Mostrando entradas con la etiqueta Padres. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Padres. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de octubre de 2011

Jugar es aprender

Se corre el riesgo de considerar que porque el juego está relacionado con el tiempo libre y se trata de una actividad lúdica, la inversión de tiempo en este tipo de actividades resulta improductiva. Por el contrario, el juego ha demostrado ser de gran importancia para el desarrollo de los niños, como defiende el Informe “Juego, Juguete y Salud” de la Fundación Crecer Jugando.
 El juego simbólico (en el que se simulan situaciones y se representan papeles) es una actividad lúdica a través de la cual el niño puede poner en marcha muchos procesos de aprendizaje por medio de la representación de situaciones de la vida cotidiana y del mundo que le rodea. A través de este tipo de juego se puede aprender por imitación comportamientos que ha observado en otros modelos de conducta (como pueden ser los padres, otros adultos o sus propios iguales). Así mismo, en los juegos se pueden representar situaciones que obligan a los pequeños a generar e interpretar nuevos roles, a buscar soluciones para las situaciones que ellos mismos plantean, a ponerse en la situación del otro y a desarrollar habilidades sociales y emocionales (sobre todo cuando el juego es compartido)… En definitiva, los momentos de juego simbólico abren al niño la posibilidad de adquirir un gran número de habilidades de manera espontánea y económica (en la mayoría de ocasiones con pocas cosas basta para que el niño dé rienda suelta a su imaginación), sin tener que experimentar directamente todas las situaciones que en el juego simbólico se pueden simular.


Los Beneficios del juego para el desarrollo de los niños
Como vemos, “El Juego” es una actividad importante en el proceso de desarrollo, pues además de proporcionar momentos de placer y satisfacción para los niños (pues es algo que les expone a emociones positivas y a estímulos gratificantes), supone, como hemos visto, una vía para aprender estrategias de gestión de conflictos, una manera de ensayar habilidades de comunicación y resolución de problemas, una buena forma de liberar tensiones, una oportunidad para afrontar miedos de una manera más fácil… Y todo este conjunto de comportamientos pasarán a formar parte de su repertorio de conductas y podrán ser aplicadas posteriormente en la vida real. Es además uno de los mejores modos de empezar a tomar contacto con el mundo que rodea al niño y experimentar la realidad desde las edades más tempranas.

Está claro que no todos los juegos son de carácter simbólico, ni todos permiten el desarrollo de las mismas habilidades o capacidades, pero es importante entender que los momentos de juego son importantes para la maduración y el aprendizaje de los niños y hay que preservarlos. Prácticamente todos los juegos y todas las actividades lúdicas tienen aspectos positivos (siempre y cuando se establezcan las condiciones y límites adecuados para su uso y práctica) y permitirán generar situaciones para el aprendizaje de múltiples estrategias y habilidades (cognitivas, sociales, emocionales, motoras…
Como establece la OMS (Organización Mundial de la Salud), “la salud es un estado completo de bienestar físico, mental y social” y no la mera ausencia de enfermedad. En el caso de los niños, ese bienestar pasa, sin duda, por la preservación de momentos de carácter lúdico y distendido más allá de la mera actividad académica y “productiva”. Aunque si tenemos en cuenta todo lo aquí tratado, nos podemos dar cuenta de que el juego, lejos de ser una actividad “improductiva”, es productiva y mucho…

Referencias:
Puede encontrarse el Informe “Juego, juguete y salud”. Fundación Crecer Jugando. 2007, haciendo click aquí
En la web de la Fundación Crecer Jugando pueden encontrarse otros documentos de interés y una gran base de datos de juegos y juguetes clasificados por edades, tipología y valor educativo (Ludomecum)

viernes, 30 de septiembre de 2011

El error de sobreproteger a los hijos

Es frecuente que las personas, cuando se enfrentan al gran reto de ser padres, experimentan gran cantidad de dudas: ¿Seré buen padre?, ¿Qué debo hacer para educar bien a mis hijos?, ¿Cómo puedo trasmitirles los valores que quiero?, ¿Cómo enseñarles el modo de comportarse adecuado?, ¿Cómo eliminar los comportamientos inadecuados y regañarles cuando es preciso sin convertirme en un “ogro”?, ¿Cómo ganarme su confianza y al mismo tiempo hacerme respetar?...
 Ciertamente todas estas cosas son importantes a la hora de educar a los hijos y establecer una buena relación de confianza, apoyo y respeto mutuo. Es normal que todas estas dudas puedan sobrevenir a un padre en algún momento. Cuando se tiene un hijo, la mayoría de los padres tratan de buscar lo que cada uno considera mejor para él, y actuar del modo que creen más adecuado. Pero en esta toma de decisiones, a veces, los padres, sin ninguna intención de hacer mal a sus hijos, no eligen lo que es más recomendable para ellos, ni actúan del modo más beneficioso para su desarrollo. Esto ocurre por ejemplo, cuando se es demasiado sobreprotector con un hijo.

La sobreprotección se traduce en una serie de comportamientos de los padres hacia el hijo que limitan la libertad de éste a la hora de tener experiencias con su entorno y que buscan evitar la experimentación por parte del hijo de consecuencias negativas tanto emocionales como físicas (Ej. No dejarle hacer ciertas cosas para prevenir que le pase algo, no dejarle jugar a ciertos juegos por temor a que se haga daño, controlar en exceso donde está, acompañarle en cada momento, resolver todas las dificultades que tenga y consentir todo aquello que quiera para evitar que experimente emociones negativas…). Además, todos estos comportamientos tienen una contrapartida en los padres, y es que, a través de ellos, los propios padres logran apaciguar sus inseguridades y temores y evitan, ellos también, experimentar emociones negativas. Si su hijo no se expone a lo que los padres consideran “fuentes de peligro”, ellos evitarán experimentar la intranquilidad que esa situación les generaría. Del mismo modo, si consienten todo lo que el niño quiere y resuelven todas las dificultades que el niño experimenta, evitan lo desagradable que es tener que decir que no y privar al hijo de algo que desea, así como evitan también asistir a una rabieta y ver al niño mostrar emociones negativas como el llanto y la tristeza… De esta manera las conductas sobreprotectoras se mantienen por dos factores: 1) Evitan consecuencias negativas para el niño y 2) Evitan situaciones negativas para los padres.

Pero, no olvidemos que esto tiene otra consecuencia está vez perjudicial para el desarrollo del niño: Se está privando al niño/a de experiencias de aprendizaje, ya que además de estarle privando e experiencias negativas, también se le puede estar privando de experiencias positivas, y ni que decir tiene que de lo negativo también se aprende y son este tipo de experiencias las que permiten a las personas ir desarrollando habilidades de afrontamiento para su día a día. Entre estas habilidades se encuentran la “tolerancia a la frustración”, las capacidades para resolver los propios problemas, las habilidades para gestionar adecuadamente las emociones positivas y negativas, la capacidad de aplazar la obtención de las cosas que deseamos (pues no todo se puede tener en el momento en que uno quiere)…
Es a través de la experiencia como las personas empezamos a desarrollar nuestro conocimiento sobre el mundo (las contingencias que los rigen) y el repertorio de conductas y de habilidades de afrontamiento que nos permitirá ser cada vez más autónomos e ir superando progresivamente las situaciones y dificultades que nos deparará la vida. A través del contacto con su entorno, el niño va aprendiendo desde pequeño que conductas son apropiadas en un momento dado y cuáles no. En ocasiones el niño hará algo inadecuado y recibirá consecuencias negativas por ello (bien una reprimenda o bien una consecuencia física negativa como por ejemplo, recibir un azote en la mano cuando trata de meterse a la boca algo que no debe). En otras ocasiones, las consecuencias de su conducta serán positivas (por ejemplo, si desea agua y lo pide, el niño verá calmada su sed; si presiona el juguete que le han regalado oirá un sonido que le gustará; si se come toda la comida, se le llevará al parque).
Como regla general, aquellas conducta que reporta consecuencias positivas tenderán a repetirse, y aquellas que conllevan consecuencias negativas se eliminarán. Esta es la manera como aprendemos las personas, la única diferencia es que el tipo de conductas que estamos preparados para adquirir es cada vez más complejo a lo largo de nuestro desarrollo vital. Pero es necesario tener experiencias con el mundo para que estos aprendizajes cada vez más complejos puedan producirse.
De igual modo que aprendemos contingencias básicas como que cuando nos llevamos algo del suelo a la boca, mamá o papá nos regañará o que cuando no nos comemos todo el plato, no tendremos postre… también empezamos a aprender qué cosas nos gustan y nos causan emociones positivas y cuáles no. Por ejemplo, cuando nos subimos al tobogán y nos lanzamos por él, podemos experimentar una emoción agradable pese a que el tobogán está alto y si no tenemos cuidado nos podemos caer; al jugar con la arena nos lo podemos pasar muy bien, pese a que nos pondremos manchados y podemos estar expuestos a muchos gérmenes… Al privar a los niños de experiencias de aprendizaje estamos limitando su contacto con situaciones desagradables, pero también con las agradables y estaremos limitando por tanto, la posibilidad de beneficiarse de todas esas ricas experiencias, que les permitirán además de ser más capaces y autosuficientes el día de mañana, conocerse cada vez más, saber lo que les gusta y lo que no… Si no experimentan lo negativo, difícilmente aprenderán de ello y tendrán la capacidad de sobreponerse a esa emoción; si no experimentan lo positivo, no disfrutarán de esa experiencia, no aprenderán a valorar esas cosas y momentos, ni pondrán en marcha conductas para volver a experimentarlo.
Es necesario que el niño o niña, desde que viene al mundo esté expuesto a las experiencias apropiadas para su edad para que vaya adquiriendo de manera espontanea aquellos comportamientos y capacidades que resultan adecuados para su nivel de desarrollo. Eso sí, siempre con un grado de control apropiado por parte de los padres y otras figuras de referencia, que ni le prive de esas experiencias necesarias para crecer, conocer cómo se organiza el mundo y ganar en autonomía, ni le exponga sin protección a aquellas situaciones que le podrían dañar y para las que aún no está preparado para afrontar.


*En relación a este tema les animo a consultar un “cuento para padres” que les ayudará a reflexionar sobre los efectos negativos que puede tener la sobreprotección de los padres hacia los hijos. El cuento se titula Nubecilla, y ha sido escrito por Víctor Gómez.


viernes, 23 de septiembre de 2011

Padres e Hijos en Conflicto

Los días 22 y 23 de septiembre ha tenido lugar en Madrid el “Congreso Internacional de padres e hijos en conflicto”, organizado por la Asociación para la Gestión de la Integración Social (GINSO) y la Sociedad Española URRAINFANCIA, que en colaboración, han puesto en marcha el programa “Recurra”, que pretende dar respuesta a la carencia existente actualmente en el ámbito asistencial español en lo relativo al tratamiento y ayuda a las familias que viven el problema del maltrato filio-parental (de los hijos hacia los padres) dentro de su hogar.
El congreso ha contado con la asistencia de grandes profesionales del campo que han hecho sus aportaciones tanto desde el terreno de la psicología, pedagogía y educación, como desde el terreno de los medios de comunicación y las propias asociaciones de padres, pasando por abogados y representantes de los servicios asistenciales públicos. La gran mayoría, sino todos los colectivos de alguna manera implicados en el análisis y la intervención de esta problemática, han tratado de clarificar con el aporte de su experiencia el estado de la cuestión desde su propia perspectiva.
El maltrato filio-parental es una problemática que ya emergió como tal hace años, pero que ha ido en aumento en los últimos tiempos, y en la que apenas lleva investigándose unos cuantos años. Siempre han exisitido conflictos dentro de las familias, pues es algo connatural a la crianza de los hijos y al desarrollo de las relaciones padres-hijos, entre los que se establecen diferencias generacionales, de estatus, de intereses, de deberes y responsabilidades… que favorecen el que en ocasiones se creen discrepancias. No obstante, es en los últimos tiempos cuando los conflictos están adquiriendo una dimensión diferente y más grave, convirtiéndose en un nuevo problema social que requiere ser atendido, estudiado e intervenido. Desde hace algunos años se ha empezado a oir algo más sobre el tema en los medios de comunicación, que ya nos tenían, sin embargo, acostumbrados a escuchar acerca del maltrato conyugal o del que ejercían los padres hacia los hijos. Parece que desde hace algunos años las tornas están cambiando, producto, entre otros factores, de los cambios sociales y en los modelos familiares.
Se trata de una problemática lo suficientemente compleja para no ser simplista, pues tanto padres como hijos son víctimas en alguna medida y tienen su parte de responsabilidad en el problema. No todo es blanco ni negro, no se puede meramente hacer una etiquetación en “agresor” y “víctima” sin que dicha clasificación trivialice parte de los factores explicativos del problema. En relación a estos factores, hay que resaltar que son muchos los que contribuyen a explicar que se llegue a una situación de maltrato filio-parental y ni son los hijos los totales culpables, ni lo son los padres y por supuesto, ambos tienen algo de víctimas.
Para comprender realmente cada problema en cada familia particular hay que hacer un análisis profundo del caso y de las diferentes variables que han podido contribuir a la génesis y el mantenimiento de la situación. Ni todas las familias son iguales, ni lo es el modo en que se da el problema en ellas. No obstante, lo que si hay de común es que estos problemas emergen por la interacción de una serie de variables o factores del contexto social, familiar, escolar y personal de cada hijo y familia, que confluyen y se combinan en cada caso de una manera particular. El modo en que las personas o partes implicadas interactúen, afronten o lidien con dichos factores o variables que caracterizan su situación vital particular, determinará la aparición de un problema o no.

¿De qué estamos hablando cuando nos referimos a maltrato filio-parental?
 Las primeras definiciones del problema surgieron ya hace 10 años y se caracterizan por su brevedad y su falta de concreción, así Harbin y Madden ya en 1979 definieron la violencia filio-parental como ataques físicos o amenazas verbales o no verbales. Posteriormente otros autores añadieron a ello los comportamientos violentos como arañar, lanzar objetos, gritar, golpear, empujar… y otros incorporon a la definición la idea de “repetición” a lo largo del tiempo de dichos comportamientos agresivos. En los últimos años las definiciones han venido siendo cada vez más operativas, asemejándose a las que ya operan en el área del maltrato conyugal. Cottrell, una de las asistentes al congreso y especialista en este campo, realiza en 2001 la siguiente definición de maltrato filio-parental: “Cualquier acto de los hijos que provoque miedo a los padres y que tenga como objetivo hacer daño a estos”. Nos encontraríamos dentro de esta definición general diversas modalidades de maltrato: físico (pegar, empujar, dañar…); psicológico (intimidar, atemorizar…); emocional (mentir, chantajear, amenazar…) y financiero (robar a los padres, dañar la casa o sus pertenencias, incurrir en deudas….)… Paterson, Luntz, Cotton y Perlesz en 2002, apuntan que para que un comportamiento de un hijo pueda ser considerado violento, otros miembros de la familia deben sentirse amenazados, intimidados o controlados ante él.
¿Cuáles es el estado de la cuestión?
Parece que la definición de maltrato filio-parental está relativamente clara pero… ¿cuál es el estado actual de esta problemática?
Las cifras dicen que se trata de un problema en aumento. Cada vez es más frecuente dentro de las familias que los hijos lleven a cabo algún tipo de comportamiento violento o de agresión hacia sus padres. En 2009 los datos decían que se estaba produciendo un aumento tanto de la criminalidad en menores como de la violencia doméstica de hijos a sus progenitores (siendo la cifra de unos 2.966 hijos agresores). Esto permitía concluir que el incremento de los comportamientos violentos en menores y los incidentes relacionados con ellos están aumentando tanto en el contexto externo (fuera de casa) como en el interno (dentro del propio hogar), lo que hace pensar que los factores que explican estos comportamientos no siempre se encuentran solamente ni en el hogar (ej. estilos parentales y relación con los padres), ni meramente en la sociedad (ej. pérdida de respeto generalizado a las figuras de autoridad). Probablemente, como apuntan las investigaciones, el producto final sea resultado de la confluencia de toda una serie de factores, algunos de tipo social y otros más enmarcados en el contexto familiar, además de otras muchas variables. Algunos de estos factores son de tipo general, afectando de manera común a toda la sociedad de menores (ej. cambios en los modelos familiares, cambios sociales, cambios en los valores, cambios en las figuras de autoridad…) o otros serán específicos de cada caso y de cada familia (ej. estatus económico bajo, mal cumplimiento del rol de padres, estilos parentales muy permisivos, poca comunicación familiar, entorno social desfavorecido o conflictivo…).
Los datos también apuntan a que los padres acuden a medidas fiscales como denunciar a sus hijos solamente en casos extremos y a veces se retractan de ello. No obstante, el número de denuncias de padres hacia sus hijos también ha sufrido un incremento en los últimos años, siendo en 2007 de 2.683 y 2010 de 4.995. Estos datos resultan alarmantes y ponen de manifiesto que se hace necesaria una intervención en el problema. Es preciso dotar a los padres o familiares que puedan estar sufriendo este tipo de problemas de recursos de orientación, apoyo e intervención para que no sea necesario llegar al punto de poner una denuncia o de tomar medidas como la salida del menor del hogar y el internamiento en un centro.
Ciertamente existen medidas de intervención intermedias que buscan minimizar los costes que para le relación familiar supondría el llegar a medidas judiciales. Estas medidas pretenden prevenir problemas mayores o atajar el problema cuando éste está emergiendo. El problema es que en muchas ocasiones, de igual modo que ocurre con la violencia conyugal, a la/s personas que lo sufren (en este caso los padres), les cuesta reconocer la situación por la que están pasando, reaccionando sólo cuando la reconducción de la situación es ya difícil (aunque no imposible). En la mayoría de las ocasiones el problema se desarrolla de manera lenta, realizando una escalada hasta conductas cada vez más violentas, que pueden empezar por no cumplir ciertas normas que los padres imponen (por ejemplo el horario de vuelta a casa) hasta llegar a insultar, desacreditar o pegar a los padres. Frecuentemente esta escalada agresiva se produce porque los límites no han sido bien establecidos o no se ha logrado hacerlos cumplir. De este modo el hijo va aprendiendo ya desde pequeño que los límites no tienen ningún valor y que no hay consecuencias negativas derivadas de su incumplimiento. Cada vez van aprendiendo a desautorizar más a los padres, que cada vez se sienten más inhábiles y menos capaces de reconducir la situación y de hacerse respetar.
No podemos olvidar también que cuando los padres ceden ante la conducta desafiante o violenta de su hijo al generarse un conflicto, ambas partes obtiene una consecuencia positiva. En el caso de los padres logran poner fin a la tensión que el conflicto había generado o incluso evitan conductas negativas del hijo (insultos, agresión, ruptura de objetos…) y los hijos, por su parte, logran salirse con la suya y cierta sensación de control. Por esta razón los conflictos se perpetúan: El hijo volverá a recurrir a las conductas agresivas para salirse con la suya, y los padres, ante la falta de cumplimiento del hijo (al que lo que dicen le resbala), terminan cediendo para poner fin a la discusión y terminar con una situación desagradable para todos, o en la que los padres, incluso llegan a sentir temor.
Para que exista una conducta de maltrato, del tipo que sea, debe haber un agresor y un agredido, pero esto no quiere decir que el primero sea el culpable y el segundo sea la víctima, o al menos sin que haya matices en estas afirmaciones. En primer lugar, cuando aparece un problema entre padres e hijos, éste se deriva de una interacción inadecuada entre ambas partes y cuando hay una interacción, ambas partes tienen algo que ver en el modo en que se desarrolla dicha interacción.
Los problemas familiares además no surgen de la noche a la mañana, sino que se van fraguando durante un proceso de interacción lenta entre cada una de las partes. En el modo en que se va produciendo esta interacción juegan un papel importante diversos factores como el estilo educativo de los padres, las habilidades que tienen estos para ejercer su rol, el tiempo y la calidad del mismo que los padres dedican a sus hijos, el tipo de valores que los padres enseñan, la habilidad para poner límites y hacerlos cumplir, el grado de interés que los padres muestran por todo lo que acontece a sus hijos, las amistades que los niños construyen, el tipo de experiencias por las que los niños pasan (posibles contactos con drogas, experiencias inapropiadas para su edad…), el rendimiento académico, otras problemáticas que el niño pueda tener (enfermedades y otros problemas añadidos), las modas y los valores que impone la cultura (cultura del consumo en la que hay que estar constantemente a la moda para ser aceptado por el grupo de iguales), los cambios que se están produciendo en el concepto de familia (cada vez mayor pérdida de los vínculos) y en el concepto de autoridad (se está dando una tendencia a la deslegitimación general de las figuras de autoridad como padres, profesores, adultos), la rapidez de los cambios tecnológicos (las nuevas tecnologías están alterando el modo en que los menores entablen relaciones y el tipo de información a la que pueden acceder, alejando estos terrenos cada vez más del control de los padres)… Como vemos, los factores son muchos y podríamos continuar enumerando.
La tarea del clínico o de la persona que intervenga en este campo será analizar qué factores concretos están influyendo en cada caso y qué peso tienen para después diseñar el modo de intervenir en ellos, ya sea dando pautas a los padres para modificar el modo en que interactúan con sus hijos (ej. cómo conversan, cómo ponen límites, cómo tratan de ejercer control sobre ellos), modificando también las conductas y actitudes de los hijos hacia los padres y la familia, corrigiendo distorsiones en la manera de concebir las relaciones familiares y los deberes y derechos de cada una de las partes (ej. Habrá que hacer entender al menor que igual que tiene unos derechos también tiene unas obligaciones y unas normas que cumplir), tratar de modificar algunas condiciones del contexto que puedan favorecer o agravar el conflicto familiar (fracaso académico, consumo de drogas, malas compañías, falta de habilidades sociales…)…

Arrojando luz sobre el problema…
Los expertos coinciden al afirmar que se trata de un problema del que hay mucho por conocer y por divulgar. La sociedad apenas está empezando a tener conocimiento de la existencia de este tipo de problemas, pese a que son muchos ya los casos y denuncias realizadas. Los servicios y recursos públicos y privados han empezado a aparecer hace unos años, pero aún queda mejorarlos, complementarlos, darles recursos para intervenir en esta problemática, y lo que es más importante, darlos a conocer para que la sociedad pueda hacer uso de los mismos. El código penal también está introduciendo cambios al respecto y los servicios sociales están confeccionando guías y manuales de actuación. (Ej. Guía: La Familia en momentos difíciles)
Respecto a los factores predisponentes, pese a la especificidad individual, los expertos coinciden en señalar una serie de factores que suelen ser comunes a los problemas de violencia o conflicto filio-parental:
·         Cambios en los modelos de familia: Progresivamente se ha ido perdiendo el concepto de unidad pasando a concebirse la familia como un mero instrumento para satisfacer las necesidades de cada uno. Es decir, la familia no tendría sentido por sí misma, sino que se impondría cada individuo por encima de la unidad familiar. El desapego de los miembros es cada vez mayor, a diferencia de la concepción que existía hace algunas décadas.
·         Deterioro en las relaciones familiares: Poco tiempo compartido, poco diálogo y debate…
·         Estilo Educativo de los padres: Educación permisiva, escaso control y monitorización, concesión de excesiva autonomía infantil, poca implicación y dedicación de los padres a la educación de los hijos y a compartir tiempo con ellos… Padres excesivamente sobreprotectores.
·         Menores con experiencias previas de agresión: Han sido ellos mismos agredidos o han visto como uno de los miembros de la familia agredía a otro. No olvidemos que los menores aprenden muchos de sus comportamientos por imitación de otros.
·         Padres con relaciones conyugales muy conflictivas
·         Menores con poca tolerancia a la frustración y con necesidad de inmediatez a la hora de lograr las cosas: Lo quieren todo y lo quieren ya.
·         Menores con problemas escolares.
·         Menores con problemas de consumo de tóxicos.

Otras conclusión a la que llegan algunos expertos es que se ha visto que el nivel educativo y adquisitivo de la familia no son los que mejor explican la existencia o no de conflictos filio-parentales, aunque sí influyen en las consecuencias que de estos conflictos se derivan y en las soluciones que se les pueden buscar. De esta manera, cuanto mayor sea el conocimiento y la capacidad económica dentro de una familia, mayor será la conciencia de problema que se tenga, la capacidad de movilizarse para buscar ayuda y la capacidad económica para acceder a recursos de intervención. (Ej. en casos de consumo de drogas o de problemas de conducta de los hijos). Por otro lado, parece que la falta de control parental, las frecuentes discusiones con los hijos y el estilo educativo permisivo son las variables más relevantes del contexto familiar a la hora de explicar el comportamiento inadecuado del niño a nivel social (no cumplimiento de normas, agresiones, actos delictivos…). Por el contrario, familias con alto grado de cohesión, que refuerzan los comportamientos correctos, imponen normas, comparten tiempo con los hijos y dedican tiempo a su educación, correlacionan con bajos niveles de conflictividad en los hijos.
La forma en la que los padres interactúan con sus hijos y la falta de habilidades por parte de estos para enseñarles valores, normas y habilidades básicas para desenvolverse y convivir en su entorno se ha destacado como uno de los principales puntos a intervenir, no sólo cuando ya existe el problema, sino como método de prevención de conflictos posteriores. Una de las cosas en la que más coinciden los expertos es que los padres no sólo son parte del problema, sino también una parte clave para su solución.

Para más información sobre lo tratado en este congreso pueden consultar el siguiente enlace:

http://marinagbiber.wordpress.com/2011/09/23/hijos-que-abusan-de-sus-padres/

martes, 26 de julio de 2011

Los padres como coterapeutas en la intervención con sus hijos: “Entrenamiento de Padres”

En ocasiones, cuando el problema psicológico se presenta en niños de corta edad o incluso en adolescentes que se niegan a acudir a terapia, la intervención debe realizarse a través de los padres. En estos casos, son estos los que acuden a terapia buscando resolver los problemas de conducta de sus hijos y son estos los que se convertirán en los principales agentes del cambio a través de la aplicación de las pautas entrenadas en sesión por parte del terapeuta.
Si bien es cierto que no intervenimos directamente sobre el sujeto que despliega la conducta problema, en tanto en cuanto se pueda intervenir a través de los padres (principales controladores de muchas de las contingencias que rigen la conducta de sus hijos) en aquellas variables que mantienen tales conductas, esta intervención tendrá efectos sobre las conductas del niño o adolescente que estén bajo control de esas variables.


Algunos de los argumentos que se han utilizado para abalar la utilidad y la relevancia de incorporar a la terapia psicológica el “Entrenamiento de Padres” (usar a los padres como coterapeutas fuera de la consulta) han sido los siguientes:

1.       En muchas ocasiones no es posible intervenir directamente con el niño o adolescente, bien por su corta edad, bien por su reticencia a acudir a tratamiento.
2.       Los padres tienen el derecho y la obligación de educar a los hijos dotándoles de la mayor competencia posible para promover su propia salud, prevenir y/o resolver problemas de conducta y facilitar su adaptación al contexto social.
3.       Constatación a través de diferentes revisiones y estudios de investigación sobre el tratamiento de los problemas de conducta infantil muestra reiteradamente el “Entrenamiento de Padres” como una de las herramientas con mayor eficacia en lo que a éste área se refiere.
Entre los motivos que explican la eficacia conseguida por las intervenciones a través de los padres se encuentran los siguientes:
1.       Dado que la mayoría de los problemas que presentan los niños se presentan generalmente en situaciones muy específicas, cabría esperar que la intervención más rentable sería aquella que pueda prevenir o modificar las conductas problema en el contexto-espacio temporal en el que se produce y promover hábitos y comportamientos más saludables en esos mismos contextos.
2.       Puesto que la intervención más efectiva es aquella que se produce de manera inmediata a la conducta problema, cabría esperar que el cambio conductual se produzca más rápidamente en el contexto natural en el que están presentes las variables que controlan y mantienen la aparición de la conducta problema.
3.       Los padres, en su interacción cotidiana con sus hijos, son los que con mayor probabilidad, aún sin hacerlo a propósito, han generado o están manteniendo muchos de los comportamientos problemáticos de sus hijos, jugando aquí un papel muy relevante la información/desinformación de estos sobre muchas nociones del desarrollo, la educación y el aprendizaje de los hijos, sus creencias, sus habilidades educativas, su estado psicológico…
Ser padre es una tarea muy compleja para la que no se nace sabiendo. Las carencias o los excesos que presentan muchos padres en sus repertorios básicos de conducta constituyen uno de los principales elementos responsables de la génesis y el mantenimiento de los problemas de conducta de sus hijos durante la infancia y la adolescencia (si bien es cierto que pueden existir otras fuentes de influencia, y cada vez más a medida que el niño se hace mayor). Puesto que además los padres son los principales controladores de muchas de las contingencias que rigen las conductas de sus hijos (controlan castigos y reforzadores muy potentes para estos), un entrenamiento en el modo adecuado de hacer uso de dichos recursos y de manejar de manera más adecuada las contingencias en aras de promover conductas adecuadas y prevenir o eliminar conductas inadecuadas en sus hijos, es de gran relevancia y potencia clínica. Además estos entrenamientos dotan a los padres de unos conocimientos y recursos que podrán ser aplicados en adelante para el control y el manejo de gran cantidad de comportamientos de sus hijos y de situaciones familiares. Es decir, esta herramienta clínica, no sólo encuentra utilidad en el momento en que los padres acuden a sesión por un determinado problema, sino que tienen además un carácter preventivo, en tanto en cuanto permite a los padres adquirir e incorporar en su repertorio comportamientos y conocimientos más adecuados que podrán aplicar en cualquier momento:
·         Nociones ajustadas sobre aspectos relativos al desarrollo
·         Nociones básicas sobre modificación de conducta y control de contingencias: uso eficaz del reforzamiento y el castigo, uso del modelado y el moldeamiento…
·         Habilidades de comunicación
·         Habilidades de resolución de problemas
·         Habilidades para el manejo adecuado de la disciplina y el establecimiento de límites
Los objetivos de cualquier programa de Entrenamiento de Padres son:
1)      Introducir cambios en aquellos aspectos del contexto que favorecen el inicio de la conducta problema.
2)      Resolver aquellas dificultades que afectan al buen desarrollo y a la correcta adaptación del niño.
3)      Dotar de habilidades a los sujetos generando o incrementando sus recursos teóricos y técnicos con el fin de capacitarlos para prevenir y tratar de forma adecuada el mayor número posible de conductas y situaciones problemáticas. Esto implica que aprendan a controlar/modificar tanto la conducta de sus hijos, como sus propias reacciones.
Estos programas favorecen así mismo el aumento de compromiso y responsabilidad por parte de los padres en las tareas de educación y en el desarrollo de sus hijos, así como aumentan el grado de conciencia sobre la gran dificultad que entraña la tarea de ser un buen padre/madre. En estos programas, los terapeutas, más que resolver por sí mismos los problemas que presenta un niño, entrenan a los padres a que sean ellos mismos los que manejen estos problemas, enseñándoles a desarrollar de manera más adecuada su papel de padres, basándose en el supuesto de que aquellos padres que conozcan los principios de aprendizaje y que sean capaces de modificar con éxito alguna conducta de sus hijos, también serán capaces de generalizar esos aprendizajes y diseñar por sí mismos programas eficaces para modificar las conductas problemáticas que puedan aparecer en el futuro.

Referencia:
Olivares, J., Méndez, F.X., Ros, M.C. (2009): El entrenamiento de padres en contextos clínicos y de la salud. En V. E. Caballo y M. A. Simón (dirs.). Manual de psicología infantil y del adolescente. Trastornos específicos. Madrid. Pirámide.
Olivares, J. y Méndez F.X (1997): El entrenamiento de padres en contextos clínicos y de la salud en España. Psicología Conductual, 5 (2), monográfico.
McMahon, R. J (1991): Entrenamiento de padres. En V. E. Caballo (dir.). Manual de Técnicas de Terapia y Modificación de Conducta. Mdrid. Siglo XXI.