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jueves, 6 de octubre de 2011

Lo que hacemos repercute en nuestro cerebro

Del mismo modo que nuestros comportamientos y nuestros hábitos de vida afectan a nuestra salud física y orgánica, nuestro cerebro, como un órgano más de nuestro cuerpo, también se ve afectado por nuestros comportamientos y hábitos cotidianos. Esta repercusión de la conducta sobre el cerebro puede ser tanto en positivo como en negativo.
¿Cómo se explica que a través de la conducta se modifique el cerebro?
 El cerebro está formado por un gran conjunto de células llamadas neuronas. Las neuronas son capaces de trasmitir información entre sí en forma de impulsos eléctricos y de elementos químicos (los neurotransmisores). Pero para trasmitir información, las neuronas deben establecer conexiones unas con otras, de modo que estos impulsos eléctricos y químicos, puedan ir avanzando a través de ellas.
Cuando venimos al mundo, lo hacemos desprovistos de todo aprendizaje. Sólo disponemos de unos cuantos reflejos muy básicos (innatos, no aprendidos) a través de los cuales empezamos a conocer el mundo. Cuando nacemos las neuronas en nuestro cerebro aún están algo inmaduras y desconectadas entre sí (sobre todo las de las zonas corticales superiores, responsables de los comportamientos complejos, no reflejos). Tan sólo esas vías reflejas están maduras y es a través de esos pocos reflejos como empezamos a tener las primeras experiencias de aprendizaje. Esas experiencias de aprendizaje posibilitan que las neuronas empiecen a establecer conexiones unas con otras para posibilitar cada vez movimientos más complejos y coordinados, que responden cada vez más a las planificaciones del bebé. Más adelante se aprenderá a imitar gestos, a emitir los primeros sonidos y a articular las primeras palabras…hasta hacernos capaces de organizar frases, aprender secuencias de movimientos complejas, desarrollar razonamientos, tomar decisiones y todo el conjunto de habilidades complejas de las que los humanos hacemos gala.
Es el contacto con el ambiente lo que posibilita que el cerebro vaya teniendo forma (estableciéndose conexiones específicas en cada persona), de manera que el tipo de habilidades que aprendamos estará siempre en función del tipo de estimulación y experiencias de aprendizaje a las que hayamos estado expuestos. No obstante, del mismo modo que para aprender algo y que ese aprendizaje quede plasmado en el cerebro (a través de una serie de circuitos neuronales) hay que estar expuesto a las mencionadas experiencias de aprendizaje, para modificar o eliminar esos aprendizajes, hay que verse expuesto a experiencias de aprendizaje diferentes, dejar de practicar aquellos comportamientos aprendidos o que estos dejen de ser útiles o beneficiosos (y por tanto no merezca la pena repetirlos).
Toda conducta aprendida puede consolidarse y pasar a formar parte de nuestro repertorio comportamental y a medida que dicho comportamiento se continúe emitiendo, puede automatizarse, sobre todo cuando se trata de secuencias conductuales que siempre se realizan de la misma manera o ante los mismos estímulos. Podemos automatizar desde el modo de conducir y el montar en bici hasta la tendencia a comer rápido y el hábito de fumar un cigarrillo al terminar de comer, entre otras muchas cosas… El haber automatizado una conducta quiere decir que su emisión cuesta poco trabajo, desencadenándose de manera casi inmediata, con escasa dificultad y siempre de la misma manera cuando aparecen determinados estímulos asociados a la conducta. Esto a nivel neuronal supone que dichas conductas están representadas por circuitos neuronales que han establecido conexiones muy fuertes a base de la repetición de dichos actos de manera frecuente y siempre del mismo modo. Las conexiones neuronales fuertes favorecen que la información para la acción “viaje” rápidamente a través de esa red de neuronas cuando aparecen los estímulos convenientes, traduciéndose de manera rápida en la conducta, exigiendo poca atención y escaso coste de recursos.
 No obstante, el que una secuencia conductual, como puede ser conducir, se automatice, no quiere decir que no podamos introducir modificaciones o que no podamos volver a convertirla en un acto “consciente” (objeto de nuestra atención). Para ello sólo hay que volver a hacer el esfuerzo de reparar en lo que estamos haciendo. Por ejemplo, si vamos conduciendo y escuchando la radio, es probable que si dominamos la conducción y además conocemos el trayecto, podamos enterarnos de lo que por la radio se cuenta sin problemas. Sin embargo, si ese día nos vemos obligados a modificar nuestro trayecto, es posible que tengamos que destinar más recursos y atención al acto de conducir e incluso la radio se convierta en un distractor. Del mismo modo, cuando hemos adquirido la costumbre de fumar un cigarro después de comer, probablemente realizaremos la conducta de sacar el cigarrillo cuando llegue ese momento, y experimentaremos  ganas cuando se de esa situación y no tengamos uno a mano. Pero todo hábito y toda conducta, por muy automatizada que esté, puede ser objeto de cambio de igual modo que ha sido objeto de aprendizaje. Esto se debe a que el cerebro tiene una gran plasticidad a la hora de establecer y modificar conexiones, aunque, eso sí, cuanto más consolidada esté la conducta y mayor haya sido la repetición de la misma, más costará modificarla.

Hasta aquí se ha hecho un breve resumen de cómo se aprende y consolida una conducta y como este aprendizaje tiene un correlato neurológico a través de una serie de circuitos neuronales, en los que las neuronas estarán más o menos conectadas y más o menos activas en función del grado de repetición de dichas conductas.
¿Qué repercusiones puede tener nuestra conducta en el cerebro?
Nuestro comportamiento puede afectar al cerebro de dos maneras. Una de ellas ya la hemos visto: Cuando aprendemos algo, ese aprendizaje queda plasmado en una serie de circuitos neuronales y el tipo de conexiones que se establecen dependerán del tipo de experiencias de cada persona. De esta manera, la configuración cerebral a nivel de circuitos es específica de cada persona (al margen de las similitudes generales de la morfología cerebral). Una segunda manera de producir cambios en el cerebro es por medio de nuestros hábitos de vida y salud: el tipo de dieta, la realización de ejercicio, el consumo de tóxicos… Todos estos comportamientos pueden tener una repercusión en el funcionamiento del cerebro como órgano, tanto a nivel vascular, como a nivel de procesamiento. Por ejemplo, el consumo excesivo de ciertas sustancias como el colesterol, la sal, el alcohol o el tabaco pueden ocasionar daños vasculares que a su vez pueden derivar en ictus cerebrales y microinfartos, que pueden deteriorar el procesamiento cerebral e incluso favorecer la aparición de lesiones o demencias. Por otro lado, el consumo de tóxicos además de trastocar el procesamiento de la información como resultado de los efectos de la sustancia activa, también puede a la larga repercutir en capacidades como la memoria, la coordinación motora, la capacidad de razonamiento y planificación, el control de impulsos…

No obstante, no sólo es necesario cuidar nuestros hábitos de vida, sino también ejercitar nuestro cerebro para mantenerlo activo y en un funcionamiento óptimo, conservando esa capacidad de aprender y ejecutar, que con el tiempo puede irse deteriorando. Acabamos de ver cómo el cerebro es moldeado por nuestras experiencias de aprendizaje y cómo a través de la práctica de todo lo aprendido (tanto a nivel de comportamiento como a nivel de uso de conocimientos) los circuitos cerebrales se mantienen activos y fuertemente conectados. De la misma manera que hacemos ejercicio para mantener el cuerpo sano, una mente activa asegura la creación de conexiones neuronales, lo cual ha demostrado ser un buen paliativo para la pérdida de capacidades cognitivas con la edad o para el daño que puede producir una demencia como puede ser el Alzheimer.

Pero… ¿Qué hay que hacer para mantener el cerebro sano?
Además de cuidar nuestros hábitos de salud para que no repercutan de manera negativa en el cerebro, debemos mantenerlo activo y esto puede hacerse de una manera muy simple, pues a través de las propias actividades cotidianas e incluso a través de entretenidos ejercicios como los pasatiempos, la lectura o los juegos de razonamiento podemos contribuir a ejercitar la llamada “materia gris”.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Día Mundial del Corazón

 Hoy 29 de septiembre, se celebra el Día Mundial del Corazón. Un año más, la Federación Mundial del Corazón realiza sus esfuerzos para aumentar la conciencia de la población sobre la importancia de los problemas cardiovasculares, causantes de un gran porcentaje de muertes prematuras y la primera causa de muerte en el mundo (17 millones de personas al año), según informes recientes de la OMS (Global status report on noncommunicable diseases, 2011). La Federación defiende que la gran mayoría de esas muertes podrían ser prevenidas si se controlan los principales factores de riesgo para su desarrollo, entre los que enumeran: 1) el consumo de tabaco y alcohol, 2) unos hábitos alimentarios no saludables y  3) una vida sedentaria. Por ello, este año hace un especial énfasis en el concepto de Prevención, tratando de promover aquellas acciones que contribuyan a reducir o eliminar la presencia y el impacto de los mencionados factores de riesgo en la vida de las personas.
Invertir en prevención reduciría el enorme impacto social y económico para los países que tiene esta problemática. Por este motivo los principales líderes mundiales  están de acuerdo en que la puesta en marcha de medidas de prevención y control de los trastornos cardiovasculares es una necesidad urgente. Además, el hecho de invertir en campañas de prevención también tendría un efecto positivo sobre otras enfermedades no contagiosas como el cáncer, los trastornos respiratorios crónicos, la diabetes…, quienes comparten los mismos factores de riesgo. Por estas razones en la Cumbre Mundial sobre Enfermedades No Contagiosas, que tuvo lugar del 19 al 21 de septiembre de 2011, se trató de llamar la atención de la Comunidad Mundial sobre estas patologías con el fin de frenar su avance, logrando finalmente un acuerdo Global  que buscará situar las estrategias de Prevención en un lugar prioritario en las políticas de salud.
Si bien este es un paso importante, que sin duda será de gran ayuda, la Federación Mundial del Corazón advierte que los compromisos mundiales no son suficientes para atajar el problema, sino que son necesarios también los cambios individuales a nivel ciudadano. Es decir, lo que hay que conseguir es un cambio en los estilos de vida y los hábitos de conducta de las personas en relación al consumo de tabaco y otras drogas, a la alimentación, a la realización de ejercicio, al sueño, al trabajo…
 Los ciudadanos tienen una capacidad importante para reducir la incidencia de este tipo de trastornos modificando ciertas conductas de riesgo (cuidando una dieta equilibrada, realizando ejercicio físico diario y abandonando el consumo de tabaco… por ejemplo). Si se realizaran estos cambios a nivel ciudadano, se estima una reducción del 80% de las muertes prematuras por infarto y trastornos cerebrovasculares, como resultado. ¡¡Parece que merece la pena intentarlo!!.
La Federación Mundial del Corazón es muy consciente de esto y ha iniciado este año una campaña con el lema "un mundo, un hogar y un corazón", centrada en promover hábitos de vida saludables en la población general, un granito más de arena que se suma a los esfuerzos que ya vienen realizando otras organizaciones como la OMS o las Naciones Unidades.
Todas estas campañas ponen de manifiesto el importante papel de la psicología de la salud en el diseño de las políticas sanitarias y destacan el papel de los psicólogos en la promoción de hábitos saludables y la modificación de aquellos problemáticos con el fin de desarrollar factores de protección y reducir o eliminar factores de riesgo. Como expertos en el análisis y el cambio de conducta, los psicólogos han contribuido en el abordaje de estos problemas a través de la elaboración de manuales y protocolos de intervención (ej. para abandonar el consumo de tabaco),  el diseño de programas de educación para la salud entre los escolares (ej. para promocionar la práctica del ejercicio físico y una alimentación adecuada) o los programas de intervención para la hipertensión esencial, ente otras acciones.
Además de las contribuciones de la psicología a las estrategias de acción comunitarias, también a nivel de consulta privada, los psicólogos pueden ayudar y ayudan cada día a muchas personas a modificar comportamientos inadecuados y perjudiciales para la salud y a aprender en su lugar, conductas más adecuadas, que con la práctica, puedan convertirse en nuevos hábitos de vida que sustituyan los anteriores. En estos cambios juegan un papel importante los principios de aprendizaje que el psicólogo sabe poner en marcha para favorecer la aparición de las nuevas conductas, garantizar su repetición y procurar su mantenimiento en el tiempo. El cambio de hábitos no es fácil, pero es posible. Si además se utilizan ciertas estrategias y apoyos, que el psicólogo sabe poner en juego, el cambio será mucho más fácil de emprender y mantener. Una vez los nuevos hábitos sean adquiridos y se empiecen a experimentar los beneficios que conlleva el nuevo estilo de vida, con el tiempo serán más fáciles de mantener. La clave está en saber sustituir los refuerzos y gratificaciones que las anteriores conductas inadecuadas reportaban (el tabaco, la vida sedentaria, la comida poco sana...) por otras gratificaciones y beneficios que conlleva el nuevo estilo de vida.

Más información en: