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jueves, 29 de septiembre de 2011

Día Mundial del Corazón

 Hoy 29 de septiembre, se celebra el Día Mundial del Corazón. Un año más, la Federación Mundial del Corazón realiza sus esfuerzos para aumentar la conciencia de la población sobre la importancia de los problemas cardiovasculares, causantes de un gran porcentaje de muertes prematuras y la primera causa de muerte en el mundo (17 millones de personas al año), según informes recientes de la OMS (Global status report on noncommunicable diseases, 2011). La Federación defiende que la gran mayoría de esas muertes podrían ser prevenidas si se controlan los principales factores de riesgo para su desarrollo, entre los que enumeran: 1) el consumo de tabaco y alcohol, 2) unos hábitos alimentarios no saludables y  3) una vida sedentaria. Por ello, este año hace un especial énfasis en el concepto de Prevención, tratando de promover aquellas acciones que contribuyan a reducir o eliminar la presencia y el impacto de los mencionados factores de riesgo en la vida de las personas.
Invertir en prevención reduciría el enorme impacto social y económico para los países que tiene esta problemática. Por este motivo los principales líderes mundiales  están de acuerdo en que la puesta en marcha de medidas de prevención y control de los trastornos cardiovasculares es una necesidad urgente. Además, el hecho de invertir en campañas de prevención también tendría un efecto positivo sobre otras enfermedades no contagiosas como el cáncer, los trastornos respiratorios crónicos, la diabetes…, quienes comparten los mismos factores de riesgo. Por estas razones en la Cumbre Mundial sobre Enfermedades No Contagiosas, que tuvo lugar del 19 al 21 de septiembre de 2011, se trató de llamar la atención de la Comunidad Mundial sobre estas patologías con el fin de frenar su avance, logrando finalmente un acuerdo Global  que buscará situar las estrategias de Prevención en un lugar prioritario en las políticas de salud.
Si bien este es un paso importante, que sin duda será de gran ayuda, la Federación Mundial del Corazón advierte que los compromisos mundiales no son suficientes para atajar el problema, sino que son necesarios también los cambios individuales a nivel ciudadano. Es decir, lo que hay que conseguir es un cambio en los estilos de vida y los hábitos de conducta de las personas en relación al consumo de tabaco y otras drogas, a la alimentación, a la realización de ejercicio, al sueño, al trabajo…
 Los ciudadanos tienen una capacidad importante para reducir la incidencia de este tipo de trastornos modificando ciertas conductas de riesgo (cuidando una dieta equilibrada, realizando ejercicio físico diario y abandonando el consumo de tabaco… por ejemplo). Si se realizaran estos cambios a nivel ciudadano, se estima una reducción del 80% de las muertes prematuras por infarto y trastornos cerebrovasculares, como resultado. ¡¡Parece que merece la pena intentarlo!!.
La Federación Mundial del Corazón es muy consciente de esto y ha iniciado este año una campaña con el lema "un mundo, un hogar y un corazón", centrada en promover hábitos de vida saludables en la población general, un granito más de arena que se suma a los esfuerzos que ya vienen realizando otras organizaciones como la OMS o las Naciones Unidades.
Todas estas campañas ponen de manifiesto el importante papel de la psicología de la salud en el diseño de las políticas sanitarias y destacan el papel de los psicólogos en la promoción de hábitos saludables y la modificación de aquellos problemáticos con el fin de desarrollar factores de protección y reducir o eliminar factores de riesgo. Como expertos en el análisis y el cambio de conducta, los psicólogos han contribuido en el abordaje de estos problemas a través de la elaboración de manuales y protocolos de intervención (ej. para abandonar el consumo de tabaco),  el diseño de programas de educación para la salud entre los escolares (ej. para promocionar la práctica del ejercicio físico y una alimentación adecuada) o los programas de intervención para la hipertensión esencial, ente otras acciones.
Además de las contribuciones de la psicología a las estrategias de acción comunitarias, también a nivel de consulta privada, los psicólogos pueden ayudar y ayudan cada día a muchas personas a modificar comportamientos inadecuados y perjudiciales para la salud y a aprender en su lugar, conductas más adecuadas, que con la práctica, puedan convertirse en nuevos hábitos de vida que sustituyan los anteriores. En estos cambios juegan un papel importante los principios de aprendizaje que el psicólogo sabe poner en marcha para favorecer la aparición de las nuevas conductas, garantizar su repetición y procurar su mantenimiento en el tiempo. El cambio de hábitos no es fácil, pero es posible. Si además se utilizan ciertas estrategias y apoyos, que el psicólogo sabe poner en juego, el cambio será mucho más fácil de emprender y mantener. Una vez los nuevos hábitos sean adquiridos y se empiecen a experimentar los beneficios que conlleva el nuevo estilo de vida, con el tiempo serán más fáciles de mantener. La clave está en saber sustituir los refuerzos y gratificaciones que las anteriores conductas inadecuadas reportaban (el tabaco, la vida sedentaria, la comida poco sana...) por otras gratificaciones y beneficios que conlleva el nuevo estilo de vida.

Más información en:



viernes, 16 de septiembre de 2011

El Psicólogo como Profesional de la Salud

¿Qué caracteriza al Psicólogo como profesionales de la Salud?, ¿Cuál es su función?, ¿Qué lo diferencia de otros profesionales del campo de la salud?

Muchos son los profesionales que trabajan en el área de la salud,  pero no todos lo hacen siguiendo el mismo modelo explicativo y de intervención. Por ejemplo, los médicos (y entre ellos los Psiquiatras) utilizarían un modelo médico, que a grandes rasgos, explicaría las alteraciones de la salud como enfermedades con causa orgánica que encontrarían su remisión cuando se administra la medicación adecuada para erradicar la alteración orgánica/enfermedad. Por el contrario, los psicólogos se basarían en un modelo psicológico que explica los problemas psicológicos como alteraciones en el comportamiento que se desarrollan en la interacción de la persona con su entorno y que se mantienen en base a variables contextuales. Esto significa que los problemas psicológicos no son enfermedades con causa orgánica y por tanto, la medicación no siempre es la mejor vía de solución. Lo que hay que tratar de modificar en estos casos es la propia conducta problema y las variables del contexto que la han hecho emerger.

Veamos todo esto en mayor profundidad…
En primer lugar, no podemos olvidar que para los psicólogos el objeto de estudio es la CONDUCTA o COMPORTAMIENTO. Los psicólogos partimos además de que el modo en que las personas nos comportamos en nuestro entorno es aprendido, es decir, el comportamiento se desarrolla (se aprende) con el objetivo de buscar precisamente la adaptación a las circunstancias específicas del contexto de cada persona. En este proceso de búsqueda de adaptación a nuestro medio, muchas conductas que desarrollamos las personas (niños, adolescentes y adultos) para afrontar las demandas de éste, a veces empiezan a resultar problemáticas o a generarnos problemas a nosotros o a nuestro entorno. No obstante, estas conductas problema (denominadas “síntomas” en los Manuales Diagnósticos) no son indicadores de un trastorno subyacente que necesita ser diagnosticado, sino que son en sí misma el problema a intervenir, ya que si esas conductas no aparecieran, en ningún momento podríamos hablar de que el niño, el adolescente o el adulto tiene un problema y ni siquiera habría que recurrir a diagnosticar nada porque NADA HABRÍA. Las etiquetas diagnósticas que aparecen en los Manuales Psiquiátricos (“Depresión”, “Ansiedad”, “Trastorno Negativista”…) son simplemente eso, “etiquetas”, que funcionan como resumen de un conjunto de conductas (en algunos niños estarán presentes alguna de esas conductas que contempla la etiqueta, pero en otros estarán otras, no obstante lo que a nosotros los psicólogos nos interesa, es conocer cuáles son las conductas problema que presenta la persona y de qué variables dependen: Qué las está manteniendo a día de hoy, pues en eso será en lo que podamos intervenir los psicólogos y no en una etiqueta abstracta y meramente descriptiva como es un diagnóstico.
Por otro lado, no hay que olvidar que los Manuales Diagnósticos están elaborados desde un modelo médico que establece las causas de una patología determinada en un agente patógeno que provoca ciertos síntomas para los que se pauta una medicación con el objetivo de paliarlos. En el terreno de la enfermedad mental, los psiquiatras, consideran que las causas de los trastornos mentales o de las conductas patológicas están en el interior de la persona (hay algo subyacente que los causa) y que esas conductas que observamos, son sólo la “cara” superficial de una patología más seria que hay que diagnosticar a través del conteo de esas conductas sintomáticas. No obstante, la investigación en psicología lleva demostrando desde hace décadas que las conductas de las personas dependen de variables del contexto (interno y externo) que las están manteniendo y que modificando esas variables, las conductas cambian. SÍ, esas conductas que se interpretan como síntomas de un trastorno subyacente desde la comunidad médica se modifican cuando se interviene en las variables que las mantienen: ¿No será que esas conductas no están explicadas por una patología interna, sino por, precisamente esas variables ambientales?
Puesto que esto ha sido sistemáticamente demostrado a través de investigación y en contextos de laboratorio, los psicólogos hemos desarrollado herramientas muy potentes como el Análisis Funcional, que además de ser la herramienta de evaluación propia de nuestra disciplina (y del modelo psicológico) nos proporciona información sobre cuál es la intervención a realizar, ya que cuando el psicólogo realiza un Análisis Funcional del caso, lo que está haciendo en realidad es analizar las conductas problema y de qué variables del contexto interno y externo dependen; es decir, en qué situaciones aparecen esas actuaciones, emociones o pensamientos desadaptativos, qué hacía o pensaba la persona inmediatamente antes de que se diera la conducta problema, qué hacían otras personas o qué sucedía en el contexto antes de darse, qué hacen otras personas o qué sucede en el contexto después de que aparezca la conducta problema, cómo se siente la persona, qué hace o qué piensa después….
Cuando se realiza este tipo de análisis es fácil derivar de él una intervención realmente ajustada al caso, sin necesidad de depender de la etiqueta diagnóstica que se la haya puesto. Esta sólo proporcionará una orientación sobre el tipo de problema que la persona presenta, pero nunca sobre cómo se está plasmando el problema concretamente. Las personas aprendemos todas las conductas de nuestro repertorio, tanto las problemáticas como las no problemáticas a través de diferentes procesos de aprendizaje. Cuando se estudian los procesos de aprendizaje subyacentes a esas conductas y se diseñan las condiciones para modificarlos y que se den en su lugar los procesos de aprendizaje para otras conductas, la probabilidad de éxito de la intervención se incrementa mucho más que si realizamos una intervención estándar para todos los casos que reciben una misma etiqueta. ¿Creen que todos los problemas de ansiedad tienen la misma causa y se manifiestan de igual manera en todas las personas que los sufren? ¿Creen que a todas las personas les afectan de igual manera y afrontan de la misma manera los problemas de la vida?, ¿Creen que aquello que llamamos “depresión” se manifiesta igual en todas las personas y tiene las mismas causas? Probablemente su respuesta a todas estas preguntas haya sido que no, y está en lo cierto: Ni todos los problemas son iguales, ni a todas las personas les afectan los sucesos de su vida de igual manera, ni todas las personas tienen la misma manera de afrontar las cosas. Puesto que las conductas problema se explican en función de los procesos de aprendizaje subyacentes y las Técnicas de Intervención Psicológica se basan en esos mismos principios de aprendizaje, en la medida en que el Análisis Funcional del problema esté bien hecho, la intervención tendrá mayor probabilidad de éxito.
Está claro que en la comunidad científica hay que adoptar un lenguaje común para poder entendernos y por el momento, ese lenguaje común es la etiqueta diagnóstica. Esto es algo que los psicólogos tenemos que asumir, pero eso no necesariamente nos tiene que llevar a olvidar cuál es la conceptualización de los problemas propia de la psicología y cuáles son las herramientas de intervención puramente psicológicas (el Análisis Funcional y las Técnicas de Intervención Psicológica); y sobre todo, no se nos puede olvidar, que al final, lo más relevante, aquello donde tenemos que intervenir es en las  CONDUCTAS PROBLEMA, pues esas son las que siguen ahí, una vez puesta la etiqueta (porque la etiqueta no resuelve nada, simplemente encasilla a la persona, con los problemas que eso puede conllevar). Pero… ¿cuáles están presentes en una determinada persona y cuáles no?: Eso es lo que tenemos que evaluar, describir y explicar a través del ANÁLISIS FUNCIONAL con el fin de planificar una intervención adecuada que plantee una alternativa a la medicación.
Los psicólogos tenemos mucho que decir a la hora de intervenir en casi la totalidad de los trastornos que figuran en los Manuales de Diagnóstico Psiquiátrico y disponemos de procedimientos de intervención (Técnicas Psicológicas) que han demostrado su eficacia en el laboratorio y en la práctica clínica y que además, han demostrado ser a largo plazo más efectivas que los tratamientos farmacológicos para la mayoría de trastornos psicológicos (como demuestra el informe realizado por “The Centre for Economic Performance’s Mental Health Policy Group, London School of Economics” en 2006.
Reconocimiento de los Psicólogos con experiencia en el campo clínico y de la salud como "Psicólogos Sanitarios"

Después de un largo camino, finalmente se ha reconocido a nivel legar la condición del Psicólogo como profesional de la salud. Para más datos sobre ello pueden consultar el siguiente enlace:

http://galaalmazananton.wordpress.com/2011/09/24/psicologo-general-sanitario/

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viernes, 26 de agosto de 2011

El Análisis Funcional de la Conducta: La clave de la Intervención Psicológica

El Psicólogo Clínico, como se ha venido tratando en posts anteriores (ver Lo Psicológico es “lo Aprendido, en este blog) desarrolla su labor profesional en el ámbito de la salud mental, proponiéndose como objetivo incrementar el bienestar y la adaptación de las personas a su entorno, ayudándolas a superar los problemas y dificultades que han podido aparecer en un momento dado en el curso de su vida (en la interacción que la persona hace con su entorno y con los contextos en los que participa) y que le dificultan esa correcta adaptación al medio. Los Problemas Psicológicos se desarrollarían por tanto en el marco de la interacción de la persona con su medio, siendo por ese motivo aprendidos y susceptibles de ser modificados.
Para que la modificación de un comportamiento problemático pueda realizarse de forma eficaz, el Psicólogo primero debe estar en condiciones de describir y explicar en qué consiste exactamente el problema (qué comportamiento/s están resultando problemáticos y en qué situaciones), para poder realizar predicciones sobre el mismo y diseñar posteriormente un protocolo de intervención eficaz y SIEMPRE adaptado a cada caso.
Para desgranar completamente la conducta problemática los psicólogos hacemos uso de nuestra herramienta clave: El Análisis Funcional de la conducta (AF), que permite establecer las relaciones funcionales o secuencias que caracterizan una conducta, analizando los antecedentes y consecuentes que explican que la conducta se dé y se mantenga en el tiempo. El AF nos permite conocer exactamente qué ocurre (cuál es la conducta problemática: qué piensa, dice, hace, siente, o cómo reacciona la persona), en qué circunstancias contextuales (ante que estímulos o personas se da la conducta) ocurre la conducta y qué efectos o consecuencias tiene en el medio (que hacen los otros, qué beneficios o pérdidas reporta a la persona, cómo se siente después…). Pero no sólo es necesaria esta información, sino que para que el análisis del problema que trae a la persona a consulta sea realmente global y completo, es necesario estudiar una serie de Variables Disposicionales, que pese a no ser explicativas del problema, sí nos ayudan a comprender que el problema haya aparecido y se mantenga en el tiempo.
Las Variables Disposicionales aludirían a condiciones relativamente estables en la persona o en el ambiente que pueden precipitar un problema o hacer a la persona más vulnerable a caer en determinados comportamientos problema. Por ejemplo, si hay una situación de crisis en el país que está afectando a la economía de una familia, es posible que la presión a la que se estén viendo expuestos tanto el padre como la madre pueda favorecer la aparición de problemas de pareja o incluso derivar en problemas en el manejo de los hijos y la comunicación familiar. Otro ejemplo podría ser el de un adolescente hijo único que ha estado siempre acostumbrado a obtener todo de sus padres sin mucho esfuerzo y que cuando las cosas dejan de ser tan fáciles y exigen una implicación por su parte (ej. aprobar los estudios, tener dinero para salir o comprarse caprichos), no es capaz de persistir sin recibir la gratificación inmediata. Como vemos, este tipo de variables, como podrían ser las circunstancias del entorno (situación de crisis económica) o la historia de aprendizaje previa (haberse acostumbrado a recibir todo lo que se quiere en el momento en que se quiere) pueden favorecer el que en un momento dado, si se dan determinadas situaciones antecedentes y consecuentes (ej. un motivo que propicie una discusión de pareja, una conducta del hijo que moleste a los padres que ya estén de antemano alterados, no tener dinero para costearse los gastos y tener que trabajar para comprar algo que quieres…), se genere un problema o aparezca una dificultad.
La aparición de un problema psicológico pone de manifiesto que: 1) La persona carece de las habilidades de afrontamiento adecuadas, 2) que las demandas del medio exceden esas habilidades o bien, 3) que el uso que se está haciendo de las mismas es inadecuado para esa situación o problema concreto. Por ejemplo, una estrategia de “evitación” podría ser lo aconsejable en un caso de maltrato de pareja (irse del contexto problemático). En estos casos la víctima debe tratar de alejarse del maltratador, encargándose el psicólogo de dotarla de estrategias que le ayuden a romper el vínculo con esta persona. Esta misma estrategia sería totalmente inadecuada si lo que se pretende es superar un temor o una fobia, pues lo recomendable en estos casos es lograr que la persona afronte la situación temida, comprobando de esta manera que no ocurre aquello que se teme.
El AF pretende por tanto esclarecer cuáles son las secuencias en que se da una conducta problemática y qué procesos de aprendizaje subyacen a la misma (las leyes de aprendizaje implicadas). El AF sería de esta manera diferente para cada caso concreto, incluso en aquellos casos que responderían a una misma etiqueta (ej. Ansiedad, depresión…). En cada caso las respuestas que emite la persona (lo que hace, lo que piensa, cómo reacciona y cómo se siente física y emocionalmente) y que le generan malestar pueden variar, así como también varían los estímulos, personas o situaciones que generan esas respuestas o reacciones y las consecuencias que se derivan de todas esas respuestas. Este conjunto de estímulos antecedentes (A) - respuesta (R) - estímulos consecuentes (C) (Secuencias A-R-C) es lo que hará de cada caso único y lo que justifica intervenciones únicas y adaptadas a cada caso.
Lo anterior nos ayuda a entender también por qué cada caso de “Depresión”, “Ansiedad”, “Problema de Pareja” es único y el nombre que se le da funciona simplemente como una etiqueta que nos ayuda a resumir y a hacernos una idea de “por donde pueden ir los tiros”, pero no nos dice nada acerca de cuáles son los comportamientos problemáticos específicos de la persona (qué hace o qué no hace para estar mal, qué pensamientos está teniendo y cómo éstos están influyendo en su estado anímico y en su conducta…), y menos sobre cómo intervenir. Para comprender el problema en su totalidad y diseñar una intervención verdaderamente adaptada al problema concreto hay que recurrir al AF y desgranar la conducta en sus elementos constituyentes (Antecedentes, Respuesta, Consecuentes).
·         Los Antecedentes son estímulos que desencadenan una respuesta, bien de manera automática porque hemos asociado el estímulo a esa respuesta (ej. Ver a una persona que nos cae mal, nos puede poner de mal humor nada más verla y ese mal humor se plasmará probablemente en nuestro comportamiento con ella, a menos que hagamos algo para controlarlo), o bien porque hemos aprendido que si ante ciertos estímulos (ej. Ver a una madre de buen humor) realizamos ciertas acciones (ej. pedirle llegar más tarde el fin de semana), obtendremos ciertas consecuencias (ej. que nos deje). Las consecuencias pueden ser positivas (Refuerzos) o negativas (Castigos) y en función de ello, optaremos por repetir la conducta (si esta se ve reforzada) o no repetirla (si sabemos que ésta ha sido castigada y aprendemos que podrá volver a serlo en el futuro). Por ejemplo, si un hijo ha podido comprobar tras uno o varios intentos que cuando su madre está enfadada y la pide llegar más tarde, ésta se niega y por el contrario, cuando está de buen humor es más probable que acceda, el hijo aprende a discriminar ante qué situaciones (estímulos antecedentes) debe emitir la conducta (realizar la petición) y ante qué situaciones no.

·         Los Consecuentes de una conducta son, como la palabra indica, las consecuencias que se derivan de la emisión de la misma, y como acabamos de ser, pueden ser positivas (refuerzos) o negativas (castigos). Si una conducta se ve reforzada tenderá a repetirse y si se ve castigada, tenderá a extinguirse. Esto es así porque las personas aprendemos de las contingencias a que nos expone nuestro medio y que se derivan de nuestra conducta.
Del mismo modo que en el lenguaje, cada elemento cumple una función determinada en la construcción gramatical de la oración y ese papel viene precisamente determinado por las normas o leyes gramaticales, cuando se trata de la conducta, cualquier acción, pensamiento, emoción o reacción fisiológica, así como sus antecedentes y consecuentes, cumplen una función dentro de la secuencia de conducta y ese papel dependerá de los procesos de aprendizaje subyacentes a cada una de las conductas analizadas. Siguiendo esta idea, cuando hay un problema psicológico (problema comportamental), éste puede y debe ser analizado en las secuencias que lo componen. Imaginemos que una persona llega a consulta con un bajo estado anímico. La labor del psicólogo será esclarecer a qué se debe ese bajo estado anímico. La conclusión a la que el psicólogo llegue después de hacer la evaluación podría ser la siguiente: Se trata de una persona a la que le ha abandonado la pareja. A partir de ese abandono la persona no ha podido/sabido evitar que rondaran constantemente por su cabeza pensamientos relativos a qué ha fallado, qué ha hecho mal, así como recuerdos sobre los momentos bonitos pasados con la pareja. Estos pensamientos aparecían en muchos momentos del día de manera automática, pero además aparecían con gran frecuencia ante la presencia de estímulos que se habían asociado a la pareja durante el tiempo que duró la relación (ej. A la salida del trabajo por ser el momento en que se quedaba con la pareja, en aquellos lugares que se solía visitar con ésta, viendo la serie de tv que ambos veían juntos, cuando se está con amigos comunes…). La consecuencia de darle vueltas a estos pensamientos es una sensación de gran malestar y tristeza, que además puede ir acompañado de una reducción de las ganas de hacer cosas, de visitar los lugares y los amigos que se frecuentaban con la pareja y de realizar las actividades que se compartían con ésta. Al final todo se convierte en un bucle, porque la persona puede dejar de hacer cosas que le mantendrían distraído, teniendo así más tiempo para pensar en la pareja y en todo aquello que le genera tristeza. Puede terminar abandonando amistades comunes para evitar recordar a la pareja y dejar de hacer las cosas que se compartía con ella para dejar de pasarlo mal. Esto no sería negativo mientas que esos estímulos sean sustituidos por otros (salir con otros grupos, realizar otras actividades diferentes…). El problema vendría si se cae en la inactividad, porque ello acrecentaría ese malestar y el bajo estado de ánimo.
Como vemos en este ejemplo, existen unos antecedentes (estímulos relacionados con la pareja) que elicitan unos pensamientos negativos (recuerdos de la pareja, preguntas sobre qué ha fallado) que tienen como consecuencia la reducción de las ganas de hacer cosas y la sensación de tristeza. Este estado de tristeza puede a su vez convertirse en el antecedente para no realizar actividades, lo que a su vez tiene como contrapartida la pérdida de refuerzos y gratificaciones alternativas y tener más tiempo para pensar en la pérdida de la pareja. La persona así mismo puede optar por evitar aquellas situaciones que le recuerdan a la pareja con el fin de evitar la consecuencia negativa de pasarlo mal, pero en la medida en que no se busquen refuerzos alternativos y se trate de rehacer la vida al margen de la pareja, la semilla del problema está plantada. El psicólogo debe analizar todo esto para comprender ese bajo estado de ánimo y poner medios para modificarlo.
Para modificar conductas disfuncionales e instaurar conductas funcionales el psicólogo se sirve de las Técnicas de Modificación de Conducta, que están basadas en las mismas Leyes de Aprendizaje que subyacen a las secuencias que hemos estado viendo. Estas técnicas han sido avaladas empíricamente a través de investigación de laboratorio y la decisión de aplicar unas técnicas u otras dependerá precisamente del Análisis Funcional del problema, es decir, de cuáles sean los antecedentes, las respuestas y los consecuentes concretos.

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Lo Psicológico es “lo Aprendido” y lo aprendido es susceptible de ser modificado

miércoles, 24 de agosto de 2011

Lo Psicológico es “lo Aprendido” y lo aprendido es susceptible de ser modificado

En diversos post hemos definido La Psicología como disciplina que se ocupa del estudio científico del comportamiento humano (basándose para ello en estudios experimentales sobre el modo en que aprenden las personas y sobre las Leyes de Aprendizaje subyacentes a las diferentes conductas). Se ha reflexionado también sobre las diferencias entre la Psicología y otras disciplinas con las que ésta comparte intereses y objetivos de actuación (la persona como objeto de estudio y el incremento de la salud y el bienestar de las personas como diana de acción). En concreto, la Psicología se plantea como objeto de estudio la conducta/comportamiento de la persona, es decir, el modo en que ésta interactúa con su entorno o contexto y, en cuanto al objetivo de acción, lo que busca es siempre una modificación o cambio favorable en los comportamientos estudiados. El fin último es siempre lograr una mejor adaptación a su entorno, ya sea laboral, familiar, de pareja, escolar, social…
Como vemos, los ámbitos de intervención de los Psicólogos son muchos, puesto que el comportamiento está en todas partes, es decir, en todas las áreas de la vida, las personas nos comportamos o interactuamos con el entorno para adaptarnos a él. Ésta es la única manera posible en que se desarrolla la vida: a través de una interacción constante con los diferentes contextos en que participamos, con el objetivo último de adaptarnos a las diferentes situaciones que se nos plantean.
A lo largo de esta interacción y proceso de adaptación continuo que es la VIDA, vamos adquiriendo aprendizajes (patrones de comportamiento, incluyendo como tales los modos de hacer, decir, pensar…) que se van incorporando a nuestro “Repertorio Básico de Conductas”, que no es otra cosa que lo que podríamos denominar “nuestro bagaje vital”: son las maneras de hacer, pensar y reaccionar ante diversas circunstancias que se ha incorporado precisamente a partir del contacto o exposición previa a situaciones similares. Es por ello que cuando nos exponemos a una situación o pasamos por un determinado momento vital, no lo hacemos “en blanco”, sino con una historia de aprendizaje previa que puede influir en cómo interpretemos y actuemos ante los acontecimientos, en función de nuestra experiencia anterior y de si disponemos o no de estrategias de afrontamiento eficaces. Estas estrategias se habrían aprendido o no, a lo largo de esta historia de aprendizaje y su presencia, ausencia o mal uso de las mismas, puede derivar en la aparición de problemas psicológicos si confluyen ciertas circunstancias en la persona y el entorno.

Cuando hablamos de lo “psicológico” (es decir, cuando nos referimos a algo poniendo el adjetivo de “psicológico”), nos estamos refiriendo a que es “aprendido”. Cuando decimos que algo es “aprendido”, nos referimos a un cambio en el comportamiento que es producto o resultado de la experiencia (es decir, de la interacción del individuo con el entorno). Pero… ¿qué es lo “aprendido” en las personas?: En las personas lo aprendido es todo su Repertorio Básico de Conductas, toda su historia de aprendizaje, pues a excepción de unos pocos reflejos muy básicos, con los que venimos al mundo y que nos permiten iniciar ese proceso de interacción y adaptación al ambiente, el resto de conductas que vamos desarrollando e incorporando son aprendidas. En este sentido habría pocas cosas innatas (a excepción de este reducido patrón de reflejos) y el resto de lo que “somos”, vendría confeccionado por el tipo de experiencias de aprendizaje y de influencias y modelos de conducta que tengamos a lo largo del desarrollo.
Para llegar a lo que somos habrán jugado un papel fundamental las experiencias de aprendizaje por contacto directo con las situaciones y  estímulos y experiencias de aprendizaje indirecto, a través de la observación de la conducta de otros o de la información que otros nos transmiten (medios de comunicación, libros, película, otras personas…). No sería necesario pasar por todas las situaciones para aprender a actuar en ellas, porque somos capaces de imitar y generalizar conductas a situaciones similares sin tener que estar aprendiendo por la experiencia directa con todas ellas.
Hasta aquí podemos sacar varias cosas en claro:
1.       Los psicólogos estudiamos la conducta de las personas en interacción con su medio y si esta conducta favorece la adaptación y el bienestar de la persona (o por el contrario causa problemas).
2.       El comportamiento de las personas es aprendido y por ello la Psicología se ocupa de “lo aprendido”, para en caso de ser necesario, modificarlo.
3.       Lo aprendido, en tanto que no es innato sino que ha sido desarrollado e incorporado al repertorio de conducta en algún momento de la vida, puede ser modificado.
4.       El objetivo último que perseguimos los psicólogos es intervenir en el comportamiento/conducta de las personas para favorecer la adaptación a los contextos en que participe (social, laboral, académico, familiar, de pareja…).
Puesto que son muchos los contextos en los que las personas participamos y en los que puede ser relevante introducir modificaciones en la conducta (ej. aumentar el rendimiento laboral o académico, mejorar la comunicación y el trabajo en grupo en un departamento empresarial o en un aula, mejorar los problemas sexuales de una pareja, enseñar a unos padres a establecer límites a sus hijos de una manera adecuada…), son también muchas las especialidades o áreas en las que el psicólogo puede desarrollar sus funciones (formación, recursos humanos, intervención clínica, el contexto educativo, investigación…). De todos ellos, vamos a centrarnos en el ámbito clínico.
El Psicólogo Clínico se propone como objetivo mejorar el bienestar de las personas, ayudándolas a solucionar sus problemas psicológicos. Un Problema Psicológico es aquel problema que emerge en la interacción de la persona con su medio, imposibilitando una correcta adaptación y causándole malestar. Los problemas psicológicos afectan al individuo en su totalidad y a la forma de adaptarse e interactuar con su medio. Su aparición depende de la existencia o no de habilidades psicológicas de afrontamiento en el repertorio del sujeto y de que se haga o no un uso adecuado de ellas (ej. habría estrategias que podrían ser adecuadas ante ciertas situaciones o problemas pero inadecuadas ante otros). Una estrategia de afrontamiento usada de manera inadecuada o ante situaciones inadecuadas podría ayudar a incrementar el problema o convertirse en sí misma en el problema (ej. evitar las cosas que nos dan miedo puede ser ventajoso a corto plazo pero contribuir al incremento del miedo a medio/largo plazo si esto nos impide exponernos a las situaciones temidas, pues el miedo se irá perpetuando). Para que algo sea considerado un problema psicológico debe ser identificado como tal por la persona o por su entorno, no obstante, hasta que no es el propio individuo el que lo reconoce como problemático y busca ayuda psicológica, no se convierte en un “Problema Clínico”, que pueda ser objeto de intervención. Si la persona no detecta un comportamiento como problemático, difícilmente se planteará cambiarlo y hará los esfuerzos necesarios para ello. En ocasiones son terceras personas las que detectan el problema en otro y acuden a consulta (este es el caso de niños y adolescentes, en que los demandantes de intervención suelen ser los padres). En estos casos la intervención podría realizarse a través de estas personas, siempre y cuando fuera posible, aunque teniendo en cuenta que los logros pueden ser limitados.
¿En qué se basa la Intervención Psicológica?
El Tratamiento Psicológico parte del supuesto de que toda conducta, tanto la problemática como la adaptativa, es aprendida en base a los mismos principios o Leyes de Aprendizaje, y por tanto, también puede ser modificada o desaprendida en base a dichos principios. Es importante tener en cuenta que las diferencias entre conducta adaptada y desadaptada son de grado (cuantitativas: intensidad, frecuencia, latencia… de la conducta). La conducta es un continuo y los extremos pueden ser disfuncionales.
Para que la intervención y el cambio sea posible, habría que: 1) Primero describir, analizar y explicar las conductas problemáticas encontrando aquellos elementos o variables que participan en el mantenimiento de dichos problemas (los antecedentes y consecuentes de las conductas inadecuadas), lo que supone realizar lo que se denomina “Análisis Funcional” de la conducta; para 2) En segundo lugar, introducir modificaciones a través de la alteración de dichas contingencias antecedentes y consecuentes, lo que es posible mediante el uso de las Técnicas de Intervención Psicológica.
El psicólogo estudia la conducta como interacción entre el sujeto y su entorno e interviene en los elementos relevantes que participan en dicha interacción, tanto en los que aumentan la probabilidad o favorecen que ciertos comportamientos se den (aunque no son la causa de que aparezcan y se mantengan), como en los que explican que dichos comportamientos aparezcan y se mantengan. A las primeras las denominamos “Variables Disposicionales”, porque predisponen a ciertas conductas (ej. ser un adolescente aumenta la probabilidad de caer en el consumo de drogas, pero no explica que un adolescente consuma o no, ya que aunque es un factor de vulnerabilidad, no todos los adolescentes consumen); a las segundas las denominamos “Variables Funcionales” porque tienen una influencia directa y causal en la conducta, siendo las que explican que ciertos comportamientos se den y se mantengan o por el contrario, desaparezcan (ej. el tener droga disponible y que un amigo la ofrezca persuadiéndote de sus efectos positivos puede ser el detonante para un primer consumo, así mismo, experimentar sensaciones positivas y aprobación social puede explicar que en situaciones similares en que la droga vuelva a estar disponible, se repita el consumo). Como vemos, ambas variables son diferentes: las “Variables Disposicionales” hacen referencia a características o condiciones de la persona o del ambiente más o menos estables (ej. la edad de una persona, las características de su contexto laboral o social, la presencia o no de algún tipo de problema físico, la existencia o no en su repertorio de habilidades de afrontamiento…) y las “Variables Funcionales” hacen referencia al papel que juegan diversos elementos de la situación como estímulo antecedente o de estímulo consecuente (ej. el que aparezca un estímulo que elicita una emoción o evoca un comportamiento que de darse obtendrá unas consecuencias, consecuencias positivas o negativas derivadas de una conducta…). En cuanto a las Variables Funcionales, la investigación psicológica demuestra que aquellas conductas que van seguidas de consecuencias positivas (“refuerzo”) tenderán a repetirse y aquellas que van seguidas de consecuencias negativas (“castigo”) tenderán a desaparecer. Las personas aprendemos que ante una situación antecedente, si emitimos cierto comportamiento, éste tendrá unas consecuencias. En base a estos aprendizajes nos desenvolvemos en nuestro entorno, pudiendo generalizar a otros contextos, incorporar conductas nuevas a nuestro repertorio y modificar las ya existentes.
Los Psicólogos Clínicos para el desarrollo de su labor hacen uso de dos tipos de conocimiento:
1.       Un conocimiento teórico sobre las Leyes de Aprendizaje.
2.       Un conocimiento práctico o aplicado, sobre la tecnología que hace posible cambio: Las Técnicas de Intervención Psicológica (o Técnicas de  Modificación de Conducta)
Por tanto, el papel del Psicólogo Clínico cuando acude una persona a su consulta será:
1)      Describir, explicar y predecir la conducta utilizando para ello el Análisis Funcional: Herramienta característica del psicólogo que permite establecer las relaciones funcionales de una conducta con los elementos antecedentes y consecuentes que la explican.
2)      Modificar conductas disfuncionales e instaurar conductas funcionales utilizando para ello las Técnicas de Modificación de Conducta, que están basadas en las Leyes de Aprendizaje y han sido avaladas empíricamente a través de investigación de laboratorio. El psicólogo tomará la decisión de aplicar unas técnicas u otras precisamente en función de cuál sea su Análisis Funcional del problema.

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jueves, 11 de agosto de 2011

La Psicología es una profesión sanitaria

Si preguntásemos a la gente si considera la Psicología una profesión sanitaria y a los Psicólogos profesionales cuyo objetivo prioritario es trabajar por la mejora de la salud y el bienestar de las personas, la respuesta mayoritaria probablemente sería SÍ y así se ha demostrado en diversas encuestas realizadas a la población. La Vanguardia ofrecía el 17 de noviembre de 2010 en su edición digital los siguientes resultados a una encuesta en la que preguntaban: “¿Considera usted que los psicólogos deben ser considerados profesionales de la salud?”: El 92% de los 23.331 participantes respondió “Sí, no hay duda, los psicólogos son sanitarios”. En 2006, Redacción Médica, periódico que se ocupa de la defensa de los intereses de los profesionales de la salud realizó otra encuesta planteando si la Licenciatura de Psicología debía ser considerada una profesión sanitaria. En este caso, el 64% de los lectores señalaba que sin ninguna duda los psicólogos debían ser considerados profesionales sanitarios. Un año antes, en 2005, el psicólogo Gualberto Buela-Casal realizó un estudio en profundidad sobre la misma pregunta, encontrando que el 90% de los hombres y el 94% de las mujeres consultados por la encuesta respondían afirmativamente a si consideraban a los psicólogos profesionales de la salud.

Pero… ¿Por qué razón tantas preguntas sobre algo que parece tan obvio?, ¿Por qué poner en duda que el ejercicio profesional de psicólogos pueda enmarcarse en muchos de los casos en el ámbito de la salud?.
Desde que surgió la Psicología como título universitario en España en 1970 y se creó el Colegio Oficial de Psicólogos en 1980, los Licenciados en Psicología que además se hubieran colegiado, pudieron empezar a ejercer legalmente su labor como psicólogos. Desde este momento y hasta la actualidad, la formación recibida por los profesionales de la psicología durante su formación y el ejercicio profesional que venimos desarrollando, ha ido configurado una profesión caracterizada por ser “experta en la evaluación, diagnóstico e intervención sobre el COMPORTAMIENTO de las personas, actuando a nivel individual, grupal, organizacional y comunitario, con la finalidad principal de promover y mejorar el bienestar de los individuos, lo que además puede incidir sobre la mejora de su rendimiento en diversos campos (educativo, laboral, deportivo, seguridad vial...)” (Infocop, 2011). Puesto que además, la Organización Mundial de la Salud (OMS) define la SALUD como “un estado de bienestar físico, mental y social, y no la mera ausencia de enfermedad o dolencia”, parece que no habría lugar a muchas dudas sobre si son o no son los psicólogos esencialmente sanitarios. Sin embargo, esta consideración de la psicología como profesión sanitaria, no impediría que muchos de estos profesionales desarrollaran su labor profesional en áreas no sanitarias, pues el comportamiento humano es susceptible de ser estudiado e intervenido en múltiples ámbitos (el educativo, el laboral, el deportivo…). En función de en qué área desempeñe el psicólogo su trabajo, su objetivo último puede ser diferente: incrementar la salud o el bienestar de las personas ayudándoles a solucionar problemas (ámbito clínico y de la salud), incrementar el bienestar o el rendimiento en el trabajo (ámbito laboral), seleccionar los perfiles más adecuados para un puesto (recursos humanos), mejorar los problemas de conducta en el aula de un niño o detectar dificultades de aprendizaje (ámbito educativo)… Aunque en última instancia, en tanto en cuanto lo que busquemos los psicólogos sea favorecer una mejor adaptación de las personas (ya sean niños o adultos) a su entorno (laboral, social, educativo), la salud y el bienestar se verán inevitablemente incrementados.
Según lo visto, no habría por qué poner en tela de juicio el estatus de la Psicología como profesión sanitaria, y así ha sido hasta el año 2003, momento en que entró en vigor la Ley 44/2003 de Ordenación de las Profesiones Sanitarias (LOPS). Esta ley establece cuáles son las titulaciones que pueden cuidar de la salud en España y ser consideradas, por tanto, profesiones sanitarias. En esa fecha se incluyeron como tales las licenciaturas en Medicina, en Farmacia, en Odontología, en Veterinaria y en Ciencia y Tecnología de los Alimentos, y a las Diplomaturas en Enfermería, en Fisioterapia, en Terapia Ocupacional, en Podología, en Óptica y Optometría, en Logopedia y en Nutrición Humana y Dietética, pero no se incluyó la licenciatura en Psicología. A partir de ese momento sólo se reconocía como profesionales sanitarios a aquellos psicólogos que hubiesen conseguido el título oficial de especialista (PIR, Psicólogo Interino Residente), al que se accede a través de una oposición para la que se ofertan poco más de 100 o 130 plazas, muchas menos de las que serían necesarias para satisfacer la demanda de psicólogos que hay actualmente en el Sistema Nacional de Salud.
Las consecuencias más relevantes de esta ley fueron que de los 44.000 psicólogos colegiados en España en el momento de su aprobación, sólo 3.000 tenía el título de PIR, quedando los 41.000 restantes en situación de desamparo legal, pues aquello para lo que se habían formado, había dejado de estar reconocido por la ley. El ejercicio de la profesión de psicólogo quedó desde entonces en una situación de inseguridad jurídica que ha venido tratando de resolverse a lo largo de estos más de 7 años de debates y luchas enfocadas a regularizar la situación.
Finalmente, el gobierno socialista, tras muchas presiones ha promovido la inclusión de una disposición adicional dentro de la Ley de Economía Social (16 de marzo de 2011), que fue aprobada por todos los grupos parlamentarios en las Cortes Generales y que entrará próximamente en vigor en el Boletín Oficial del Estado (BOE). El texto de esta disposición defiende que “aquellos que posean el título de licenciado en Psicología o alguno de los títulos de graduado en el ámbito de la Psicología adscritos a la rama de conocimiento de Ciencias de la Salud, podrán ejercer actividades sanitarias, siempre que hayan superado los estudios de graduado/licenciado, siguiendo un itinerario curricular vinculado al área docente de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológicos, o al área de la Psicología Clínica y de la Salud, o bien hayan adquirido una formación complementaria de postgrado no inferior a 400 horas (o su equivalente en créditos europeos), de las que al menos 100, tendrán carácter práctico, vinculada a las áreas citadas”. Esta ley permite a los titulados en Psicología que cumplan los requisitos anteriormente citados solicitar la inscripción de consultas o gabinetes de Psicología en el correspondiente registro de centros, servicios y establecimientos sanitarios, lo que en la práctica, supone un reconocimiento implícito de estos psicólogos como profesionales sanitarios, ya que aquellos titulados que cumplan los requisitos citados pasan a tener legalmente reconocido que pueden realizar actividades sanitarias (entendidas como  “el conjunto de acciones de promoción, prevención, diagnóstico, tratamiento o rehabilitación, dirigidas a fomentar, restaurar o mejorar la salud de las personas”, según la definición del Real Decreto 1277/203). Sin embargo, en cuanto a lo que se refiere al ejercicio dentro del Sistema Nacional de Salud, o concertado con éste, sigue siendo requisito indispensable la obtención del título de PIR, al que se accede por oposición. (Puede consultarse el texto de la Disposición Adicional pinchando aquí)

¿Cuál es la situación actual a nivel legal?
La disposición adicional aprobada en marzo de 2011 sienta las bases para el inicio de un proceso de regularización de la Psicología como profesión sanitaria, aunque por el momento el reconocimiento es tan sólo implícito, al permitir la inscripción de los centros de psicología privados como centros sanitarios; algo que por otra parte resulta bastante paradójico (no se recoge aún la Psicología en el registro de profesiones sanitarias, pero sin embargo, los centros en los que trabajan estos profesionales sí pueden inscribirse y reconocerse legalmente como sanitarios, en tanto en cuanto, las tareas que se llevan a cabo en estos lugares, se encuentran entre aquellas descritas por el Real Decreto 1977/203, como “sanitarias”). Si los centros en los que trabajan los psicólogos y las actividades que mayoritariamente llevan a cabo son consideradas sanitarias, ¿por qué poner tantas trabas al reconocimiento de la Psicología como profesión sanitaria?
Está claro que la disposición adicional aprobada en marzo de 2011 es un paso en la dirección deseada, pero aún quedan más pasos por dar en los que las instituciones que representan a los profesionales de la psicología (Colegio Oficial de Psicólogos principalmente, así como otras asociaciones) sigue trabajando. Por lo pronto, el siguiente objetivo general que se ha propuesto, es lograr el reconocimiento de una profesión de “psicólogo sanitario generalista”, que podría tener como denominación “psicólogo sanitario”, a la que se accedería tras cursar el grado de Psicología y un máster oficial en Psicología Sanitaria, que garantizase la formación teórica necesaria, así como un alto contenido práctico, con el fin de que los titularos cumplieran los requisitos exigidos a nivel europeo. Se ha llegado a plantear que este máster oficial también debería ser requisito previo a la obtención del PIR. No obstante, las negociaciones con el gobierno aún persisten, pues existen discrepancias en cuanto a la duración y los requisitos que debe cumplir el máster, así como en el hecho de que éste deba ser consideración indispensable para acceder al PIR (el gobierno no es muy partidario de ello). También se han planteado otras alternativas como la de crear un “Grado sanitario de Psicología” que permita el acceso directo a la profesión de “Psicólogo Sanitario”, no obstante, todo esto debe ser minuciosamente analizado, pues la formación y las competencias logradas deben cumplir los requisitos y niveles establecidos por la Unión Europea (ver requisitos del Europsy). Todas estas negociaciones deberían quedar resueltas a finales de verano, ya que el gobierno dispone de un plazo de un año desde marzo de 2011 (momento en que fue aprobada la disposición adicional) para presentar un Proyecto de Ley con alguna decisión a este respecto.
Como vemos, aún queda un largo camino por recorrer, pero pese a las cuestiones burocráticas y legales, lo importante es que los psicólogos tengamos claro, de igual modo que parece tenerlo la población general (como muestran los resultados de las encuestas presentadas al principio), que la psicología es una profesión sanitaria y que nuestra labor profesional tiene mucho que aportar para la mejora del estado global de Salud y bienestar de las personas. Como establece la OMS, la salud no sólo se refiere a lo físico, sino también a lo psicológico y a lo social, y la Psicología, en tanto que se ocupa del comportamiento humano, no es ajena a estos aspectos.

Documentos Relacionados:
Breve resumen del recorrido por los hitos principales en el proceso de reconocimiento de la Psicología como profesión sanitaria desde el 2003 hasta la fecha. (Pichar aquí para ver el artículo de Infocop)
Europsy: Certificado Europeo de Psicología. Ver página web: http://www.europsy.cop.es/
Disposición Adicional aprobada el 16 de marzo de 2011: Pinchar aquí para leer su contenido.
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martes, 9 de agosto de 2011

¿Por qué la gente cambia en terapia?

*Esta reflexión está basada en el artículo que con el mismo nombre, Froján, M.X., Montaño, M. y Calero, A. publicaron en la revista Psicothema en 2006 (ver referencias).
Son varios los estudios que han aportado evidencias sobre los efectos beneficiosos de la Terapia Psicológica en las personas que buscan ayuda en ella (entre ellos el de Seligman en 1995). Con la evidencia de estos resultados, parece claro que la psicoterapia produce mejorías en la mayoría de las personas que hacen uso de ella, sea cual sea la orientación o modelo teórico desde el que se intervenga. Pero… ¿Qué hace que las intervenciones psicológicas funcionen?, ¿Qué procesos subyacentes a la terapia explican el cambio de las personas?...
El proceso terapéutico se caracteriza por ser una interacción verbal entre el Terapeuta (T) y el Cliente (C), que se desarrolla en el marco de un contexto controlado (la sesión) y en un clima de confidencialidad, confianza y aceptación (ausencia de críticas y juicios negativos). Se trata además de una relación profesional, pues la persona acude en busca de ayuda y paga por los servicios que el T le ofrece, motivo por el cual, es más apropiado llamarle cliente (sobre todo en el ámbito de la intervención privada), pues además, la persona no es un mero receptor “paciente” o pasivo del tratamiento, sino que adquiere un papel activo en el proceso de resolución y afrontamiento de los problemas que le llevan a sesión. La persona se pone en manos del T depositando en él la confianza en su capacidad como profesional y confiándole sus problemas y preocupaciones con el objetivo de que aquél pueda poner a su disposición sus conocimientos para ayudarle a resolverlos.


La intervención terapéutica es eminentemente verbal. Durante la interacción T-C se traen a sesión a través del lenguaje los problemas que afectan a la persona en su contexto natural (fuera de la sesión) y el T da pautas que ayuden al C a modificar dichos problemas fuera del contexto clínico (a través de la aplicación de las técnicas entrenadas en sesión y de las conductas modificadas durante la misma). El objetivo último será que los cambios propiciados en sesión se hagan efectivos en el contexto natural, generalizándose y consolidándose como parte del repertorio de conductas del cliente.
Lo más interesante de todo es que prácticamente todo el cambio en la conducta del cliente resultante de la Terapia, es producto de la interacción verbal que se establece entre el Psicólogo y el cliente en el transcurso de las sesiones. Esta interacción verbal permite modificar las secuencias de interacción y las contingencias que hasta ahora controlaban las conductas problema, favoreciendo en su lugar el aprendizaje, la generalización y la consolidación de otras conductas más beneficiosas y menos problemáticas para la persona.
Dicho esto, ya tenemos el punto de partida para entender por qué cambian las personas en terapia: La Terapia se desarrolla en un contexto de interacción verbal en el que obviamente se ponen en marcha una serie de procesos de aprendizaje que explican los cambios de conducta del cliente. Como explica María Xesús Froján y cols. (estudio no publicado): “Analizar la conducta de los profesionales de la psicología clínica en sesión cuando interactúan con sus clientes puede ayudarnos a clarificar los procedimientos que utilizan, a comprender cómo y por qué funciona el tratamiento psicológico y por tanto, a diseñar formas de intervención más eficaces”. Esto último (diseñar intervenciones eficaces) es clave para una práctica psicológica de calidad, comprometida con el cliente y con la investigación empírica.
No podemos olvidar que desde sus orígenes como disciplina, la Psicología ha tratado de reivindicar su carácter científico. En el ámbito específico de la Terapia y la práctica clínica, surgió la Terapia de conducta con el objetivo de competir con  otros modelos de psicoterapia imperantes que carecían de rigor y base científica o empírica demostrada. Eso hizo necesario que los psicólogos conductuales pusieran énfasis en el estudio de los resultados de la aplicación de las diversas técnicas de intervención con el fin de determinar el grado de eficacia de cada una de ellas para distintas problemáticas desde el rigor experimental. A lo largo de estos años, estas investigaciones han tenido sus frutos y sus conclusiones han permitido elaborar guías y manuales sobre tratamientos eficaces, situándose las técnicas cognitivo-conductuales como las empíricamente más validadas en cuanto a eficacia se refiere.
Si bien, la investigación de resultados es importante, la obtención de dichos resultados depende y sólo se hace posible en el marco de un proceso terapéutico que es condición indispensable para la evaluación del problema, el Análisis Funcional del mismo (determinar qué variables mantienen el problema), el entrenamiento en las técnicas de intervención, las indicaciones para su puesta en práctica fuera de la sesión y el refuerzo de los resultados y cambios positivos (entre otras actividades características de la terapia psicológica). Todas estas actividades que se llevan a cabo en el proceso de la terapia, harán finalmente posible la obtención de ciertos resultados de cambio. Por ello también se hace relevante y necesario un estudio de procesos, es decir, un análisis empírico de los procesos que tienen lugar en el marco de la interacción T-C, el cual nos ayudará a esclarecer qué cosas hace el psicólogo para favorecer el cambio del cliente. Cuanto mejor conozcamos lo que funciona y lo que no, en mejores condiciones estaremos de de mejorar nuestra labor como clínicos, reduciendo cada vez más la distancia entre la investigación y la práctica clínica (tendencia a la que se aspira actualmente). (APA Task Force on Evidence-Based Practice, 2006).
El intento de desgranar el proceso de interacción T-C durante la terapia a través del Análisis Funcional de lo que ocurre en sesión tiene sus orígenes en las investigaciones de Willard Day y su equipo en la Universidad de Nevada durante los años 80. Su objetivo era identificar las contingencias antecedentes y consecuentes que controlaban la conducta verbal en sesión, basándose en los principios del condicionamiento clásico y operante. Persiguiendo el mismo objetivo encontramos actualmente la línea de investigación de MX. Froján y su equipo en la Universidad Autónoma de Madrid, que trata de arrojar luz sobre los procesos de aprendizaje que se ponen en marcha en sesión a través de la interacción verbal (como principal vehículo para el cambio) y que hacen posible el cambio en la conducta del cliente. Esta línea de investigación resulta muy prometedora puesto que, en palabras de Froján y su equipo (2006) “es un primer paso para la comprensión del fenómeno clínico, así como para reducir la distancia que separa la investigación de la práctica clínica”. La investigación de resultados “ayuda a saber qué funciona, con quién y bajo qué circunstancias, pero creemos que resulta imprescindible identificar qué procesos explican dicho cambio (…) con el objetivo de desarrollar formas de intervención más eficaces”.
Los estudios de este equipo se basan en la premisa compartida por la Psicoterapia Analítico-Funcional de que “gran parte de la conducta del cliente es moldeada y mantenida por los procesos de reforzamiento que se dan continuamente en la clínica y que ocurren de manera natural en la sesión”. Independientemente del modelo psicoterapéutico desde el que se trabaje, a través de su conducta, terapeuta y cliente moldean el comportamiento del otro. Partiendo de este supuesto, si consideramos aquellas conductas del clínico que logran cambios positivos con mayor eficacia, podremos aumentar nuestra potencia como agentes de cambio, convirtiéndonos en mejores profesionales y más rigurosos. Personalmente considero que además, este tipo de investigaciones contribuyen a aumentar nuestro valor como profesionales, abalando el carácter científico de nuestra disciplina y desmintiendo los prejuicios existentes sobre los profesionales de nuestro campo, tachados en ocasiones de “charlatanes”. En la medida en que estemos en contacto con la investigación en intervención psicológica estaremos en mejores condiciones para desarrollar nuestra labor como psicólogos y contribuir con nuestra aportación a una Psicología mejor, más rigurosa y científica, algo por lo que los psicólogos llevamos luchando desde los años 50 y que es lo que nos permitirá en el futuro tener el lugar que nos corresponde por derecho propio en el ámbito de la Salud (ya sea a través del ejercicio privado o público).
Algunos de los principales resultado a que se ha llegado en la línea de investigación seguida por el equipo de la antes mencionada M.X. Froján, son a modo de resumen los siguientes (pueden consultarse con mayor profundidad en el estudio referenciado, así como en la página web de la investigadora):
·         El Análisis Funciona de la interacción T-C ha permitido clasificar la conducta verbal del T en una serie de categorías en relación a la función que parecen cumplir:

1.       Discriminativa: Emisión del terapeuta que da pie a una conducta del cliente que va seguida de reforzamiento o castigo (Ejemplo: petición de información, incitación a hablar sobre una determinada cuestión, pedir que haga un ejercicio de respiración, etc.)
2.       Evocadora: Verbalización del terapeuta que da lugar a una respuesta emocional manifiesta en el cliente acompañada de verbalización o no (Ejemplo: llanto, risa, «me estoy poniendo nervioso», etc.)
3.       De refuerzo: Conducta del terapeuta que muestra aprobación, acuerdo o aceptación de la conducta emitida por el cliente. En un nivel de análisis diferente se considera función de refuerzo la verbalización del terapeuta que sigue a cada verbalización del cliente pues aumenta la probabilidad de que éste continúe hablando
4.       De castigo: Conducta del terapeuta que muestra desaprobación, rechazo o no aceptación de la conducta emitida por el cliente.
5.       Instruccional: Verbalización del terapeuta encaminada a fomentar la aparición de una conducta futura del cliente fuera del contexto clínico. No se han de mencionar las consecuencias explícitamente
6.       Motivacional: Verbalizaciones del terapeuta en las que se hace referencia al carácter reforzante del reforzador, con o sin alusión explícita a la conducta a emitir para lograrlo (Ejemplo: destacar lo bien que se sentirá el cliente si practica la relajación con frecuencia)
7.       Informativa: Verbalización del terapeuta con el objetivo de transmitir un conocimiento técnico o clínico a una persona no experta.

·         Además, parece que el proceso de terapia estaría caracterizado por una serie  de actividades clínicas (evaluación, explicación, propuesta de tareas y pautas de actuación fuera de sesión, debate de ideas y charla intrascendente) cuya presencia en sesión variaría a lo largo de la terapia de acuerdo con los objetivos a abordar.

·         Cada una de las actividades anteriores se caracterizará por la predominancia de algunas de las funciones previamente descritas, guardando esta prevalencia relación con la fase de la terapia en la que nos encontremos y del objetivo que se busque. (ampliar en el artículo).

Referencias:
Froján, M.X., Montaño, M. y Calero, A. (2006). ¿Por qué la gente cambia en terapia? Un estudio preliminar. Psicothema, 18(4), 797-803. (Pinchar aquí)
Seligman, M.E.P. (1995). The effectiveness of psychotherapy. The Consumer Reports Study. American Psychologist, 50, 965-974.
APA Task Force on Evidence-Based Practice (2006). Evidence-based practice in psychology. American Psychologist, 61, 271-285.
Froján Parga, M. X., Montaño Fidalgo, M., Calero Elvira, A. y Ruiz Sancho, E. (2011). Aproximación al Estudio Funcional de la Interacción Verbal entre Terapeuta y Cliente Durante el Proceso Terapéutico. 1er. Premio de la XVII edición del Premio de Psicología Aplicada Rafael Burgaleta 2010. Clínica y Salud, 22(1), 69-85.  (Pincha aquí)