cerebro es moldeado por nuestras experiencias de aprendizaje y cómo a través de la práctica de todo lo aprendido (tanto a nivel de comportamiento como a nivel de uso de conocimientos) los circuitos cerebrales se mantienen activos y fuertemente conectados. De la misma manera que hacemos ejercicio para mantener el cuerpo sano, una mente activa asegura la creación de conexiones neuronales, lo cual ha demostrado ser un buen paliativo para la pérdida de capacidades cognitivas con la edad o para el daño que puede producir una demencia como puede ser el Alzheimer.

Pero… ¿Qué hay que hacer para mantener el cerebro sano?
Además de cuidar nuestros hábitos de salud para que no repercutan de manera negativa en el cerebro, debemos mantenerlo activo y esto puede hacerse de una manera muy simple, pues a través de las propias actividades cotidianas e incluso a través de entretenidos ejercicios como los pasatiempos, la lectura o los juegos de razonamiento podemos contribuir a ejercitar la llamada “materia gris”.

viernes, 30 de septiembre de 2011

El error de sobreproteger a los hijos

Es frecuente que las personas, cuando se enfrentan al gran reto de ser padres, experimentan gran cantidad de dudas: ¿Seré buen padre?, ¿Qué debo hacer para educar bien a mis hijos?, ¿Cómo puedo trasmitirles los valores que quiero?, ¿Cómo enseñarles el modo de comportarse adecuado?, ¿Cómo eliminar los comportamientos inadecuados y regañarles cuando es preciso sin convertirme en un “ogro”?, ¿Cómo ganarme su confianza y al mismo tiempo hacerme respetar?...
 Ciertamente todas estas cosas son importantes a la hora de educar a los hijos y establecer una buena relación de confianza, apoyo y respeto mutuo. Es normal que todas estas dudas puedan sobrevenir a un padre en algún momento. Cuando se tiene un hijo, la mayoría de los padres tratan de buscar lo que cada uno considera mejor para él, y actuar del modo que creen más adecuado. Pero en esta toma de decisiones, a veces, los padres, sin ninguna intención de hacer mal a sus hijos, no eligen lo que es más recomendable para ellos, ni actúan del modo más beneficioso para su desarrollo. Esto ocurre por ejemplo, cuando se es demasiado sobreprotector con un hijo.

La sobreprotección se traduce en una serie de comportamientos de los padres hacia el hijo que limitan la libertad de éste a la hora de tener experiencias con su entorno y que buscan evitar la experimentación por parte del hijo de consecuencias negativas tanto emocionales como físicas (Ej. No dejarle hacer ciertas cosas para prevenir que le pase algo, no dejarle jugar a ciertos juegos por temor a que se haga daño, controlar en exceso donde está, acompañarle en cada momento, resolver todas las dificultades que tenga y consentir todo aquello que quiera para evitar que experimente emociones negativas…). Además, todos estos comportamientos tienen una contrapartida en los padres, y es que, a través de ellos, los propios padres logran apaciguar sus inseguridades y temores y evitan, ellos también, experimentar emociones negativas. Si su hijo no se expone a lo que los padres consideran “fuentes de peligro”, ellos evitarán experimentar la intranquilidad que esa situación les generaría. Del mismo modo, si consienten todo lo que el niño quiere y resuelven todas las dificultades que el niño experimenta, evitan lo desagradable que es tener que decir que no y privar al hijo de algo que desea, así como evitan también asistir a una rabieta y ver al niño mostrar emociones negativas como el llanto y la tristeza… De esta manera las conductas sobreprotectoras se mantienen por dos factores: 1) Evitan consecuencias negativas para el niño y 2) Evitan situaciones negativas para los padres.

Pero, no olvidemos que esto tiene otra consecuencia está vez perjudicial para el desarrollo del niño: Se está privando al niño/a de experiencias de aprendizaje, ya que además de estarle privando e experiencias negativas, también se le puede estar privando de experiencias positivas, y ni que decir tiene que de lo negativo también se aprende y son este tipo de experiencias las que permiten a las personas ir desarrollando habilidades de afrontamiento para su día a día. Entre estas habilidades se encuentran la “tolerancia a la frustración”, las capacidades para resolver los propios problemas, las habilidades para gestionar adecuadamente las emociones positivas y negativas, la capacidad de aplazar la obtención de las cosas que deseamos (pues no todo se puede tener en el momento en que uno quiere)…
Es a través de la experiencia como las personas empezamos a desarrollar nuestro conocimiento sobre el mundo (las contingencias que los rigen) y el repertorio de conductas y de habilidades de afrontamiento que nos permitirá ser cada vez más autónomos e ir superando progresivamente las situaciones y dificultades que nos deparará la vida. A través del contacto con su entorno, el niño va aprendiendo desde pequeño que conductas son apropiadas en un momento dado y cuáles no. En ocasiones el niño hará algo inadecuado y recibirá consecuencias negativas por ello (bien una reprimenda o bien una consecuencia física negativa como por ejemplo, recibir un azote en la mano cuando trata de meterse a la boca algo que no debe). En otras ocasiones, las consecuencias de su conducta serán positivas (por ejemplo, si desea agua y lo pide, el niño verá calmada su sed; si presiona el juguete que le han regalado oirá un sonido que le gustará; si se come toda la comida, se le llevará al parque).
Como regla general, aquellas conducta que reporta consecuencias positivas tenderán a repetirse, y aquellas que conllevan consecuencias negativas se eliminarán. Esta es la manera como aprendemos las personas, la única diferencia es que el tipo de conductas que estamos preparados para adquirir es cada vez más complejo a lo largo de nuestro desarrollo vital. Pero es necesario tener experiencias con el mundo para que estos aprendizajes cada vez más complejos puedan producirse.
De igual modo que aprendemos contingencias básicas como que cuando nos llevamos algo del suelo a la boca, mamá o papá nos regañará o que cuando no nos comemos todo el plato, no tendremos postre… también empezamos a aprender qué cosas nos gustan y nos causan emociones positivas y cuáles no. Por ejemplo, cuando nos subimos al tobogán y nos lanzamos por él, podemos experimentar una emoción agradable pese a que el tobogán está alto y si no tenemos cuidado nos podemos caer; al jugar con la arena nos lo podemos pasar muy bien, pese a que nos pondremos manchados y podemos estar expuestos a muchos gérmenes… Al privar a los niños de experiencias de aprendizaje estamos limitando su contacto con situaciones desagradables, pero también con las agradables y estaremos limitando por tanto, la posibilidad de beneficiarse de todas esas ricas experiencias, que les permitirán además de ser más capaces y autosuficientes el día de mañana, conocerse cada vez más, saber lo que les gusta y lo que no… Si no experimentan lo negativo, difícilmente aprenderán de ello y tendrán la capacidad de sobreponerse a esa emoción; si no experimentan lo positivo, no disfrutarán de esa experiencia, no aprenderán a valorar esas cosas y momentos, ni pondrán en marcha conductas para volver a experimentarlo.
Es necesario que el niño o niña, desde que viene al mundo esté expuesto a las experiencias apropiadas para su edad para que vaya adquiriendo de manera espontanea aquellos comportamientos y capacidades que resultan adecuados para su nivel de desarrollo. Eso sí, siempre con un grado de control apropiado por parte de los padres y otras figuras de referencia, que ni le prive de esas experiencias necesarias para crecer, conocer cómo se organiza el mundo y ganar en autonomía, ni le exponga sin protección a aquellas situaciones que le podrían dañar y para las que aún no está preparado para afrontar.


*En relación a este tema les animo a consultar un “cuento para padres” que les ayudará a reflexionar sobre los efectos negativos que puede tener la sobreprotección de los padres hacia los hijos. El cuento se titula Nubecilla, y ha sido escrito por Víctor Gómez.


miércoles, 31 de agosto de 2011

¿Cómo se configura la “Personalidad”?

Como ya se ha tratado más detenidamente en un post anterior (ver “La Personalidad: ¿A qué nos referimos?” para completar la información), el término “Personalidad” hace referencia a un conjunto de patrones de comportamiento (formas de actuar, reaccionar, emocionarse y pensar) relativamente estables a lo largo del tiempo y las situaciones. Alude a las maneras en que tendemos a comportarnos en una gran variedad de las situaciones que vamos experimentando en nuestra vida. Esas tendencias de conducta son las que nos permiten ser relativamente predecibles para el resto de la gente, aunque la “Personalidad” de ninguna manera determina nuestro comportamiento en todas y cada una de las situaciones, sino que tan solo se refiere a patrones de conducta que tienen más probabilidad de llevarse a cabo, debido a que se han consolidado a través de nuestra experiencia previa en situaciones similares. Estos patrones de comportamiento habrían sido aprendidos a lo largo de nuestra historia de vida y a base de haber sido reforzados se habrían consolidado como un “modo de ser”, o más bien de actuar y pensar, relativamente estable y característico de la persona, formando parte de nuestro Repertorio Básico de Conducta. En definitiva, a este repertorio de conductas que es producto de nuestra historia de aprendizaje es a lo que nos referimos cuando hablamos de Personalidad.

Pero..."¿Cómo se desarrolla la "Personalidad"?


La Personalidad no está predeterminada sino que se va confeccionando a lo largo de nuestra historia de aprendizaje en función de las experiencias por las que vamos pasando durante el proceso de desarrollo y socialización. La Socialización es el proceso de aprendizaje que permite al niño desde que es pequeño, incorporar las conductas, creencias, normas, valores… apreciados, valorados y reforzados por el grupo cultural en el que se inserta, para pasar a formar parte plena de él. El proceso de socialización es uno de los principales factores que influyen en la configuración de la personalidad pero éste interactúa con otros muchos factores que también ejercen su influencia en la conformación del Repertorio de Conductas de la persona. Entre todos estos factores, la carga genética y las características orgánicas de la persona (ej. posibles malformaciones físicas o déficits sensoriales, ciertos rasgos físicos de la persona, problemas en el funcionamiento de algún órgano, enfermedades congénitas o hereditarias…) también juegan un papel importante, pues pese a que los comportamientos que configuran nuestro repertorio son aprendidos (no nacemos con ellos ni vienen, “escritos” en nuestros genes sino que los desarrollamos en nuestra interacción con el entorno), éste aprendizaje se da bajo unas condiciones biológicas y situacionales de partida (como las anteriormente aludidas) que influirán en cómo se desarrollen esos aprendizajes: qué comportamientos serán con mayor probabilidad o más fácilmente emitidos por la persona y cuáles serán o no reforzados por el entorno. Los comportamientos que sean reforzados en muchas ocasiones se consolidarán con más facilidad y pasarán por tanto a conformar nuestro repertorio de conductas con más probabilidad que otros.
Pongamos un ejemplo de lo anterior: Imaginemos una persona que nace con una discapacidad auditiva. Dicha condición biológica innata funcionará como una característica (Variable Disposicional) que influirá en el modo en que se desarrollará la interacción de esta persona con su entorno y por tanto, influirá también en el tipo de experiencias de aprendizaje que tenga y los comportamientos que se incorporen a partir de ellas. Por ejemplo, el tipo de relaciones que establezca con las personas de su entorno podría verse influido, siendo las interacciones diferentes a las que podría establecer una persona oyente con su grupo de iguales. En este sentido el déficit auditivo podría suponer una barrera para establecer interacciones normalizadas desde la llegada al mundo, al menos hasta el momento en que se aprenda el lenguaje de signos o se desarrollen estrategias efectivas de comunicación con el entorno. Desde la llegada al mundo habría parte de la estimulación que la persona con déficit auditivo no percibiría. Ésta podrá ser compensada por otras vías sensoriales y por tanto, no necesariamente tendría que derivarse de esto ningún problema posterior ni ninguna dificultad añadida más allá de la que supone el propio déficit auditivo (la necesidad de aprender otros modos de comunicación alternativos). No obstante, si la persona no maneja adecuadamente éste déficit, sí pueden surgir problemas que se plasmen en el tipo de patrones de conducta que la persona incorpore a su repertorio. Supongamos, por ejemplo, que por su déficit auditivo la persona opta por aislarse de su entorno cuando éste está formado por personas oyentes, adoptando patrones de comportamiento social de tipo evitativo (precisamente por las dificultades que entraña la interacción social con todo aquel que no maneje el lenguaje de signos). Con el tiempo la persona podría convertirse en un individuo socialmente inhibido (al menos en el contexto de personas oyentes), siendo ésta la etiqueta que mejor definiría el modo en que tiende a comportarse en situaciones sociales. Esta conducta de evitar y rehuir la interacción social con personas oyentes sería algo que ha venido consolidándose en su repertorio a través de la repetición y porque ha venido resultando útil a la persona, pues al evitar el contacto social con personas oyentes, también se está evitando el malestar que esto supone y los esfuerzos que la persona debe realizar para hacerse entender. No obstante, podría ocurrir que esa misma persona no tuviera ningún problema a la hora de interactuar con personas que manejen el leguaje de signos y en estos contextos no se muestre para nada inhibida. En este caso no se trataría de una persona con déficit de habilidades sociales, como podríamos suponer, sino que las personas también aprendemos a discriminar entre unas situaciones y otras y podemos adaptar nuestro comportamiento a la situación eligiendo en qué momento comportarnos de un modo y en qué momento comportarnos de otro. Esto no quiere decir que nuestra personalidad sea voluble, sino, más bien, que la conducta es flexible y adaptativa. El que podamos discriminar qué conductas nos compensan más en unas situaciones y en otras no es incompatible con que puedan existir ciertas tendencias de actuación relativamente estables y generalizadas y que el aprendizaje de dichas conductas venga influido por un amplio conjunto de factores personales (ej. factores genéticos, orgánicos etc.) y situacionales (características del contexto).



Por poner otro ejemplo, de cómo las características biológicas pueden ejercer influencia en el modo en que se desarrolla la conducta y la personalidad, la investigación ha demostrado que las personas con rasgos físicos atractivos (la gente “guapa”) tiende a ser en general más hábil socialmente y más inteligente. Esto tiene la explicación precisamente en el modo en que estas características influyen en el modo en que se desarrollan las experiencias de aprendizaje. La gente guapa tiene experiencias sociales más positivas, está expuesta a más experiencias de refuerzo en su interacción con los otros y en la medida en que a la especie humana nos gusta más interactuar con personas con rasgos físicos armoniosos, estas personas estás expuestas a mayor estimulación y atención por parte del entorno. La contrapartida de esta mayor estimulación y experiencias de interacción más ricas y reforzantes es el desarrollo de mayores habilidades sociales y un nivel de inteligencia por lo general medio-alto. Sin embargo, hay que tener en cuenta que se está hablando en términos generales y que, como en todo, habrá excepciones. Lo que sí es claro es que las experiencias a las que tengamos acceso y la cantidad y tipo de estimulación que recibamos influirán en las habilidades, capacidades y patrones de conducta que adquiramos, y en definitiva, en el tipo de personas que “seamos” o en los rasgos o tendencias de comportamiento que nos caractericen.
Según lo que hemos venido tratando, existirían un conjunto de variables disposicionales (características biológicas de tipo innato o adquirido) que en combinación con las experiencias de aprendizaje que tienen lugar durante el proceso de socialización, influyen en la formación de lo que llamamos “Personalidad” (nuestras tendencias de comportamiento). No nacemos determinados para “ser” o comportarnos de una manera específica, sino que somos resultado de nuestras experiencias de aprendizaje. En ellas tiene algo que decir la carga genética, pero ésta actúa sólo como un factor modulador de la experiencia, sin predeterminar el resultado de la misma. El principal papel en la configuración de la Personalidad lo juega la experiencia vital a la que accedemos a través de los agentes de socialización, siendo tres los principales: La familia, la escuela y el grupo de iguales.


Todo individuo forma parte de una sociedad que tiene unas formas características de pensar, sentir, actuar y conducirse. Desde que llegamos al mundo, las personas debemos aprender los valores, las normas de conducta, las creencias, los ideales, los intereses… de nuestra cultura concreta, aprendiendo los modos específicos de satisfacer nuestras necesidades que son reforzados por cada cultura y grupo social y que nos permitirán adaptarnos al mismo. A todo este proceso ayudan los tres agentes de socialización mencionados, participando desde que un niño viene al mundo en el desarrollo de los hábitos, la manera de percibir e interpretar el mundo que le rodea, la absorción de conocimientos por experiencia directa o indirecta, la incorporación de normas y reglas de conducta…

Los resultados de todos los aprendizajes que vamos realizando son modificaciones relativamente estables en la conducta de la persona como producto de la experiencia, pues en definitiva, en eso consiste el Aprendizaje (producir un cambio más o menos estable en el tiempo pero que puede tener efecto reversible en la medida en que no es algo predeterminado, sino que depende de la experiencia). En función de nuestras experiencias, así seremos.

La familia, el grupo de iguales y la escuela tienen una gran influencia en el tipo de experiencias de aprendizaje a las que nos vemos expuestos. Todos ellos determinan el tipo de estímulos sociales que se le presentarán al niño, la información o normas que se le enseñan, las formas de actuar o de pensar (ideas, creencias, formas de interpretar la situación y la conducta de los otros) que se van a recompensar (y a promover) o a castigar (ya a eliminar). Ello determina qué se va a consolidar como parte del repertorio de conducta y que no. Como resultado de ello, las experiencias tienden a reforzar algunos repertorios de conducta que irán conformando los “rasgos de personalidad”. Si por ejemplo dentro de la familia un niño aprende que haga lo que haga o diga lo que diga (esté bien o esté mal) recibe el castigo o la crítica de sus padres, además de no aprender a discriminar que es lo correcto y lo incorrecto en cada situación, puede aprender a que es mejor callarse y no hacer nada para no recibir castigo. De esta forma se desarrollará y consolidará un patrón de conducta inhibida que a menos que no se vea mitigado por experiencias de aprendizaje opuestas en otros contextos diferentes a la familia (ej. la escuela o el grupo de amigos), donde el niño sí sea reforzado, se mantendrá en el tiempo y podrá convertirse en un rasgo que le caracterice (pues será la manera en que tienda el niño a comportarse en un conjunto amplio de situaciones).

Las pautas de crianza en el hogar, las enseñanzas en la escuela, las interacciones con el grupo de iguales, la información recibida y la observación de las conductas a través de los medios de comunicación… permiten a las personas ir incorporando desde niños ciertos aprendizajes y los elementos socioculturales relevantes, adaptándonos así al entorno social en cuyo seno debemos vivir y conformando en cada persona unos repertorios de conducta (Personalidad) específicos que nos caracterizan aunque no nos determinan. La Personalidad en la medida en que se confecciona a partir de las experiencias de aprendizaje también es modificable en base a las mismas (exponiéndonos a experiencias de aprendizaje alternativas). La mayor o menor dificultad para cambiar un hábito o tendencia de comportamiento depende de su grado de consolidación, que depende a su vez de cuánto haya sido repetida y reforzada esa conducta.

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lunes, 29 de agosto de 2011

La Personalidad: ¿A qué nos referimos?

¿De qué estamos hablando cuando hablamos de Personalidad?

A pie de calle está bastante extendida la concepción de la Personalidad como una “forma de ser” que caracteriza a la persona y que es bastante difícil de modificar. Se concibe como una especie de “esencia” interna que diferencia a la persona de otras y le hace ser único. Se le suele atribuir además un carácter innato, razón por la cual se considera difícil de modificar, llegando esta creencia en ocasiones a justificar ciertos comportamientos o la ausencia de cambio de los mismos: “Soy así, no puedo evitarlo”.
¿Cómo se define la Personalidad desde el punto de vista psicológico (desde la Psicología Conductual)?
Estaríamos de acuerdo en que la Personalidad hace referencia a un “modo estable de ser” de cada persona concreta, es decir, por Personalidad aludimos a una serie de patrones de comportamiento relativamente estables que tienden a desplegarse ante un gran conjunto de situaciones vitales. Es por ello por lo que nosotros mismos y la gente que nos conoce, en base a la experiencia previa de cómo nos hemos comportado en el pasado en situaciones similares, podemos/pueden hacer predicciones relativamente certeras sobre cómo nos podremos comportar. No obstante, el que existan en nuestro repertorio de conductas patrones de comportamiento relativamente estables no quiere decir 1) Que dichas tendencias o patrones sean innatos, 2) Que éstos determinen nuestra conducta en cualquier situación y 3) Que no puedan ser modificados.
Clarificando la noción de Personalidad…
Expliquemos uno a uno los puntos anteriores:
1)      La Personalidad no es innata: Venimos al mundo con un repertorio de reflejos muy básicos a partir del cual empezamos a interactuar con el entorno y a desarrollar patrones de conducta cada vez más complejos. A lo largo del desarrollo las conductas que vamos incorporando a nuestro repertorio son cada vez más elaboradas, incluyéndose tanto conductas motoras observables, como creencias y modos de pensar (conducta cognitiva o encubierta), formas de sentir, reaccionar, emocionarse… Todas estas conductas observables y encubiertas que se incorporan a nuestro repertorio son producto de los aprendizajes que tienen lugar en nuestra interacción con el entorno. Innatos sólo serían esos reflejos básicos iniciales, a partir de ahí, lo demás es aprendido y lo que aprendamos y lo que no, vendrá determinado aquí sí, por el tipo de experiencias y estimulación a que estemos expuestos: aprendizaje por experiencia directa, aprendizaje por observación de otros modelos, aprendizaje a través de la información que nos transmiten verbalmente otras personas… 

2)      La Personalidad no determina nuestro comportamiento: A lo largo de nuestra historia de vida vamos confeccionando lo que se denomina “Historia de Aprendizaje”. Ésta alude a todos aquellos comportamientos que hemos ido incorporando a nuestro repertorio como resultado de haber estado expuestos a situaciones que nos han permitido aprender esas respuestas o esas maneras de actuar, sentir, pensar y reaccionar y en las que han sido funcionales (útiles) por habernos ayudado a manejar esas situaciones y nos han permitido obtener resultados positivos. Lo que nos es útil lo incorporamos a nuestro repertorio y lo que no nos ayuda, lo desechamos. Incluso aquellas conductas o maneras de pensar que a otros les pudieran resultar inadecuadas o contraproducentes, podrían resultar funcionales o haberlo resultado en el pasado para una persona y por ello podrían mantenerse en su repertorio, incluso pese a que ya no sean tan adaptativas o aunque no lo parezcan a los ojos de los demás. Hay que entender que el repertorio de conductas de cada persona es único y responde a su historia de aprendizaje que también es única. Algunas cosas aprendidas en el pasado porque en su día fueron adaptativas y ayudaron a la persona a manejarse y a funcionar en su entorno podrían mantenerse hoy por hoy pese a que ya no sean tan útiles, simplemente por el hecho de haberse repetido mucho en el pasado y haberse consolidado fuertemente en el repertorio. Este efecto de consolidación que es producto de la repetición de ciertas conductas o ciertas formas de pensar es lo que nos permite hablar de estabilidad a la hora de referirnos a la personalidad.

Como venimos diciendo, a lo largo de las experiencias vitales vamos haciendo nuestros (incorporando al Repertorio Básico de Conductas) aquellos comportamientos que nos son útiles y beneficiosos (reforzantes) para adaptarnos al medio, los cuales pueden ser repetidos en muchas situaciones similares, en los que obtendrán igualmente beneficios (consolidándose cada vez más). Cuando una conducta es útil en cierta situación, también puede ser aplicada con resultados igualmente positivos en situaciones similares (efecto de generalización del aprendizaje), por lo que aprendemos a ampliar el uso de esa conducta, de manera que otros estímulos también funcionen como desencadenantes de la misma. De esta manera, vamos aprendiendo ciertos comportamientos (acciones, ideas y creencias, respuestas emocionales…) que tendemos a repetir, quedando estos cada vez más consolidados. La investigación ha demostrado que en general, cuantos más ensayos de una conducta se realicen, más asentada quedará esta respuesta en el repertorio de conductas y más resistente será a la modificación, aunque esta afirmación tiene sus matices, ya que en esto intervienen también otras variables (ej. programa de refuerzo al que se haya sometido la conducta: si ha sido reforzada en todas las ocasiones o ha sido reforzada o beneficiosa sólo en algunas…).

El que un patrón de comportamiento sea relativamente estable como resultado de haber sido ventajoso (haber sido reforzado) en diversas situaciones de nuestra historia de vida, no quiere decir que sea determinante de nuestra conducta en otras situaciones diferentes. Lo único que quiere decir es que cuando una conducta ha sido reforzada aumenta la probabilidad de que se utilice o se emita en las mismas circunstancias o en parecidas, pero no porque estemos determinados a ello, sino porque HEMOS APRENDIDO que es ventajosa. Esto explica que recurramos con mayor facilidad a conductas ya asentadas en nuestro repertorio en lugar de probar otros comportamientos o interpretaciones (pensamientos acerca de las situaciones) nuevas. De esta manera, lo más probable es que los viejos hábitos de conducta se sigan consolidando, consolidándose de esta manera lo que llamamos Personalidad. No obstante, si nosotros quisiéramos poner a prueba otros modos de actuar o reaccionar u otros modos de pensar ante las situaciones, podríamos hacerlo sin necesidad de “atarnos” a nuestra historia de aprendizaje pasada.

3)      La Personalidad puede ser modificada: Si entendemos la Personalidad como la venimos definiendo aquí (patrones de comportamiento relativamente estables en el tiempo y a lo largo de las situaciones que son producto de la historia de aprendizaje de cada individuo), podemos asumir, que en tanto que dichos patrones de comportamiento estables son aprendidos, también podrían ser modificados. Acabamos de decir que si nosotros quisiéramos, no tendríamos por qué sentirnos determinados a comportarnos como lo hemos venido haciendo en las diferentes situaciones por las que hemos pasado, porque nosotros tenemos la capacidad de decidir cómo queremos comportarnos sin necesidad de “atarnos” a nuestra historia de aprendizaje previa. Debemos tener en cuenta que la capacidad de aprendizaje y por tanto, la capacidad de cambio de las personas es enorme, aunque no es menos cierto que cuanto más consolidado está un comportamiento, más difícil será modificarlo o no optar por responder de esa manera ante situaciones en las que previamente ha resultado útil o con características similares a aquellas. La historia de aprendizaje previa no nos determina, aunque sí hace más probables ciertas conductas, y por tanto, más improbable o difícil el cambio en los patrones que ya han recibido mucho refuerzo previo y esto es así tanto para aquellos modos de pensar y comportarnos que son vistos como positivos por nosotros mismos y por nuestro entorno, como para aquellos que en un momento dado pueden resultar molestos para nosotros mismos y para nuestro entorno. No obstante, estos patrones de pensamiento y actuación se terminan convirtiendo con el tiempo y la repetición en características individuales o “señas de identidad” a nuestros ojos y a los ojos de los demás, funcionando en muchos, como ya hemos aludido, como justificaciones para nuestros actos y como excusas para no implicarnos en un cambio, pese a que el cambio SÍ sería posible.

Del mismo modo que una conducta o una manera de pensar o interpretar la realidad se convierte en un hábito estable como consecuencia de la repetición, se puede seguir el camino inverso para “deshabituarnos”. Esto pasa por poner a prueba otros tipos de actuaciones o de interpretaciones alternativas ante las situaciones en las que solíamos recurrir a los patrones anteriores. Esto no será fácil, ya que en muchos casos los comportamientos más asentados aparecerán o se desplegarán de manera casi automática ante los estímulos antecedentes, que funcionen como discriminativos o elicitadores de los mismos, pero de nuevo, con la práctica y la repetición de las conductas o pensamientos alternativos, en cuestión de tiempo, los nuevos hábitos de actuación y pensamiento podrán sustituir a los antiguos.

Lo bueno de todo lo que hemos venido viendo es que la Personalidad no nos limita, sino que el término PERSONALIDAD es tan solo una etiqueta descriptiva que utilizamos para aludir a un conjunto de comportamientos que son relativamente estables (en el tiempo y a lo largo de las situaciones) y que son producto de la historia de aprendizaje previa, pero que en tanto en cuanto se trata de patrones de conducta aprendidos, también pueden ser modificados. La personalidad está compuesta por hábitos que podrían ser sustituidos por otros hábitos nuevos en el momento en que la persona quiera y se lo proponga y realice un esfuerzo para que las conductas que previamente se han ido consolidando a lo largo de la historia de aprendizaje sean sustituidas por otras, probablemente más beneficiosas en el momento actual.
De igual modo que ninguno de nosotros somos idénticos a quienes éramos hace años, sino que hemos evolucionado y modificado muchos aspectos de nosotros mismos (de nuestra manera de actuar y de pensar), tampoco seremos los mismos ahora que en el futuro. El grado de cambio ya dependerá de nosotros y de las experiencias de aprendizaje a las que nos exponga la vida. Es probable que en el futuro quede en nuestro repertorio mucho de nuestra experiencia pasada, pero otras muchas cosas serán modificadas. Aquello que persiste y que permite reconocer en nosotros cierta, llamémoslo “esencia”, es precisamente lo que nos lleva a hablar de Personalidad, pero no estaríamos hablando de otra cosa que de patrones de conducta muy consolidados que persisten en el tiempo y que probablemente, si en el transcurso de los años no han sido modificados como sí lo han sido otros, es porque resultan ventajosos en algún sentido o porque el esfuerzo que supone el cambio no compensa los costes que esos comportamientos (esas formas de actuar o pensar) puedan suponer. Muchas veces lo que explica que no cambiemos algo de nosotros mismos (de nuestro repertorio de conducta) es precisamente el esfuerzo que implicarse en dicho cambio supone, haciendo que resulte en el balance, más ventajoso continuar comportándonos como tendemos a hacerlo, incluso a pesar de que la contrapartida de esos comportamientos no sea siempre todo lo beneficiosa que quisiéramos. Por ejemplo, podrían darse situaciones en las que cierta manera de reaccionar o comportarnos generase molestias al resto o incluso nosotros mismos podríamos darnos cuenta de que no es la mejor manera de reaccionar, pero por ser una respuesta ya muy automatizada, resultarnos muy costoso modificarla y preferir seguir actuando de ese modo pese a tener que asumir o aguantar el desagrado o la crítica de los otros (o incluso nuestra propia autocrítica). Como ese desagrado o crítica dura poco, la presión para el cambio de conducta es muy reducida. Además las personas también aprendemos a través de la experiencia con el resto de personas de nuestro entorno a predecir sus reacciones, es decir aprendemos los “rasgos de personalidad” (los patrones de conducta) que caracterizan a las personas cercanas y de igual modo que nos justificamos a nosotros mismos, también aprendemos a justificar o a pasar por alto ciertas conductas de los otros aludiendo al “él/ella es así”, “es su manera de ser”. Esto contribuye a que esos patrones de conducta se sigan consolidando y asentando cada vez más sin que la persona o nosotros mismos (si es el caso) nos veamos en la necesidad de realizar ningún cambio.

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jueves, 5 de mayo de 2011

Las Leyes del Aprendizaje

Las Conductas puede explicarse según unas leyes básicas: las Leyes del Aprendizaje; las cuales han sido demostradas en el laboratorio a través de diseños experimentales que corroboran cómo aprendemos las personas y animales. Estas leyes son puestas en juego día a día en nuestra vida cotidiana y explican cómo en la interacción de las personas con su medio y con los estímulos del contexto (objetos, personas, animales, características de la situación…) se aprenden determinadas conductas que si empiezan a ser repetidas en situaciones similares, pasarán a formar parte del repertorio de conductas de la persona. De esta manera, a través de una primera ejecución y una posterior repetición, una nueva conducta, hasta el momento inexistente en el repertorio de la persona, puede pasar a formar parte de su abanico de comportamientos.
Cuando nacemos disponemos de un conjunto muy reducido de reflejos básicos, a través de los cuales empezamos a explorar y a conocer nuestro mundo estimular. En esa interacción del bebé con el medio, empiezan a aparecer las primeras conductas, que pasarán a ser reforzadas o castigadas en función de las consecuencias que se obtenga a través de ellas. Cuando una conducta obtiene una consecuencia positiva (“Refuerzo”)  <<Ej. Llorar porque se tiene hambre y recibir alimento>>, aumenta la probabilidad de que se vuelva a emitir. Por el contrario, cuando una conducta obtiene una consecuencia negativa (“castigo”)  <<Ej. Meter los dedos en un enchufe y sufrir un chispazo>>, se reduce la probabilidad de que se vuelva a emitir.  En esta interacción constante de la persona con el medio, se empieza a desarrollar el repertorio básico de conductas de cada persona, que será único y diferente para cada cual, pues estará en función de las experiencias de aprendizaje a las que esa persona haya estado expuesta. Este aprendizaje continúa durante toda la vida de la persona. A lo largo de este transcurso vital, el ambiente cambia y la persona se expone a consecuencias diversas. Como resultado, las conductas de la persona se consolidan, se modifican, algunas se eliminan o se aprenden conductas nuevas que satisfacen y nos permiten adaptarnos a las demandas que nos plantea nuestro entorno.
Detrás de todo este proceso de aprendizaje, consolidación, modificación y eliminación de los comportamientos humanos, están las leyes del aprendizaje que son las que los explican y los hacen posibles. Del mismo modo que las leyes de la física están ahí, nos rodean y ejercen su efecto lo queramos o no, las leyes del aprendizaje también operan favoreciendo o dificultando la adaptación de la persona a su medio.
¿Cuáles son las Leyes del Aprendizaje?
Se trata de leyes asociativas que aluden por un lado al modo en que dos estímulos se asocian entre sí de modo que ambos eliciten la misma respuesta (Ej. Si un bebé siempre recibe cariño de su madre, el estímulo “madre” adquiere la capacidad de elicitar las mismas emociones positivas que elicitan las caricias) y por otro lado, al modo en que ciertas conductas se asocian a unas consecuencias positivas o negativas (como las anteriormente aludidas). El tipo de asociaciones que se producen puede ser muy complejo y puede generalizarse a estímulos y situaciones diferentes, lo que posibilita y explica que la conducta humana pueda ser realmente compleja y elaborada. El lenguaje aquí introduce otro factor de complejidad y riqueza. No obstante, pese a lo compleja y variada que pueda ser la conducta humana, TODOS los comportamientos responden a las mismas LEYES básicas.