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domingo, 25 de septiembre de 2011

El modo en que pensamos afecta a la salud

“Pensar en el pasado de manera negativa deteriora la salud”. Esta es a grandes rasgos una de las conclusiones de un estudio recientemente realizado por los psicólogos Cristián Oyanadel y Gualberto Buela-Casal, profesores de psicología e investigadores en la Universidad de Granada (UGR) y publicado en la revista Universitas Psychologica.
El estudio, llamado “La percepción del tiempo: influencias en la salud física y mental”  tenía como objetivo clarificar de qué manera influye la actitud de las personas hacia los acontecimientos vitales pasados, las vivencias presentes y las expectativas futuras, en la percepción de la salud física y la calidad de vida. Para ello los autores han evaluado a un total de 50 personas (25 varones y 25 mujeres entre 20 y 70 años) elegidas al azar, a las que aplicaron un test para la evaluación de su actitud ante el pasado, el presente y el futuro y un cuestionario para evaluar el grado de calidad de vida y salud percibía. De esta manera, los investigadores podían correlacionar las distintas actitudes ante la vida con el grado de salud y calidad de vida percibido. Los resultados permitieron clasificar a los participantes en tres perfiles “temporales”: 1) Predominantemente Negativos, 2) Predominantemente orientados hacia el futuro y 3) Equilibrados.  
Los “Predominantemente Negativos” son personas que recuerdan de manera negativa los acontecimientos vividos en el pasado y así mismo son, por lo general, personas que tienden a tener una visión igualmente negativa del presente y pesimista hacia el futuro. Lo que se ha comprobado es que éste tipo de personas presentan los peores indicadores en calidad de salud, reportan tener mayores problemas en sus relaciones sociales, experimentan más dificultades para esforzarse físicamente en actividades cotidianas y más limitaciones físicas para el rendimiento en el trabajo. Además perciben mayor dolor corporal, tienen mayor predisposición a enfermar y presentan mayor tendencia a estados depresivos, ansiosos y alteraciones conductuales en general, como han explicado los investigadores.
Por el contrario, los otros dos perfiles muestran una relación diferencial con la calidad de vida y grado de salud reportado. En el caso de las personas “Predominantemente orientadas al futuro”, no tienen mala salud física y psicológica, pero ésta parece ser de menor calidad que la de las personas del grupo “equilibrado”. La razón de estas diferencias parece ser que, aunque son personas con predisposición a trabajar por cumplir sus metas y exigencias personales, lo que puede resultar muy gratificante y motivador, en ocasiones lo hacen olvidándose de vivir las experiencias agradables presentes y parecen tener también con poca conexión con sus experiencias pasadas positivas. A diferencia de estos, las personas que muestran un perfil “equilibrado” muestran una actitud más estable en los tres momentos temporales (pasado, presente y futuro), correlacionándose esto con un mejor estado de salud. Se trata de personas que aprenden positivamente de las experiencias pasadas, se orientan al cumplimiento de metas en el futuro, pero no descuidan el disfrute de las emociones y experiencias agradables y placenteras que puedan acontecer en el presente. Los resultados también demuestran que este tipo de personas puntúan más alto en capacidades de esfuerzo físico, salud mental general, y más bajo en tendencia a enfermar y percepción de molestias o dolores corporales.
Los resultados parecen llevar a concluir que efectivamente, el modo en que las personas percibimos las vivencias del pasado y los acontecimientos de nuestro momento presente y la actitud que mostremos hacia el futuro influye en el modo en que afrontamos las experiencias de la vida, tanto a nivel emocional como en el tipo de conductas que emprendemos para hacer frente al día a día cotidiano. Inevitablemente, nuestro estado emocional y los comportamientos que emitimos, repercuten de alguna manera en nuestro estado de salud, ya que no debemos olvidar que lo físico y lo psicológico forman un todo cuando hablamos de SALUD en sentido global.
No obstante debemos tener en cuenta que estos son resultados generales y que no tienen por qué replicarse en todas las personas. No todos aquellos que han tenido experiencias vitales negativas en el pasado necesariamente conservan una actitud negativa que se plasme en su actitud hacia el presente y en sus expectativas de futuro. Algunas personas son capaces de superar los acontecimientos negativos del pasado, aprender de ellos y desarrollar habilidades de afrontamiento. Del mismo modo que la “Desesperanza” (ese modo de pensar y describirse de manera negativa la vida y el futuro) se aprende como resultado de la exposición y vivencia de experiencias negativas, también se aprende el “Optimismo”, definido como un modo positivo de describirse los acontecimientos del presente y lo que acontecerá en el futuro.
¿Cómo se explica que el modo de pensar influya en nuestra salud física y mental?
Para entender estos resultados lo primero que hay que explicar es que nuestra salud física y psicológica es resultado del modo en que interactuamos con nuestro entorno, es decir, depende del modo en que nos comportamos y del tipo de conductas que emitimos; en definitiva, depende del “Estilo de Vida” que construimos.
El Estilo de Vida puede definirse como el tipo de hábitos que hemos incorporado en nuestro repertorio de conductas en lo relativo a la alimentación, al deporte, al trabajo, al ocio, a las relaciones sociales y familiares y a los demás comportamientos relacionados con la salud y la calidad de vida… El estilo de vida depende también de la cantidad de tiempo que dediquemos a cada una de estas facetas y de la importancia que le demos. Pero el estilo de vida no sólo es función de nuestros actos observables, sino que también lo es del modo en que pensamos y nos describimos los acontecimientos de la vida (tanto aquellos por los que hemos pasado, como los del momento presente y aquello que anticipamos para el futuro). El modo en que nos describimos la vida, el tipo de palabras y adjetivos (positivos o negativos) que utilizamos en esas descripciones, influye además de una manera directa en nuestro estado anímico y en el tipo de emociones que experimentamos ante los diferentes acontecimientos. Y no solo eso, sino que además, el modo en que nos describimos los hechos influye en el tipo de conductas que decidimos poner o no poner en marcha para afrontar esos acontecimientos, es decir, influye en el modo en que afrontamos las circunstancias vitales presentes y futuras.
La influencia de lo que pensamos (la conducta cognitiva) en las emociones y acciones que emitimos (conducta observable) ha sido puesta de manifiesto por diversas investigaciones psicológicas. Otras investigaciones muestran evidencia de cómo cambiando lo que pensamos (cambiando el modo en que describimos las cosas) podemos cambiar el modo de sentirnos y el modo de actuar.
En base a lo anterior, una persona que se describe sus circunstancias vitales de manera negativa, es probable que no tenga ganas ni haga esfuerzos por emprender conductas que puedan llevarle a la consecución de metas y objetivos, también es probable que no ponga en marcha conductas de cuidado para su salud porque no se plantea los beneficios que este tipo de conductas le pueden reportar de cara al futuro. El mantener un estilo de pensamiento negativo en el día a día repercutirá en el modo en que se valoran los acontecimientos, de manera que pueden no percibirse los aspectos positivos y por el contrario, percibirse en exceso los negativos (fenómeno llamado “Atención Selectiva”), que vienen a confirmar ese estilo de pensamiento y a consolidarlo cada vez más. De esta manera se forma un círculo en el que cada vez esa forma de pensar se va haciendo más “aprendida” y se convierte en “Nuestro modo de pensar” ante la vida. Ese modo de pensar se traduce en un modo de hacer y de sentir, y puesto que hemos visto que lo que hacemos (nuestros hábitos y comportamientos) y nuestras emociones repercuten en nuestra salud física y mental, es comprensible que finalmente puedan aparecer problemas que deterioren nuestra calidad de vida.
Si por el contrario tenemos una visión positiva de la vida, estaremos más felices, percibiremos más la parte positiva de las cosas, disfrutaremos más de ellas y seremos más proclives a emprender conductas que nos repercutan de manera positiva porque seremos capaces de anticipar sus beneficios, no sólo inmediatos, sino también aquellos que nos pueden llegar más a largo plazo.
El “pesimismo” y el “optimismo” no son una característica con la que se nace, sino un modo de describir los acontecimientos que vamos aprendiendo (desarrollando y haciendo nuestro) a lo largo de la vida. Si la vida nos depara experiencias negativas, las personas podemos cometer el error de generalizar la anticipación de resultados negativos a otras experiencias vitales y de este modo sesgar o teñir nuestras expectativas respecto al presente y al futuro sin que haya una base real para ello (más allá que la experiencia negativa vivida, la cual no tiene por qué volver a repetirse). Se trataría por tanto de lo que se denominan en psicología “ideas irracionales”, puesto que lo que describen o anticipan no se basa en evidencias reales. Este tipo de ideas tiene una influencia directa, como ya hemos visto, en las emociones y en las actuaciones. Si por el contrario no hacemos estas anticipaciones negativas y valoramos las situaciones de manera equilibrada, ajustándonos a la realidad y confiando en la posibilidad de obtener resultados positivos, probablemente nos sentiremos mejor y estaremos en mayor disposición de emprender cosas que, pese a ser costosas inicialmente, nos puedan reportar gratificación en el futuro (Ej. esforzarse por hacer deporte para mejorar la salud, dejar de fumar, poner en marcha un proyecto que teníamos en mente, seguir una dieta para bajar de peso…).
Las circunstancias de la vida no están muchas veces bajo nuestro control pero lo que sí que podemos controlar es nuestra conducta (el modo en que pensemos y actuemos). De ello dependerá como nos sintamos, nuestro estado de salud global y nuestra calidad de vida.

Referencia bibliográfica:
Oyanadel, C. y Buela-Casal, G. (2011): “La percepción del tiempo: influencias en la salud física y mental”. Universitas Psychologica 10(1): 149-161, enero – abril.

martes, 6 de septiembre de 2011

La vuelta al cole afecta a los niños

Con el fin del verano y la vuelta a la rutina en ocasiones aparece el denominado Síndrome Postvacacional, el cual ya ha sido tratado en un post anterior (“”). Éste consiste en un conjunto de síntomas que se producen tras el verano como consecuencia de la dificultad que supone la readaptación la rutina diaria. Normalmente al hablar de “Síndrome Postvacacional” damos por hecho que nos referimos a los adultos, pero no podemos olvidar que los niños también tienen que realizar un costoso proceso de readaptación a su rutina particular: La vuelta al cole. No debemos trivializar dicho proceso ni tampoco el malestar y los síntomas emocionales, comportamentales y fisiológicos que puede producir en los niños, ya que durante las vacaciones ellos también han realizado una importante desconexión con su contexto habitual y con la serie de contingencias que rigen su rutina escolar (los horarios, las clases, las obligaciones, los deberes, las actividades extraescolares…). Es por todo ello por lo que los síntomas que se experimentan al readaptarse a la rutina pueden ser especialmente significativos en los niños. Estos síntomas pueden ir desde alteraciones en los horarios del sueño, pesadillas y alteraciones en la alimentación hasta la sensación de apatía y de desgana, pasando por bajo estado anímico, irritabilidad o búsqueda de “mimo” por parte de sus padres. El modo en que los síntomas mencionados se experimenten y cuáles de ellos estén presentes y cuáles no depende de cada niño e incluso no tienen por qué aparecer en todos los casos. Normalmente no duran más de una semana, lo que suele durar el periodo de adaptación a las nuevas rutinas, aunque en ocasiones, si este proceso es costoso y no se realiza de una manera normalizada, podría durar más y genera mayor malestar en el niño.

¿Por qué se produce el Síndrome Postvacacional en los niños?
Para entender por qué se produce todo esto hay que tener en cuenta que durante las vacaciones las exigencias para los niños se reducen, tanto en lo que se refiere a los horarios como a otras obligaciones; los padres se vuelven más flexibles y aumenta el número de actividades gratificantes. Los niños pasan la mayoría del tiempo implicados en actividades que les reportan mucho refuerzo y por el contrario desconectan con las actividades que les demandan algún esfuerzo o responsabilidad (como sería el madrugar y el hacer deberes). Es comprensible que cuando se les imponen nuevos horarios para acostarse y levantarse y se les exige cierta responsabilidad y cumplimiento, así como demandas atencionales y de rendimiento intelectual y físico (no olvidemos que deben reincorporarse a las clases y al ajetreo del día a día), los niños tengan que llevar a cabo una habituación a las nuevas contingencias ambientales, aprendiendo cuáles serán las conductas que se esperan de ellos y qué estímulos del medio las controlan, es decir, cuáles son las señales ante las que deben poner en marcha ciertas conductas y cuáles serán sus consecuencias (cuáles conductas serán premiadas o castigadas). De esta manera aprenderán que ante la nueva profesora de inglés es mejor no despistarse si no quieres tener un punto negativo, pero en cambio el profesor de lengua es más permisivo; a las 8.00 de la mañana hay que estar en pie si no queremos llegar tarde al colegio; a las 14.00 suena el timbre para irse a comer; los martes y jueves hay que meter el chándal en la mochila porque hay Educación Física; este año hay que estudiar más para aprobar porque los exámenes son más difíciles…
Existen factores que pueden dificultar el proceso de adaptación natural como podría ser el cambio de centro escolar o el salto de ciclo (ej. pasar de primaria a secundaria).  Todo cambio de rutina obliga a la persona (sea niño o adulto) a realizar un proceso de adaptación que puede generar lo que denominamos “estrés” y “ansiedad” (que cursan con los síntomas antes aludidos), y cuantos más cambios se produzcan en el ambiente al que debemos adaptarnos, más costoso será ese proceso, pues mayor será el número de “estresores” a los que el niño tenga que enfrentarse (ej. cambio de colegio, incremento de la exigencia, cambio de profesores y compañeros…).
La adaptación al medio supone realizar un proceso de aprendizaje, pues ante unas contingencias del medio que han cambiado, la persona debe adecuar su conducta y sus hábitos a los nuevos estímulos y normas que regirán el día a día. Esto obliga al niño a al adulto a estar alerta y a dirigir su energía y atención para el aprendizaje de esas nuevas condiciones estimulares. En ocasiones esta respuesta de alerta y esta focalización de la energía y la atención puede generar respuestas de ansiedad y estrés, sobre todo al principio, cuando aún nos movemos en un contexto cuyas condiciones no se controlan. Una vez aprendemos (nos adaptamos) a los nuevos horarios, los nuevos compañeros, los nuevos profesores, las nuevas normas… ese nivel de energía y de atención que la situación demandaba descenderá, pues ya nos habremos habituado, y también irán desapareciendo los síntomas que han podido aparecer como consecuencia de la novedad y del estrés que generaba la nueva situación y los cambios que exigía por nuestra parte.

¿Cómo facilitar la adaptación a la rutina?
Para hacer la vuelta al cole más sencilla existen una serie de pautas que nos pueden ayudar.
1.       En primer lugar, los padres deben dar ejemplo no trasmitiendo a sus hijos ideas negativas sobre la vuelta al trabajo (ej. no hacer comentarios sobre la pereza que les da). Uno de los mecanismos más normales de aprendizaje es a través del modelado (la observación y la imitación de lo que otros dicen o hacen). Si los niños no hacen más que oír que la vuelta a la actividad es algo negativo y un motivo para estar tristes, eso es lo que aprenderán y de este modo hablarán de ello.
2.       Por la misma razón que lo anterior, los padres pueden contribuir a resaltar el lado positivo de la vuelta al colegio y a las actividades.
3.       La readaptación a los nuevos horarios y obligaciones debe realizarse de manera gradual. A ello ayudará el que durante los últimos días de las vacaciones se empiecen a recuperar los hábitos normales en cuanto a horarios de sueño (levantarse más temprano y acostarse antes), horarios de comida, y el aumento del nivel de actividad (sobre todo si se ha tenido un verano muy relajado).
4.        Si durante el verano los niños han realizado actividades cercanas a las escolares como leer o hacer algunos deberes o ejercicios educativos, la vuelta a la normalidad será menos costosa porque su rutina veraniega habrá sido más parecida a la escolar.
5.       Empezar a preparar el material escolar desde unos días antes, haciendo de ello una actividad agradable para los niños. Por ejemplo, tratar de que disfruten de la compilación del material y su preparación para el primer día, así como que acompañen a los padres a la compra del material y el uniforme. Todo ello ayuda a que la vuelta sea menos costosa.
6.       Anticipar al niño lo que se va a encontrar (instalaciones, tipo de escuela, compañeros, profesores etc) ayuda ajustando sus expectativas y contribuyendo a reducir sus posibles dudas y temores.
7.       Compaginar el inicio de la actividad lectiva con alguna actividad de ocio cuando termine la jornada escolar para que el cambio de rutinas no sea tan brusco.
8.       Ir aumentando progresivamente el nivel de exigencia en cuanto al rendimiento, tanto en el colegio como en casa (tiempo dedicado a hacer deberes).

¿Cómo hacer cuando el niño empieza la Guardería?
El inicio de la guardería es un momento difícil tanto para los padres como para los niños, ya que es frecuentemente la primera ocasión en la que unos y otros pasarán tantas horas separados. Para los hijos es un momento novedoso en todos los sentidos, pues no tienen la experiencia previa de la “vuelta al cole”. Para los padres también es algo nuevo, pero en su caso lo que más preocupa es la incertidumbre de cómo llevará el niño esa adaptación al nuevo medio. En este sentido, para nuestra tranquilidad como padres, debemos tener presente que los niños pequeños tienen una gran capacidad de aprendizaje y adaptación y enseguida se olvidarán de sus papás y empezarán a participar del nuevo contexto. Cuando al final del día los padres vuelvan a aparecer y el niño empiece a asociar que eso ocurre cada día, la despedida al principio de la mañana cada vez será menos costosa, hasta que incluso llegue un momento en que al niño le apetezca ir. Como otro apoyo más para la tranquilidad de los padres, hay que tener en cuenta que cuando dejamos a nuestros hijos en una guardería les estamos dejando con personal especializado y en un contexto cuidado y protegido. No obstante, podemos seguir unas cuantas pautas que ayudarán a que el comienzo de la guardería sea más fácil para todos:
1.       En el momento de despedirse los padres no deben mostrar angustia ya que esto afectará al estado en que se quede el niño y si éste observa tranquilidad y entereza por parte de los padres es más probable que permanezca tranquilo.

2.       El llegar puntuales a la hora de recogida del colegio o guardería ayudará a reducir la incertidumbre que genera al niño ese momento. Sobre todo el primer día, cuando el niño no sabe en qué momento el padre va a aparecer (pues no existe experiencia previa).

3.       Los padres deben tener paciencia y entender que cuanto más pequeños son los niños más les afectan los cambios (aunque más capacidad de adaptación tienen a los mismos). Por ello pueden contribuir a hacerles los cambios más llevaderos realizándolos de manera progresiva, sobre todo si comienzan la guardería o van a cambiar de ciclo o de colegio.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Síndrome Postvacacional: ¿Qué hay de cierto y cómo hacerle frente?

Las vacaciones suponen una gran desconexión con la rutina laboral y con la mayoría de las obligaciones y presiones a las que estamos sometidos en nuestro día a día. Cuando estamos de vacaciones cambia el tipo de contingencias a las que nos vemos expuestos: No hay tanta presión y obligaciones a la hora de hacer las cosas, no estamos limitados por los horarios… Nuestro día a día se torna más flexible, podemos realizar aquellas actividades que no podemos realizar de manera habitual y que nos resultan gratificantes, podemos reducir nuestro nivel de actividad e incluso podemos cambiar totalmente de contexto estimular yéndonos de viaje. En vacaciones el cambio respecto a la rutina diaria es evidente y se nota aún más cuanto mayor sea el nivel de presión al que nos veamos habitualmente sometidos. En estas circunstancias en que la rutina se ha visto alterada y sustituida por unas circunstancias más placenteras en todos los sentidos (flexibilidad horaria, ausencia de presiones y obligaciones, disfrute de situaciones agradables, realización de actividades gratificantes, eliminación de la estimulación negativa como las presiones del trabajo y de los horarios), como ocurre estando de vacaciones, es comprensible que el retorno a la rutina y al trabajo suponga un duro cambio que genere malestar a la persona, exigiendo un esfuerzo de readaptación por su parte.
La forma en que se manifiesta este proceso de adaptación a nivel físico, emocional y comportamental es a lo que se ha llamado “Síndrome Postvacacional” y es producto del choque que supone la vuelta a la rutina.

¿Qué es el Síndrome Postvacacional?
La vuelta de vacaciones después de haber desconectado de la rutina y de las contingencias que rigen nuestro día a día exige, como venimos diciendo, un proceso de readaptación. A veces el cambio entre estar de vacaciones y volver a la actividad cotidiana es muy grande, generando en la persona un conjunto de respuestas tanto físicas (tensión y dolor muscular, molestias estomacales, alteración del sueño y del hambre, taquicardia, fatiga…) como emocionales y comportamentales (tristeza, desgana, inactividad, apatía, ganas de llorar, problemas de concentración, inquietud, irritabilidad…), que configuran el denominado “Síndrome Postvacacional”. Un Síndrome es un conjunto de síntomas que frecuentemente aparecen juntos. En el caso del Síndrome Postvacacional, la etiqueta le fue asignada hace años tras constatar que un amplio conjunto de personas experimentaban síntomas similares al volver de vacaciones y tener que reincorporarse a las obligaciones de la vida diaria. No obstante, es importante aclarar que aunque estos síntomas puedan ser bastante similares entre una persona y otra y que aparezcan de manera conjunta, la manifestación del síndrome es específica de cada persona y el hecho de que se experimente no quiere decir que la persona esté sufriendo una patología con entidad clínica real. Es decir, no se trata de una enfermedad que a la persona le sobrevenga en el momento en que debe reincorporarse al trabajo, sino que el síndrome responde más bien a los efectos que todo proceso de adaptación tiene a nivel físico, emocional y motor (depende de las circunstancias del contexto).
Por sus síntomas (bajo estado anímico, ganas de llorar, pensamientos negativos sobre el trabajo, la rutina y las obligaciones, falta de ganas de hacer cosas…) muchas veces ha sido asemejado con la “Depresión”, llagándose a considerar como un subtipo de la misma (“Depresión Postvacacional”). Esto no es más que un ejemplo de la tendencia habitual de convertir en patología aquellos problemas que forman parte de la vida cotidiana. Todas las personas en muchos momentos de la vida pasamos por situaciones más o menos negativas a las que debemos adaptarnos. Esta adaptación no siempre es fácil y puede manifestarse a nivel físico y psicológico, pero en general, dichas repercusiones son pasajeras y una vez realizada la adaptación la vida sigue de manera habitual. En el caso de que la persona no sepa realizar adecuadamente dicho proceso de adaptación y el malestar se prolongue de manera excesiva o  adquiera una intensidad injustificada, es cuando puede generarse un problema psicológico que tal vez requiera ayuda profesional. No obstante, ni lo que llamamos  “Depresión” ni el “Síndrome Postvacacional” responden a la definición de enfermedad, puesto que no están causadas por ningún agente patógeno que genere alteraciones en el organismo que se manifiesten a través de síntomas externos. En el caso de la Depresión, el Síndrome Postvacacional y otros muchos síndromes y trastornos, se tratan, pese a la etiqueta que se les pone, de conjuntos de manifestaciones conductuales (actuaciones, emociones, pensamientos y respuestas fisiológicas) que se han resumido a través de dichas etiquetas que nos ayudan a entendernos y a hablar de manera rápida y resumida sin tener que especificar todos los síntomas. Se trataría por tanto de entelequias o “constructos” que no tienen una existencia real, sino que sólo pueden inferirse a partir de la conducta de la persona que lo sufre. Es decir, ni la depresión ni el S. Postvacacional (por poner un ejemplo) encuentran su causa en el interior de la persona (no hay ningún desarreglo interno ni ninguna alteración ubicada en algún lugar del cuerpo como podría ser el cerebro), sino que son las circunstancias externas (ej. el hecho de tener que readaptarse a la rutina en el caso del “S. P”) las que provocan esos cambios en la conducta de la persona haciendo que se muestre triste, llore con frecuencia, tenga pensamientos negativos sobre la vuelta al trabajo, se encuentre irritable y desganado… Es el hecho de observar todas estas conductas y alteraciones en nosotros mismos o en los demás lo que permite decir que tiene “Depresión” o el “S.P”.
Según todo lo anterior hablaríamos de “Síndrome Postvacacional” cuando observamos en nosotros o en otra persona algunos de los síntomas antes mencionados y cuando estos aparecen como resultado del proceso de readaptación a la rutina (y no en otro momento). Si estos síntomas aparecieran en condiciones diferentes, pese a ser similares, no podríamos hablar de “S.P”.

Síndrome Postvacacional ¿Realidad o Ficción?
Sin embargo, cuando decimos que el “S.P” no responde a un cuadro clínico con causa física real no quiere decir que los síntomas que lo conforman no sean reales ni causen malestar a la persona. Se trata de síntomas reales, pero hay que destacar que todos estos síntomas responden y son consecuencia del proceso de adaptación que la persona debe realizar para reincorporarse a los condicionantes que rigen la rutina (que son diferentes a los que han regido la vida durante el período vacacional) y en este sentido sería normal experimentar algunos de estos síntomas.
Es normal experimentar cierta tristeza o melancolía al acabar las vacaciones y tener que volver al trabajo, así como no tener ganas de ir ni de retomar las obligaciones. Todo esto puede además manifestarse con cierta irritabilidad, generar problemas para dormir, falta de apetito y consecuencias físicas como molestias digestivas, tensión muscular… La intensidad con la que se manifiesten y el tiempo que se prolonguen determinará el que se trate de un proceso de adaptación normal o se convierta en un problema más serio. Por lo general muchas personas experimentan estos síntomas (según la empresa de trabajo temporal Randstad, en España habría un 56% de trabajadores que dicen experimentarlo) al volver de vacaciones y a medida que se readaptan de nuevo a la rutina van desapareciendo en el transcurso de una o dos semanas (que es el período habitual).
Existen ciertos factores que podrían influir en la intensidad con que el problema se manifiesta, así como en su duración, como podría ser el tipo de vacaciones que hayamos tenido (cuanto más inactivos hayamos estado, más puede costarnos retomar la actividad porque mayor será el choque entre las condiciones estimulares “vacacionales” y “laborales), el tipo de trabajo que tengamos (cuanto más estresante sea éste o a mayor presión estemos sometidos, más costará la vuelta, cuanto más demanda intelectual y de concentración exija la actividad, más costará readaptarse tras haber estado inactivos), el ambiente laboral (cuanto más negativo y estresante sea éste, más costará volver).
¿Qué podemos hacer para superarlo o prevenirlo?
Existen algunas pautas que nos pueden ayudar a hacer el retorno y la adaptación al trabajo más fácil:
·         Tratar de ponerse al día de lo ocurrido en el trabajo durante la ausencia unos días antes de volver (a través de una llamada telefónica o de una reunión informal)
·         Planificar las tareas pendientes por orden de prioridad y de dificultad para tener claro qué es lo que tenemos que hacer e ir dando pasos para conseguirlo.
·          En la medida en que sea posible ir abordando las tareas de mayor a menor grado de responsabilidad y dificultad para que el rendimiento se vaya incrementando de manera gradual.
·         Tratar de mantener una actitud positiva ante el retorno y la vuelta a la tarea. Desechar los pensamientos negativos pues influirán en nuestro humor y en nuestro estado anímico.
·         Volver de vacaciones unos días antes de la vuelta al trabajo para ir adaptándose al contexto habitual (lo recomendable son unos 2 o 3 días antes).
·         Guardar tiempo en el día para realizar alguna actividad que nos resulte gratificante y que ayude a sobrellevar el retorno y a que la desconexión entre el ocio vacacional y la responsabilidad laboral no sea tan grande.

martes, 23 de agosto de 2011

“No me apetece”: Relación entre nivel de actividad y bajo estado anímico

El estado anímico tiene una relación directa con el nivel de actividad. Cuando estamos bajos de ánimo y seguimos manteniéndonos activos, saliendo y realizando actividades que distraen nuestra atención respecto de aquello que nos ha generado o está generando ese bajo estado anímico (ej. problemas laborales, una discusión de pareja, la muerte de un ser querido…), probablemente nuestro estado de ánimo mejore, o al menos no se torne más negativo. No obstante, nos encontramos que el estado de ánimo también tiene una influencia directa sobre las “ganas” que tenemos de hacer cosas.
Cuando nos encontramos tristes o bajos de ánimo, es probable que no nos apetezca hacer muchas de las cosas que hacemos habitualmente (quedar con amigos, salir a tomar algo, ver una peli que nos gusta, ir al gimnasio, llamar por teléfono a un amigo…), e incluso si el malestar anímico es muy intenso, llegando hasta el grado de lo que comúnmente denominamos “Depresión”, puede que lleguemos a no tener ganas ni de arreglarnos, levantarnos de la cama, salir a hacer la compra o realizar aquellas actividades de autocuidado más básicas.
De manera contraria, cuando realizamos actividades que nos resultan gratificantes y nos exponen a estímulos positivos (ya sean de tipo social o material), nuestro estado anímico inevitablemente se incrementará una vez superado el coste inicial del esfuerzo que supone iniciar la actividad. El problema que existe cuando hay un bajo estado anímico es que la realización de cualquier actividad supone un esfuerzo enorme para la persona y éste esfuerzo será mayor cuanto peor sea el estado de ánimo y cuanto mayor sea la ruptura con la rutina de vida, pues a mayor abandono de actividades, más costará volver a retomarlas. Cuando una persona está mal, la anticipación del esfuerzo que conllevará realizar cualquier actividad juega un papel determinante en la decisión de iniciar o no la actividad. Si logramos movilizarnos y romper esas barreras previas, lograremos ir dando pasos hacia la mejora del estado de ánimo. Es posible que las primeras veces que nos pongamos a hacer cosas, este empujón cueste, pero si persistimos en mantenernos activos, poco a poco iremos exponiéndonos a los resultados gratificantes de la actividad, además de mantenernos entretenidos y distraídos respecto a la fuente de malestar. De otro modo, lo único que lograremos es introducirnos en una espiral de intensificación del malestar, encerrándonos de esta manera en nuestros propios pensamientos negativos que sólo retroalimentan ese malestar, manteniendo con todo esto el statu quo. Es este el proceso por el que el “no me apetece” se termina convirtiendo en la justificación para no hacer (ya que llega un momento en el que parece que uno no dispone de las fuerzas o ganas necesarias para hacer cosas), cuando en realidad es precisamente la causa del problema.

El antídoto para estar mal es mantenerse activo
A uno no le apetece hacer cosas precisamente porque ha dejado de hacerlas, y en la medida en que persista en ese estado de dejadez y de evitación de la actividad, la consecuencia será que cada vez apetecerá menos y se tendrá menos ganas, lo que de nuevo, a modo de espiral, viene a favorecer el uso del “no me apetece”, “no tengo ganas”, “no tengo fuerzas” como justificación para mantener esa situación de inmovilismo. Por el contrario, cuando hacemos cosas nos encontramos bien, o al menos, nos encontramos menos mal, aunque sólo sea porque estamos distraídos respecto de aquellos elementos (situaciones, personas, problemas, pensamientos) que nos generan malestar. Además, si estamos activos, no perderemos esos hábitos y no caeremos en la situación de inactividad que explica que retomar la actividad cueste tanto. La “cura” para el bajo estado de ánimo es tratar de mantenerse activo. De esta manera, más pronto que tarde, el estado de ánimo se incrementará y se logrará superar la situación que ha generado ese estado emocional. Es cierto que el mantenerse activo no lo es todo (ojalá la intervención de los problemas del estado de ánimo fuera tan fácil) y en muchas ocasiones será necesario dotar a la persona de otras estrategias que le permitan superar el problema inicial (enseñar a cortar los pensamientos negativos, enseñar estrategias de resolución de problemas que permitan a la persona enfrentarse a la situación problema de un modo más adecuado y resolverla, enseñar una manera más racional y menos dañina de interpretar la realidad…).
Los problemas del estado de ánimo no se pueden trivializar pues además de ser de los más frecuentes en la población (según datos de la OMS, 1 de cada 6 personas sufrirá Depresión a lo largo de la vida, siendo estos problemas actualmente la 3ª causa de discapacidad en el mundo occidental, con vistas a convertirse en la 2ª en 2020; de igual modo estudios realizados en España y en Reino unido establecen que la depresión es la principal causa de consulta psicológica tanto en Salud Mental como en Atención Primaria), generan a las personas un sufrimiento y malestar real, con muchas repercusiones en otras áreas de su vida (lo que a su vez puede agravar el problema de base), y en muchas ocasiones, la persona no sabe cómo afrontarlos, pues hasta el momento, por sí misma, con los recursos de que dispone no ha sido capaz.

Estar inactivo perpetúa el bajo estado anímico
Veamos más detenidamente cuál es el proceso por el que la Causa (dejar de hacer cosas) se convierte en la “justificación” que precisamente perpetúa el seguir sin hacer cosas, agravando un problema de bajo estado anímico:
1.       El bajo estado de ánimo suele tener una consecuencia directa en la conducta: Reducción de las ganas de hacer cosas y por consiguiente, disminución del nivel de actividad.
2.       La reducción del nivel de actividad a su vez tiene otra consecuencia directa: Pérdida de refuerzos y de estímulos distractores al reducirse la exposición a estimulación gratificante y que compita con la estimulación negativa que retroalimenta el malestar.
3.       El dejar de hacer cosas cumple una función a corto plazo: Evitar el esfuerzo y el coste que supone una actividad en un momento en que las ganas y las energías flaquean (cuando nos encontramos bajos de ánimo). Ante esas condiciones, la decisión de quedarse en casa y renunciar a un plan con los amigos, no ir al gimnasio… resulta más ventajoso.
4.       Las consecuencias de la inactividad a medio y largo plazo son negativas:

·         Aumenta la probabilidad de aparición de pensamientos negativos (al no estar distraído en otra actividad), cuyo efecto es la retroalimentación el malestar.
·         Ruptura cada vez mayor con nuestra rutina de vida (se puede empezar dejando de salir con los amigos, y si el problema es serio, se puede terminar descuidando el aseo personal o incluso no teniendo ganas de levantarse de la cama), lo que: 1) Reduce la probabilidad de acceder a estimulación reforzante y 2) Nos expone a un mayor grado de estimulación negativa (pensamientos, imágenes…), por el hecho de tener menos estímulos distractores y positivos, al haber restringido el nivel de actividad, lo que permite tener más tiempo para elaborar y dar vueltas a todas las circunstancias negativas que van a favorecer ese malestar y tristeza.
Este proceso a través del cual empezamos a dejar de hacer cosas “porque no estamos de humor” o “no nos sentimos con ganas ni fuerzas” es lo que explicaría que una persona pueda desarrollar un “cuadro depresivo” o un Trastorno del Estado de Ánimo.
Un problema del estado anímico bajo o una depresión (como la expresión más severa del primero) no aparece porque sí, ni le sobreviene a la persona como si de un virus o una picadura de mosquito se tratase. No se trata de una condición que “habite” en la persona o en su cerebro, sino que se sitúa o emerge de su contexto, desarrollándose a partir de las circunstancias de vida de la persona, siendo clave para que aparezca un problema del estado de ánimo y no un mero estado de tristeza pasajero, el afrontamiento que la persona realice.
Como venimos viendo, si la persona opta por sucumbir al desánimo, cayendo en la inactividad, es probable que su malestar no sólo persista en el tiempo, sino que se incremente. Cada vez va a ser más costoso iniciar actividades, convirtiéndose aquello que es la causa del bajo estado de ánimo (el haber roto con la rutina de vida y con los contactos sociales), en lo que justifica mantener la inactividad y perpetuar el statu quo: “No hago nada porque estoy mal” ßà “Estoy mal porque no hago nada”.

“Las ganas no nacen, se hacen”
Si esperamos que las ganas surjan solas, éstas no sólo no aparecerán de manera espontánea, sino que la espiral de emoción negativa continuará agravándose hasta que la propia persona ponga medios para cortarlo. En este sentido, es importante tener claro que “Las ganas no nacen, se hacen”. Esta elocuente afirmación es una de las claves más importantes para superar el bajo estado anímico (y los procesos depresivos) y el principal antídoto para caer en él. Lo que esta afirmación viene a plasmar es la idea de que hay que activar a la persona “triste” o “deprimida” para que deje de estarlo y no tratar de esperar a que esté de humor para que vuelva a retomar su vida.
El objetivo de intervención sería ayudar a la persona a rehacer su vida, haciendo cosas pese a que aún se encuentre triste, pesimista y desganada, tratando de volver a exponerla a contingencias y estímulos ambientales reforzantes, que puedan volver a generarle las emociones positivas que antes le generaban. Esto es lo que pretenden estrategias como los “Programas de Actividades Reforzantes” o la “Activación Conductual”, que han demostrado una eficacia a largo plazo incluso mayor que los psicofármacos en casos de depresión severa.
Parece algo sencillo, pero en la práctica, activar a una persona que no tiene ganas de hacerlo es una tarea difícil. De entrada, debemos contar con que si el estado de ánimo es muy bajo, iniciar cualquier actividad será muy costoso y pretender que la persona vaya a disfrutar haciendo cosas desde el principio es demasiado optimista. Los psicólogos, familiares y sobre todo la propia persona que tiene el problema debemos contar con que el proceso de cambio es lento y que al principio el objetivo no va a ser que la persona disfrute  (si lo hace, mejor), sino que simplemente empiece a hacer cosas poco a poco. El nivel de exigencia del programa se adaptará a las características de cada caso. Si al principio la persona sólo es capaz de salir a dar una vuelta de 5 minutos, eso es lo que se marcará como objetivo diario, para poder ir incrementando la exigencia hasta recuperar todas aquellas actividades que resultaban gratificantes pero había abandonado. Una vez superado ese Primer Nivel (“Hacer por hacer”), se pasaría al Segundo Nivel: Buscar gratificación en la actividad que se hace. Este proceso en general se dará de manera espontánea en la medida en que casa vez el coste de iniciar la actividad sea menor y la balanza se pueda inclinar del lado del disfrute. A esto ayudará el pedir a la persona una lista de actividades gratificantes con las que solía disfrutar o que le gustaría incorporar a su vida.
Al margen de todo lo anterior, la persona tiene que tener claro que el “no me apetece” y “el no tengo ganas” no debe ser una justificación para no hacer cosas, pues esto es en realidad lo que explica el mantenimiento del problema y del bajo estado anímico.
Habrá muchas circunstancias de nuestro entorno que no podamos controlar y muchas de ellas serán negativas, pero lo que sí podemos controlar es nuestra conducta y el afrontamiento que hagamos de las circunstancias. Las estrategias de afrontamiento que elijamos van a determinar la evolución de los acontecimientos y si todo esto deriva en un problema psicológico o no.

Referencias:
Randomized Trial of Behaviorial Activation, Cognitive Therapy, and Antidepressant Medication in the Acute Treatment of Adult. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 74 (4), 658-670. En este estudio se pueden consultar conclusiones que apoyan lo apuntado en este post. Una de las conclusiones más interesantes demuestra que los pensamientos negativos y el humor se pueden modificar como resultado de la activación conductual y además esta estrategia ha demostrado ser una alternativa sólida a la medicación (tratamiento de preferencia hoy por hoy para estos problemas) y no tiene los efectos secundarios de ésta. Esto proporciona un argumento potente a favor de la desmedicalización de la depresión y otros problemas del estado de ánimo (aunque puede constituir un apoyo consumida de manera temporal y en casos extremos que deben ser valorados).
Informe sobre depresión (The Depression Report – A new deal for Depression and Anxiety Disrorders): En este informe aparecen los datos obtenidos en 2006 en Reino Unido sobre las cifras de depresión y otros trastornos psicológicos, coste económico del tratamiento, así como la falta de tratamiento adecuado que encuentran estos problemas en Atención Primaria.

sábado, 9 de julio de 2011

Intervención Psicológica desde Atención Primaria: Necesidad y utilidad.

En el boletín electrónico que el Colegio Oficial de Psicólogos envía periódicamente a los colegiados se publicó en día 07/07/2011 el artículo “Necesidad y utilidad de la intervención psicológica en pacientes con desórdenes emocionales en atención primaria”, cuyo enlace adjunto al final de esta entrada y que considero relevante para los psicólogos y para la población en general por las repercusiones que esto podría tener de cara a la mejora de la atención sanitaria que se hace dentro del Sistema Nacional de Salud:
En dicho artículo se explica que algunos de los problemas que llevan a las personas al médico de Atención Primaria están relacionados con problemas emocionales y de ansiedad y en tanto en cuanto estos problemas son de carácter psicológico, el tratamiento de elección debería ser una intervención psicológica desde una modelo teórico validado científicamente (como es la Terapia Cognitivo-Conductual, como señalan los autores) y no tanto la intervención farmacológica propia del modelo médico que sigue el Sistema Nacional de Salud. Los autores basan la defensa de dicho argumento en los datos que han ido recogiendo durante los últimos años y en la comparación en eficacia y eficiencia de las intervenciones en el Sistema de Salud español y el de otros países en los que la intervención psicológica, a diferencia de lo que ocurre en España, forma parte de los servicios de Atención Primaria.
Reflexionando sobre el tema, si el Sistema Nacional de Salud quiere dar una respuesta de calidad a todos los problemas de salud que afectan a la población española, nunca se debería dejar de lado la intervención en los problemas psicológicos, ya que lo psicológico influye de manera muy relevante en la salud global de los individuos y no podemos olvidar la interrelación existente entre lo físico y lo psicológico. En este sentido, muchas patologías físicas están relacionadas con problemas de carácter psicológico como pueden ser el estrés y otros problemas de ansiedad, las alteraciones del estado de ánimo, los problemas de la alimentación, los problemas de dolor crónico... Esto indica que los problemas de carácter psicológico tiene su vertiente física de igual modo que los problemas físicos (problemas tradicionalmente médicos) tienen su vertiente psicológica, pues en la medida en que los físico y los psicológico están relacionados y forman un todo, es lógico que esta repercusión bidireccional se dé. Si sabemos que esto es así, sería adecuado que el Sistema Sanitario Público en aras de mejorar la intervención en la salud, se contemplara la incorporación de la intervención psicológica como servicio básico ya desde la Atención Primaria (pues lo psicológico es igual de primario que lo físico cuando hablamos de salud), como de hecho se hace en otros países (Reino Unido, EEUU o Australia), en los  que se  ha demostrado que el tratamiento psicológico proporcionado ya desde esta primera etapa de atención en la salud es más eficaz y eficiente que el tratamiento farmacológico convencional.
Esto es así, porque, por seguir con los problemas de ansiedad o de alteración del estado anímico (englobándolos bajo alguna etiqueta, aunque los problemas siempre hay que analizarlos para cada caso) no se trata de enfermedades sino de PROBLEMAS PSICOLÓGICOS, pues son el resultado de variables del contexto de la persona como pueden ser ciertas condiciones de vida adversas (un divorcio, un despido, un trabajo muy estresante, una muerte de un ser querido, un mal momento económico o familiar, problemas escolares o de aprendizaje en un niño, problemas de relación con los demás…) en confluencia con una falta de habilidades para el manejo de los mismos. Si a unas variables ambientales estresantes o adversas que puede aumentar la probabilidad de que aparezcan problemas de afrontamiento le unimos un déficit de dichas habilidades para dar una respuesta satisfactoria a esas adversidades o situaciones problemáticas (lo que también funciona como una variable que predispone a que se genere un problema), con el tiempo, en la interacción de la persona con ese medio adverso, puede irse desarrollando un problema psicológico. Lo que la persona haga, piense o sienta en relación a esas situaciones adversas que se han producido o se están produciendo en su medio (fracaso laboral o escolar, presión laboral excesiva, una mala racha con la pareja, la muerte de un ser querido…) es lo que va diferenciar que la cosa derive en un problema o no lo haga.
Si lo que la persona hace, siente o piensa le ayuda a adaptarse a esa situación y a seguir adelante, no aparecerá un problema, pero si por el contrario, la forma en que la persona trata de dar respuesta a las demandas de su medio le impide adaptarse adecuadamente y le genera malestar, derivando en problemas de ansiedad o en alteraciones del estado de ánimo, por poner algún ejemplo (y siempre teniendo en cuenta que cada problema es único), estos problemas deben ser resueltos a través de una intervención psicológica, es decir enseñando a la persona (como se propone en el artículo) a manejar las situaciones contextuales adversas que han causado o están manteniendo el problema y a modificar y manejar esos estados emocionales, y esas formas de pensar y de actuar que están siendo problemáticas. Esto es: Enseñando a la persona estrategias de afrontamiento adaptativas.
Se ha demostrado que en la medida en que no se preste atención a las variables ambientales y a los comportamientos problemáticos en la intervención sanitaria, puesto que ambos son los que explican muchos de los problemas por los que consultan las personas, esos problemas se irán perpetuando y agravando en la mayoría de los casos, aún a pesar de estar recibiendo tratamiento farmacológico, y esto es así porque la persona no tiene en su repertorio habilidades o estrategias adecuadas para el manejo de las situaciones de su entorno. Y puesto que la causa de dichos problemas no es médica, sino psicológica, el tratamiento médico no tiene nada que decir, pues simplemente funciona como un parche que, como se explica en el artículo, “sólo reduce temporalmente el afecto negativo y/o la activación fisiológica, pero no modifica su origen” (que es de carácter psicológico: ciertas condiciones del contexto que la persona no sabe manejar o está manejando de una manera inadecuada). Como propone el autor del artículo este hecho puede ser el que explique las altas cifras de prevalencia de los Problemas Emocionales en Atención Primaria.
Para un mayor apoyo de estas afirmaciones, adjunto varios párrafos del artículo en los que se exponen datos de gran interés:
Los estudios epidemiológicos promovidos por la OMS muestran que dos tercios de los pacientes con trastornos mentales son atendidos en AP, donde el tratamiento farmacológico es el que, tradicionalmente, reciben los pacientes con Problemas Emocionales, el cual no está bien ajustado a la evidencia científica en la mayoría de los casos (sólo un tercio cumple los criterios de mínima adecuación). Por el contrario, es minoritario el tratamiento psicológico empíricamente validado (sólo el 0,9% de los pacientes con un trastorno de ansiedad recibe tratamiento exclusivamente psicológico y el 39% no recibe tratamiento), cuando precisamente el TRATAMIENTO PSICOLÓGICO de tipo COGNITIVO-CONDUCTUAL está considerado como el tratamiento de elección para estos trastornos. A estos datos se añade que, con el tratamiento convencional (farmacológico), se alcanza una alta tasa de abandono (después de las tres primeras visitas), así como de recaídas (tras concluir el tratamiento).
Por todo ello, en estos casos se encuentra que: (1) estos trastornos tienden a cronificarse y a desarrollarse nuevos desórdenes, dando lugar a una elevada comorbilidad con otras enfermedades mentales y/o condiciones físicas crónicas; (2) las personas que lo padecen suelen saturar las consultas de AP (frecuentación 19,1 veces superior a la de los ciudadanos sin DE, ni síntomas emocionales); (3) estos problemas producen un elevado grado de discapacidad (mayor que las enfermedades físicas); y (4) generan altos costes económicos (abuso y dependencia de psicofármacos, bajas laborales, incapacidad laboral transitoria, jubilaciones anticipadas, etc.), sociales (problemas familiares, dificultades para trabajar, etc.) y psicológicos.”
La saturación de las consultas médicas a la que se apunta en este último párrafo, es algo que yo misma he podido comprobar durante mi estancia como psicóloga en prácticas en un Centro de Salud Mental. Muchas de las personas que finalmente terminaban siendo derivadas a la especialidad de psicología habían estado pasando previamente por diversos especialistas, cuando la causa de todos aquellos problemas con una clara y REAL repercusión física, también tenía una importante vertiente psicológica que era necesario tratar. Los problemas físicos que el cuerpo manifiesta como consecuencia de estrés o de un bajo estado anímico muy prolongados en el tiempo, son reales y de ningún modo inventados, pero es muy probable que se reduzcan en la medida en que un psicólogo enseñe a la persona estrategias más adecuadas para manejar aquellos factores que fueron causantes y son hoy por hoy mantenedores de esos problemas. Esto, sin duda, a la larga reducirá gastos en el Sistema de Salud, aunque de entrada pueda generar costes y un gran esfuerzo en modificar el modo en que actualmente está concebido el Sistema Público de Salud. Como señala el artículo: “El sistema sanitario público español adolece de una serie de problemas, como bajo presupuesto sanitario (en relación al PIB), escasez de psicólogos y exceso de gasto farmacéutico (…) el número de psicólogos por 100.000 habitantes es 16,8 veces superior en Bélgica (32 vs. 1,9 en España), o un 76,1% inferior (en España) a la media europea (…). Somos el país de Europa con la mayor demanda de consultas a psiquiatría y psicología por Problemas Emocionales (43,8%). España es el cuarto país de la OCDE en consumo farmacéutico y el consumo de psicofármacos ha crecido al 6% anual en los últimos 5 años, periodo 2004-2009 (Ministerio de Sanidad)”.
El autor del artículo piensa que “una menor inversión en nuestro sistema sanitario, especialmente en el número de psicólogos, la falta de inversión en prevención (5%) o en tratamientos basados en la evidencia científica, podría estar favoreciendo una mayor hiperfrecuentación en AP por parte de los pacientes con Problemas Emocionales. Estas personas no reciben una atención sanitaria de calidad, puesto que no se curan, pero ni siquiera reciben información adecuada sobre sus problemas (el primer componente de los tratamientos eficaces) en los escasos minutos que dura la consulta. Este déficit, estaría siendo "subsanado" con un mayor gasto en psicofármacos (que supone sólo un 9% del gasto sanitario de los Problemas Emocionales). Este gasto farmacológico supone un despilfarro, por el alto abandono de tratamiento, en algunos casos, la automedicación que se prolonga durante años, en otros, el problema de las recaídas, la hiperfrecuentación, y, sobre todo, por la cronificación de problemas, para los que existe solución, como demuestra la evidencia científica (Solución Psicológica). Pero no debemos fijarnos sólo en el gasto farmacológico, sino en las consecuencias globales de no adoptar un tratamiento eficaz y eficiente, como han hecho ya otros países de nuestro entorno.”
Consultar el siguiente enlace para leer este artículo en Infocop: