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lunes, 10 de octubre de 2011

Día Mundial de la Salud Mental

 Hoy, 10 de octubre se celebra el Día Mundial de la Salud Mental, este año bajo el lema Invirtamos en salud mental”. Como explica la OMS (Organización Mundial de la Salud), el objetivo de estas celebraciones anuales es sensibilizar a la población acerca de los problemas de salud mental. Estos problemas, pese a ser de carácter psicológico, tienen en muchos casos repercusiones físicas y afectan a la salud, al bienestar y a la calidad de vida global del individuo. No obstante, reciben desde hace años mucha menos atención e inversión económica que otro tipo de problemáticas y enfermedades.

Con el lema de este año se busca promover la inversión en servicios de prevención, sensibilización y tratamiento, ya que los recursos económicos y humanos que se asignan a la salud mental están demostrando ser insuficientes, especialmente en los países con recursos escasos. Según cifras de esta organización, la mayoría de los países de ingresos bajos y medios dedican menos del dos por ciento de su presupuesto sanitario a la salud mental. Esto tiene como consecuencia una falta de tratamiento de los trastornos psicológicos y neurológicos.
Según la OMS, los trastornos mentales afectarán a una de cada cuatro personas adultas a lo largo de su vida en todo el mundo. Concretamente en España, entre el 2,5 y el 3% de la población tiene una enfermedad mental grave, (más de un millón de personas). Pese a estas cifras, la mayoría de los países no cuentan con el número de especialista adecuados para intervenir en estos problemas, lo que provoca que sólo una parte de la población tenga acceso a estos servicios, lo que por otro lado, supone una vulneración del derecho de toda persona a recibir asistencia sanitaria y un apoyo social adecuado.
La OMS concluye que hay que aumentar la inversión en salud mental y dirigir los recursos disponibles hacia servicios más eficaces. No obstante, esto implicaría realizar muchos cambios en la organización actual de los Servicios de Salud Mental. En España, la asistencia de este tipo de problemas se proporciona desde los servicios especializados: Los Centros de Salud Mental. A los cuales sólo se puede acceder previo paso y recomendación del médico de Atención Primaria. No obstante, en Atención Primaria no se proporciona ningún tipo de intervención, más allá de alguna medicación, en ciertas ocasiones, lo que es un recurso paliativo, que en la mayoría de ocasiones ayuda, pero no resuelve el problema. De esta manera aquellos que salen de la consulta de AP ya medicados, no tienen la posibilidad de recibir un apoyo de tipo psicológico que les ayude a solventar las dificultades que han ocasionado el problema (a menos que lo busquen fuera de la Sanidad Pública); por otro lado, aquellos que sí logran una derivación, se encuentran con los servicios de Salud Mental totalmente colapsados, con listas de espera de semanas y con la imposibilidad de recibir un tratamiento y seguimiento adecuado.
Esta situación en la especialidad de salud mental obliga a que las intervenciones dentro de este servicio no tengan la calidad y los resultados que deberían tener. A esto se une el hecho de que en este tipo de servicios el número de psicólogos sea muy reducido (claramente superado por el número de psiquiatras). El estatus de la cuestión determina que la mayoría de personas que acuden a estos centros reciban un tratamiento psiquiátrico (una medicación), pese a que en muchas ocasiones su problemática requeriría más bien de una intervención psicológica que ayudase a la persona a adquirir los recursos para afrontar su situación vital (y que esta no se perpetúe). Lo que ocurre es que la intervención psiquiátrica resulta más cómoda y rápida a corto plazo (aunque no a largo plazo, como ha sido demostrado, ya que no solventa la “raíz” de los problemas que llevan a la persona a buscar tratamiento, lo que perpetúa dicho estado y a la larga repercute en mayor gasto para la sanidad.), ya que a la persona se le proporciona una pastilla en función de sus síntomas y al cabo de un tiempo se le cita para revisar la situación. De este modo ya no puede haber queja de falta de intervención, pero el problema radica en que dicha intervención no es la más adecuada.
Recetar una pastilla es mucho más rápido que iniciar una intervención psicológica, que exige en primer lugar una buena evaluación con la persona tanto de lo que le ocurre como de las condiciones de vida que circunscriben el problema y en segundo lugar,  un trabajo activo de la persona con el objetivo de superar su problema. La intervención psicológica parece por todo esto más costosa, pero los datos avalan que ha demostrado ser a la larga más efectiva. Por ejemplo, según el informe presentado hace tres años por el Grupo de Política de Salud Mental del Centro de Actuaciones Económicas de la Escuela de Economía de Londres (The Centre for Economic Performance’s Mental Health Policy Group, London School of Economics), la intervención psicológica debería ofertarse a todas las personas que tienen depresión y ansiedad, dado que es eficaz y preferible frente a la prescripción de fármacos. Tal y como explica este informe, si bien a corto plazo la terapia y el uso de fármacos presentan una eficacia similar, a largo plazo es la terapia psicológica la que ha demostrado que mantiene mejor sus efectos.
Los datos anteriores irían en la línea de que los tratamientos farmacológicos muchas veces ayudan (y por supuesto, pueden ser una buena ayuda al tratamiento psicológico paralelo cuando los problemas son serios y no permiten trabajar únicamente a través de una intervención psicológica), pero por sí mismos, a la larga no solucionarían el problema porque no intervienen en su raíz, lo que contribuye a perpetuar la situación de la persona y a generar descontentos entre la población con el tipo de intervención.
En muchas ocasiones es la propia persona la que llega al Centro de Salud demandando asistencia psicológica y el problema en este caso es que, debido a la falta de psicólogos en el Sistema de Salud Español, (se requiere aprobar una oposición para la que apenas ofertan plazas), no se le puede proporcionar una intervención con la duración, seguimiento y calidad adecuada.
En días como hoy deberíamos reflexionar sobre este problema, y sobre todo, las autoridades pertinentes, deberían plantearse algún cambio, pues a la larga, como los propios datos demuestran, una mejor intervención en los problemas de salud mental radicarían en una reducción del gasto económico en bajas laborales y pensiones de incapacidad, así como en los propios tratamientos farmacológicos tanto psiquiátricos como de otro tipo de problemáticas físicas relacionadas con las problemáticas psicológicas….

viernes, 16 de septiembre de 2011

El Psicólogo como Profesional de la Salud

¿Qué caracteriza al Psicólogo como profesionales de la Salud?, ¿Cuál es su función?, ¿Qué lo diferencia de otros profesionales del campo de la salud?

Muchos son los profesionales que trabajan en el área de la salud,  pero no todos lo hacen siguiendo el mismo modelo explicativo y de intervención. Por ejemplo, los médicos (y entre ellos los Psiquiatras) utilizarían un modelo médico, que a grandes rasgos, explicaría las alteraciones de la salud como enfermedades con causa orgánica que encontrarían su remisión cuando se administra la medicación adecuada para erradicar la alteración orgánica/enfermedad. Por el contrario, los psicólogos se basarían en un modelo psicológico que explica los problemas psicológicos como alteraciones en el comportamiento que se desarrollan en la interacción de la persona con su entorno y que se mantienen en base a variables contextuales. Esto significa que los problemas psicológicos no son enfermedades con causa orgánica y por tanto, la medicación no siempre es la mejor vía de solución. Lo que hay que tratar de modificar en estos casos es la propia conducta problema y las variables del contexto que la han hecho emerger.

Veamos todo esto en mayor profundidad…
En primer lugar, no podemos olvidar que para los psicólogos el objeto de estudio es la CONDUCTA o COMPORTAMIENTO. Los psicólogos partimos además de que el modo en que las personas nos comportamos en nuestro entorno es aprendido, es decir, el comportamiento se desarrolla (se aprende) con el objetivo de buscar precisamente la adaptación a las circunstancias específicas del contexto de cada persona. En este proceso de búsqueda de adaptación a nuestro medio, muchas conductas que desarrollamos las personas (niños, adolescentes y adultos) para afrontar las demandas de éste, a veces empiezan a resultar problemáticas o a generarnos problemas a nosotros o a nuestro entorno. No obstante, estas conductas problema (denominadas “síntomas” en los Manuales Diagnósticos) no son indicadores de un trastorno subyacente que necesita ser diagnosticado, sino que son en sí misma el problema a intervenir, ya que si esas conductas no aparecieran, en ningún momento podríamos hablar de que el niño, el adolescente o el adulto tiene un problema y ni siquiera habría que recurrir a diagnosticar nada porque NADA HABRÍA. Las etiquetas diagnósticas que aparecen en los Manuales Psiquiátricos (“Depresión”, “Ansiedad”, “Trastorno Negativista”…) son simplemente eso, “etiquetas”, que funcionan como resumen de un conjunto de conductas (en algunos niños estarán presentes alguna de esas conductas que contempla la etiqueta, pero en otros estarán otras, no obstante lo que a nosotros los psicólogos nos interesa, es conocer cuáles son las conductas problema que presenta la persona y de qué variables dependen: Qué las está manteniendo a día de hoy, pues en eso será en lo que podamos intervenir los psicólogos y no en una etiqueta abstracta y meramente descriptiva como es un diagnóstico.
Por otro lado, no hay que olvidar que los Manuales Diagnósticos están elaborados desde un modelo médico que establece las causas de una patología determinada en un agente patógeno que provoca ciertos síntomas para los que se pauta una medicación con el objetivo de paliarlos. En el terreno de la enfermedad mental, los psiquiatras, consideran que las causas de los trastornos mentales o de las conductas patológicas están en el interior de la persona (hay algo subyacente que los causa) y que esas conductas que observamos, son sólo la “cara” superficial de una patología más seria que hay que diagnosticar a través del conteo de esas conductas sintomáticas. No obstante, la investigación en psicología lleva demostrando desde hace décadas que las conductas de las personas dependen de variables del contexto (interno y externo) que las están manteniendo y que modificando esas variables, las conductas cambian. SÍ, esas conductas que se interpretan como síntomas de un trastorno subyacente desde la comunidad médica se modifican cuando se interviene en las variables que las mantienen: ¿No será que esas conductas no están explicadas por una patología interna, sino por, precisamente esas variables ambientales?
Puesto que esto ha sido sistemáticamente demostrado a través de investigación y en contextos de laboratorio, los psicólogos hemos desarrollado herramientas muy potentes como el Análisis Funcional, que además de ser la herramienta de evaluación propia de nuestra disciplina (y del modelo psicológico) nos proporciona información sobre cuál es la intervención a realizar, ya que cuando el psicólogo realiza un Análisis Funcional del caso, lo que está haciendo en realidad es analizar las conductas problema y de qué variables del contexto interno y externo dependen; es decir, en qué situaciones aparecen esas actuaciones, emociones o pensamientos desadaptativos, qué hacía o pensaba la persona inmediatamente antes de que se diera la conducta problema, qué hacían otras personas o qué sucedía en el contexto antes de darse, qué hacen otras personas o qué sucede en el contexto después de que aparezca la conducta problema, cómo se siente la persona, qué hace o qué piensa después….
Cuando se realiza este tipo de análisis es fácil derivar de él una intervención realmente ajustada al caso, sin necesidad de depender de la etiqueta diagnóstica que se la haya puesto. Esta sólo proporcionará una orientación sobre el tipo de problema que la persona presenta, pero nunca sobre cómo se está plasmando el problema concretamente. Las personas aprendemos todas las conductas de nuestro repertorio, tanto las problemáticas como las no problemáticas a través de diferentes procesos de aprendizaje. Cuando se estudian los procesos de aprendizaje subyacentes a esas conductas y se diseñan las condiciones para modificarlos y que se den en su lugar los procesos de aprendizaje para otras conductas, la probabilidad de éxito de la intervención se incrementa mucho más que si realizamos una intervención estándar para todos los casos que reciben una misma etiqueta. ¿Creen que todos los problemas de ansiedad tienen la misma causa y se manifiestan de igual manera en todas las personas que los sufren? ¿Creen que a todas las personas les afectan de igual manera y afrontan de la misma manera los problemas de la vida?, ¿Creen que aquello que llamamos “depresión” se manifiesta igual en todas las personas y tiene las mismas causas? Probablemente su respuesta a todas estas preguntas haya sido que no, y está en lo cierto: Ni todos los problemas son iguales, ni a todas las personas les afectan los sucesos de su vida de igual manera, ni todas las personas tienen la misma manera de afrontar las cosas. Puesto que las conductas problema se explican en función de los procesos de aprendizaje subyacentes y las Técnicas de Intervención Psicológica se basan en esos mismos principios de aprendizaje, en la medida en que el Análisis Funcional del problema esté bien hecho, la intervención tendrá mayor probabilidad de éxito.
Está claro que en la comunidad científica hay que adoptar un lenguaje común para poder entendernos y por el momento, ese lenguaje común es la etiqueta diagnóstica. Esto es algo que los psicólogos tenemos que asumir, pero eso no necesariamente nos tiene que llevar a olvidar cuál es la conceptualización de los problemas propia de la psicología y cuáles son las herramientas de intervención puramente psicológicas (el Análisis Funcional y las Técnicas de Intervención Psicológica); y sobre todo, no se nos puede olvidar, que al final, lo más relevante, aquello donde tenemos que intervenir es en las  CONDUCTAS PROBLEMA, pues esas son las que siguen ahí, una vez puesta la etiqueta (porque la etiqueta no resuelve nada, simplemente encasilla a la persona, con los problemas que eso puede conllevar). Pero… ¿cuáles están presentes en una determinada persona y cuáles no?: Eso es lo que tenemos que evaluar, describir y explicar a través del ANÁLISIS FUNCIONAL con el fin de planificar una intervención adecuada que plantee una alternativa a la medicación.
Los psicólogos tenemos mucho que decir a la hora de intervenir en casi la totalidad de los trastornos que figuran en los Manuales de Diagnóstico Psiquiátrico y disponemos de procedimientos de intervención (Técnicas Psicológicas) que han demostrado su eficacia en el laboratorio y en la práctica clínica y que además, han demostrado ser a largo plazo más efectivas que los tratamientos farmacológicos para la mayoría de trastornos psicológicos (como demuestra el informe realizado por “The Centre for Economic Performance’s Mental Health Policy Group, London School of Economics” en 2006.
Reconocimiento de los Psicólogos con experiencia en el campo clínico y de la salud como "Psicólogos Sanitarios"

Después de un largo camino, finalmente se ha reconocido a nivel legar la condición del Psicólogo como profesional de la salud. Para más datos sobre ello pueden consultar el siguiente enlace:

http://galaalmazananton.wordpress.com/2011/09/24/psicologo-general-sanitario/

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martes, 13 de septiembre de 2011

La Terapia Psicológica es un proceso activo

Los Problemas Psicológicos
Cuando hablamos de Problemas Psicológicos estamos refiriéndonos a problemas o trastornos del comportamiento, es decir, a cambios en el modo de comportarnos que surgen en la interacción de la persona con su medio y con las circunstancias que le rodean y que afectan a su bienestar y a su correcta adaptación al medio. Estos problemas serían por tanto aprendidos, en tanto en cuanto no están presentes de manera innata en nosotros, sino que surgen o se desarrollan en un momento dado en que la persona no tiene en su repertorio de conductas (previamente aprendidas durante su experiencia vital o historia de aprendizaje), estrategias o habilidades para hacer frente a las circunstancias que en ese momento se le presentan o cuando el uso que hace de ciertas estrategias resulta inadecuado (el afrontamiento que hace es ineficaz y a veces perjudicial).
En el intento de afrontar y adaptarnos a las demandas del contexto, nuestra conducta puede verse alterada de manera que nos termine generando sufrimiento y malestar y termine repercutiendo en las diferentes áreas del funcionamiento cotidiano (área laboral, social, personal, académica, de pareja, familiar…). Cuando se llega a este punto en el que la conducta no es adaptativa (no nos permite vivir en armonía con nuestro medio) es cuando podemos hablar de la existencia de un Problema Psicológico.

Cada caso es único
Cuando aparece un problema, la conducta de la persona se puede ver alterada en sus diferentes componentes: el modo en que actuamos (conducta motora), el modo en que pensamos (conducta cognitiva), el modo en que nos sentimos o nos emocionamos  (respuestas emocionales) y el modo en que reaccionamos a nivel psicofisiológico. El grado de alteración de los diferentes componentes depende de la persona, del tipo de factores que originen y mantengan el problema y sobre todo, del tipo de afrontamiento que esté haciendo. En este sentido, puede haber personas que ante una situación vital que genera preocupación se muestren más alterados a nivel motor, hablando muy alto por ejemplo, moviéndose constantemente, reaccionando con agresividad e irascibilidad ante preguntas o actuaciones de otros; otras personas pueden tender a darle muchas vueltas a los problemas, generándoles esto aún más preocupación y sensación de malestar y tensión; en otros casos la persona puede experimentar reacciones psicofisiológicas como tensión muscular, malestar digestivo, alteraciones del sueño, que son características de los estados de tensión y nerviosismo. Todas estas alteraciones comportamentales se mezclaran de manera específica y diferente en cada persona formando un entramado único al que llamaremos “Problema Psicológico”. Por tanto el Problema Psicológico es específico de cada persona en el sentido de que puede ser generado por circunstancias vitales diferentes y puede generar alteraciones diferentes y en diferente grado en cada componente conductual.
Lo anterior hace que las características del problema deban ser analizadas en cada caso para poder tener una comprensión global del mismo y poder adaptar la intervención a las necesidades de cada persona. Por estos motivos, de nada sirve etiquetar los problemas que llevan a las personas a iniciar una terapia con nombres como “Depresión”, “Ansiedad”, “Estrés”, “Insatisfacción con la vida”. Estas etiquetas nos pueden ayudar a resumir a rasgos generales de qué se trata el problema, pero para entender realmente qué circunstancias rodean a la persona, qué ha podido generar el problema, cómo se manifiesta éste en la conducta (es decir, de qué manera se está viendo alterada la actuación de la persona, su modo de pensar, su respuesta emocional, sus respuestas fisiológicas), qué se está haciendo para afrontarlo…, hay que realizar una análisis más específico. Este análisis, al que los psicólogos denominamos Análisis Funcional y que tiene lugar durante la fase de evaluación, permitirá establecer las características del caso y las diferencias con otros casos. De esta manera nos daremos cuenta, por ejemplo, que no todos los casos de Depresión son iguales pues ni las causas ni el modo en que la persona se ve afectada es similar, al igual que tampoco lo son el resto de problemas, pese a poder recibir una misma denominación.

Intervención Psicológica diseñada a medida
El Análisis Funcional permitirá también diseñar el proceso de intervención y seleccionar aquellas técnicas y estrategias que resultarán más adecuadas en cada caso. En este sentido, la Intervención Psicológica se diferencia de cualquier otro intento de intervención y de ayuda en que se trata de una intervención profesional que aplica los conocimientos de la Psicología y de los principios de aprendizaje para analizar y resolver los problemas de comportamiento de las personas. Para ello el psicólogo describe los problemas que traen a la persona a sesión en términos de aprendizaje, esto es, explicándolos en función de las circunstancias del entorno que los han hecho emerger y no en función de características internas o innatas. Los problemas psicológicos se desarrollan a partir de las circunstancias de la vida cotidiana y del afrontamiento que la persona realiza ante ellas. Se parte de la base de que las alteraciones que haya podido sufrir el comportamiento de la persona (su actuación, pensamientos, emociones) son consecuencia de las condiciones ambientales que le rodean y lo que hace el psicólogo es establecer relaciones entre las acciones, los pensamientos y las reacciones emocionales de la persona y los estímulos del medio que las desencadenan y las suceden. El siguiente paso será alterar dichas relaciones introduciendo cambios tanto en la conducta como en el ambiente (según el caso requiera) para así producir modificaciones en las conductas problemáticas y finalmente resolver el problema y poner fin al malestar. Pero… ¿Cómo lograr estos cambios en la conducta y/o el ambiente? Por supuesto nada se podrá hacer si no se cuenta con la participación de la/s persona/s interesadas en el cambio. Es por ello por lo que decimos que la persona que acude a Terapia Psicológica tiene un papel ACTIVO.
Sujeto Activo versus “paciente”
Puesto que los problemas psicológicos son problemas del comportamiento y el comportamiento de las personas es aprendido en su interacción con el medio que les rodea, el cambio de comportamiento también supone un proceso de aprendizaje. Cuando una persona viene a Terapia el psicólogo analiza el caso y diseña nuevas condiciones de aprendizaje para que los comportamientos problemáticos puedan ser modificados y se aprendan en su lugar estrategias de afrontamiento más adecuadas. Para generar las nuevas condiciones de aprendizaje y para que el aprendizaje de conductas alternativas a las problemáticas pueda tener lugar es necesaria la participación activa del interesado.
En el caso de la Terapia Psicológica la persona que solicita la intervención no es un mero receptor pasivo, como lo podría ser aquel que solicita una pastilla al psiquiatra o al médico de cabecera, sino que se requiere de él un papel activo y comprometido con la terapia, algo que será indispensable para poner en práctica las Técnicas de Intervención Psicológica y que éstas tengan efecto.
Hablamos de “Cliente” en lugar de “paciente”
Los psicólogos, y sobre todo aquellos que trabajamos en el ámbito privado, preferimos hablar de Cliente en lugar de paciente cuando nos referimos al receptor de un tratamiento. Las razones, además de las ya aludidas, son las siguientes:
·         La relación que se establece entre el Psicólogo y la persona que paga la intervención es profesional y contractual. El cliente paga por un servicio (en este caso una atención psicológica) a un profesional.
·         El cliente (aquel que paga la intervención) no es siempre la persona que recibirá el tratamiento o aquella sobre la que se plantea la queja o sobre la que se demanda un cambio de conducta. Por ejemplo en el caso de los niños suelen ser los padres los que pagan la intervención y muchas veces es a través de ellos el modo de producir los cambios en el niño.
·         El papel de la persona que quiere solucionar un problema debe ser activo y participativo para lograr realizar modificaciones. De no ser así, la terapia probablemente fracasará.
·         Es la persona que acude en busca de ayuda la que ha detectado la existencia de un problema que no sabe solucionar por sí mismo y la que hace la demanda de ayuda a un profesional. Será con la ayuda de éste como se fijarán los objetivos de intervención pero el cliente tendrá siempre la última palabra sobre aquello que quiere modificar de su vida y de su comportamiento y aquello que no. En este sentido, el psicólogo utilizará sus conocimientos para ayudarle a introducir modificaciones en aquello que la persona quiera y le hará sugerencias sobre aquellas cosas que le podrán ayudar a conseguir mejor esos cambios pero nunca podrá tratar de modificar algo que la persona no quiera (pues entre otras razones, sin su participación, el cambio será imposible).

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lunes, 5 de septiembre de 2011

Síndrome Postvacacional: ¿Qué hay de cierto y cómo hacerle frente?

Las vacaciones suponen una gran desconexión con la rutina laboral y con la mayoría de las obligaciones y presiones a las que estamos sometidos en nuestro día a día. Cuando estamos de vacaciones cambia el tipo de contingencias a las que nos vemos expuestos: No hay tanta presión y obligaciones a la hora de hacer las cosas, no estamos limitados por los horarios… Nuestro día a día se torna más flexible, podemos realizar aquellas actividades que no podemos realizar de manera habitual y que nos resultan gratificantes, podemos reducir nuestro nivel de actividad e incluso podemos cambiar totalmente de contexto estimular yéndonos de viaje. En vacaciones el cambio respecto a la rutina diaria es evidente y se nota aún más cuanto mayor sea el nivel de presión al que nos veamos habitualmente sometidos. En estas circunstancias en que la rutina se ha visto alterada y sustituida por unas circunstancias más placenteras en todos los sentidos (flexibilidad horaria, ausencia de presiones y obligaciones, disfrute de situaciones agradables, realización de actividades gratificantes, eliminación de la estimulación negativa como las presiones del trabajo y de los horarios), como ocurre estando de vacaciones, es comprensible que el retorno a la rutina y al trabajo suponga un duro cambio que genere malestar a la persona, exigiendo un esfuerzo de readaptación por su parte.
La forma en que se manifiesta este proceso de adaptación a nivel físico, emocional y comportamental es a lo que se ha llamado “Síndrome Postvacacional” y es producto del choque que supone la vuelta a la rutina.

¿Qué es el Síndrome Postvacacional?
La vuelta de vacaciones después de haber desconectado de la rutina y de las contingencias que rigen nuestro día a día exige, como venimos diciendo, un proceso de readaptación. A veces el cambio entre estar de vacaciones y volver a la actividad cotidiana es muy grande, generando en la persona un conjunto de respuestas tanto físicas (tensión y dolor muscular, molestias estomacales, alteración del sueño y del hambre, taquicardia, fatiga…) como emocionales y comportamentales (tristeza, desgana, inactividad, apatía, ganas de llorar, problemas de concentración, inquietud, irritabilidad…), que configuran el denominado “Síndrome Postvacacional”. Un Síndrome es un conjunto de síntomas que frecuentemente aparecen juntos. En el caso del Síndrome Postvacacional, la etiqueta le fue asignada hace años tras constatar que un amplio conjunto de personas experimentaban síntomas similares al volver de vacaciones y tener que reincorporarse a las obligaciones de la vida diaria. No obstante, es importante aclarar que aunque estos síntomas puedan ser bastante similares entre una persona y otra y que aparezcan de manera conjunta, la manifestación del síndrome es específica de cada persona y el hecho de que se experimente no quiere decir que la persona esté sufriendo una patología con entidad clínica real. Es decir, no se trata de una enfermedad que a la persona le sobrevenga en el momento en que debe reincorporarse al trabajo, sino que el síndrome responde más bien a los efectos que todo proceso de adaptación tiene a nivel físico, emocional y motor (depende de las circunstancias del contexto).
Por sus síntomas (bajo estado anímico, ganas de llorar, pensamientos negativos sobre el trabajo, la rutina y las obligaciones, falta de ganas de hacer cosas…) muchas veces ha sido asemejado con la “Depresión”, llagándose a considerar como un subtipo de la misma (“Depresión Postvacacional”). Esto no es más que un ejemplo de la tendencia habitual de convertir en patología aquellos problemas que forman parte de la vida cotidiana. Todas las personas en muchos momentos de la vida pasamos por situaciones más o menos negativas a las que debemos adaptarnos. Esta adaptación no siempre es fácil y puede manifestarse a nivel físico y psicológico, pero en general, dichas repercusiones son pasajeras y una vez realizada la adaptación la vida sigue de manera habitual. En el caso de que la persona no sepa realizar adecuadamente dicho proceso de adaptación y el malestar se prolongue de manera excesiva o  adquiera una intensidad injustificada, es cuando puede generarse un problema psicológico que tal vez requiera ayuda profesional. No obstante, ni lo que llamamos  “Depresión” ni el “Síndrome Postvacacional” responden a la definición de enfermedad, puesto que no están causadas por ningún agente patógeno que genere alteraciones en el organismo que se manifiesten a través de síntomas externos. En el caso de la Depresión, el Síndrome Postvacacional y otros muchos síndromes y trastornos, se tratan, pese a la etiqueta que se les pone, de conjuntos de manifestaciones conductuales (actuaciones, emociones, pensamientos y respuestas fisiológicas) que se han resumido a través de dichas etiquetas que nos ayudan a entendernos y a hablar de manera rápida y resumida sin tener que especificar todos los síntomas. Se trataría por tanto de entelequias o “constructos” que no tienen una existencia real, sino que sólo pueden inferirse a partir de la conducta de la persona que lo sufre. Es decir, ni la depresión ni el S. Postvacacional (por poner un ejemplo) encuentran su causa en el interior de la persona (no hay ningún desarreglo interno ni ninguna alteración ubicada en algún lugar del cuerpo como podría ser el cerebro), sino que son las circunstancias externas (ej. el hecho de tener que readaptarse a la rutina en el caso del “S. P”) las que provocan esos cambios en la conducta de la persona haciendo que se muestre triste, llore con frecuencia, tenga pensamientos negativos sobre la vuelta al trabajo, se encuentre irritable y desganado… Es el hecho de observar todas estas conductas y alteraciones en nosotros mismos o en los demás lo que permite decir que tiene “Depresión” o el “S.P”.
Según todo lo anterior hablaríamos de “Síndrome Postvacacional” cuando observamos en nosotros o en otra persona algunos de los síntomas antes mencionados y cuando estos aparecen como resultado del proceso de readaptación a la rutina (y no en otro momento). Si estos síntomas aparecieran en condiciones diferentes, pese a ser similares, no podríamos hablar de “S.P”.

Síndrome Postvacacional ¿Realidad o Ficción?
Sin embargo, cuando decimos que el “S.P” no responde a un cuadro clínico con causa física real no quiere decir que los síntomas que lo conforman no sean reales ni causen malestar a la persona. Se trata de síntomas reales, pero hay que destacar que todos estos síntomas responden y son consecuencia del proceso de adaptación que la persona debe realizar para reincorporarse a los condicionantes que rigen la rutina (que son diferentes a los que han regido la vida durante el período vacacional) y en este sentido sería normal experimentar algunos de estos síntomas.
Es normal experimentar cierta tristeza o melancolía al acabar las vacaciones y tener que volver al trabajo, así como no tener ganas de ir ni de retomar las obligaciones. Todo esto puede además manifestarse con cierta irritabilidad, generar problemas para dormir, falta de apetito y consecuencias físicas como molestias digestivas, tensión muscular… La intensidad con la que se manifiesten y el tiempo que se prolonguen determinará el que se trate de un proceso de adaptación normal o se convierta en un problema más serio. Por lo general muchas personas experimentan estos síntomas (según la empresa de trabajo temporal Randstad, en España habría un 56% de trabajadores que dicen experimentarlo) al volver de vacaciones y a medida que se readaptan de nuevo a la rutina van desapareciendo en el transcurso de una o dos semanas (que es el período habitual).
Existen ciertos factores que podrían influir en la intensidad con que el problema se manifiesta, así como en su duración, como podría ser el tipo de vacaciones que hayamos tenido (cuanto más inactivos hayamos estado, más puede costarnos retomar la actividad porque mayor será el choque entre las condiciones estimulares “vacacionales” y “laborales), el tipo de trabajo que tengamos (cuanto más estresante sea éste o a mayor presión estemos sometidos, más costará la vuelta, cuanto más demanda intelectual y de concentración exija la actividad, más costará readaptarse tras haber estado inactivos), el ambiente laboral (cuanto más negativo y estresante sea éste, más costará volver).
¿Qué podemos hacer para superarlo o prevenirlo?
Existen algunas pautas que nos pueden ayudar a hacer el retorno y la adaptación al trabajo más fácil:
·         Tratar de ponerse al día de lo ocurrido en el trabajo durante la ausencia unos días antes de volver (a través de una llamada telefónica o de una reunión informal)
·         Planificar las tareas pendientes por orden de prioridad y de dificultad para tener claro qué es lo que tenemos que hacer e ir dando pasos para conseguirlo.
·          En la medida en que sea posible ir abordando las tareas de mayor a menor grado de responsabilidad y dificultad para que el rendimiento se vaya incrementando de manera gradual.
·         Tratar de mantener una actitud positiva ante el retorno y la vuelta a la tarea. Desechar los pensamientos negativos pues influirán en nuestro humor y en nuestro estado anímico.
·         Volver de vacaciones unos días antes de la vuelta al trabajo para ir adaptándose al contexto habitual (lo recomendable son unos 2 o 3 días antes).
·         Guardar tiempo en el día para realizar alguna actividad que nos resulte gratificante y que ayude a sobrellevar el retorno y a que la desconexión entre el ocio vacacional y la responsabilidad laboral no sea tan grande.

martes, 23 de agosto de 2011

“No me apetece”: Relación entre nivel de actividad y bajo estado anímico

El estado anímico tiene una relación directa con el nivel de actividad. Cuando estamos bajos de ánimo y seguimos manteniéndonos activos, saliendo y realizando actividades que distraen nuestra atención respecto de aquello que nos ha generado o está generando ese bajo estado anímico (ej. problemas laborales, una discusión de pareja, la muerte de un ser querido…), probablemente nuestro estado de ánimo mejore, o al menos no se torne más negativo. No obstante, nos encontramos que el estado de ánimo también tiene una influencia directa sobre las “ganas” que tenemos de hacer cosas.
Cuando nos encontramos tristes o bajos de ánimo, es probable que no nos apetezca hacer muchas de las cosas que hacemos habitualmente (quedar con amigos, salir a tomar algo, ver una peli que nos gusta, ir al gimnasio, llamar por teléfono a un amigo…), e incluso si el malestar anímico es muy intenso, llegando hasta el grado de lo que comúnmente denominamos “Depresión”, puede que lleguemos a no tener ganas ni de arreglarnos, levantarnos de la cama, salir a hacer la compra o realizar aquellas actividades de autocuidado más básicas.
De manera contraria, cuando realizamos actividades que nos resultan gratificantes y nos exponen a estímulos positivos (ya sean de tipo social o material), nuestro estado anímico inevitablemente se incrementará una vez superado el coste inicial del esfuerzo que supone iniciar la actividad. El problema que existe cuando hay un bajo estado anímico es que la realización de cualquier actividad supone un esfuerzo enorme para la persona y éste esfuerzo será mayor cuanto peor sea el estado de ánimo y cuanto mayor sea la ruptura con la rutina de vida, pues a mayor abandono de actividades, más costará volver a retomarlas. Cuando una persona está mal, la anticipación del esfuerzo que conllevará realizar cualquier actividad juega un papel determinante en la decisión de iniciar o no la actividad. Si logramos movilizarnos y romper esas barreras previas, lograremos ir dando pasos hacia la mejora del estado de ánimo. Es posible que las primeras veces que nos pongamos a hacer cosas, este empujón cueste, pero si persistimos en mantenernos activos, poco a poco iremos exponiéndonos a los resultados gratificantes de la actividad, además de mantenernos entretenidos y distraídos respecto a la fuente de malestar. De otro modo, lo único que lograremos es introducirnos en una espiral de intensificación del malestar, encerrándonos de esta manera en nuestros propios pensamientos negativos que sólo retroalimentan ese malestar, manteniendo con todo esto el statu quo. Es este el proceso por el que el “no me apetece” se termina convirtiendo en la justificación para no hacer (ya que llega un momento en el que parece que uno no dispone de las fuerzas o ganas necesarias para hacer cosas), cuando en realidad es precisamente la causa del problema.

El antídoto para estar mal es mantenerse activo
A uno no le apetece hacer cosas precisamente porque ha dejado de hacerlas, y en la medida en que persista en ese estado de dejadez y de evitación de la actividad, la consecuencia será que cada vez apetecerá menos y se tendrá menos ganas, lo que de nuevo, a modo de espiral, viene a favorecer el uso del “no me apetece”, “no tengo ganas”, “no tengo fuerzas” como justificación para mantener esa situación de inmovilismo. Por el contrario, cuando hacemos cosas nos encontramos bien, o al menos, nos encontramos menos mal, aunque sólo sea porque estamos distraídos respecto de aquellos elementos (situaciones, personas, problemas, pensamientos) que nos generan malestar. Además, si estamos activos, no perderemos esos hábitos y no caeremos en la situación de inactividad que explica que retomar la actividad cueste tanto. La “cura” para el bajo estado de ánimo es tratar de mantenerse activo. De esta manera, más pronto que tarde, el estado de ánimo se incrementará y se logrará superar la situación que ha generado ese estado emocional. Es cierto que el mantenerse activo no lo es todo (ojalá la intervención de los problemas del estado de ánimo fuera tan fácil) y en muchas ocasiones será necesario dotar a la persona de otras estrategias que le permitan superar el problema inicial (enseñar a cortar los pensamientos negativos, enseñar estrategias de resolución de problemas que permitan a la persona enfrentarse a la situación problema de un modo más adecuado y resolverla, enseñar una manera más racional y menos dañina de interpretar la realidad…).
Los problemas del estado de ánimo no se pueden trivializar pues además de ser de los más frecuentes en la población (según datos de la OMS, 1 de cada 6 personas sufrirá Depresión a lo largo de la vida, siendo estos problemas actualmente la 3ª causa de discapacidad en el mundo occidental, con vistas a convertirse en la 2ª en 2020; de igual modo estudios realizados en España y en Reino unido establecen que la depresión es la principal causa de consulta psicológica tanto en Salud Mental como en Atención Primaria), generan a las personas un sufrimiento y malestar real, con muchas repercusiones en otras áreas de su vida (lo que a su vez puede agravar el problema de base), y en muchas ocasiones, la persona no sabe cómo afrontarlos, pues hasta el momento, por sí misma, con los recursos de que dispone no ha sido capaz.

Estar inactivo perpetúa el bajo estado anímico
Veamos más detenidamente cuál es el proceso por el que la Causa (dejar de hacer cosas) se convierte en la “justificación” que precisamente perpetúa el seguir sin hacer cosas, agravando un problema de bajo estado anímico:
1.       El bajo estado de ánimo suele tener una consecuencia directa en la conducta: Reducción de las ganas de hacer cosas y por consiguiente, disminución del nivel de actividad.
2.       La reducción del nivel de actividad a su vez tiene otra consecuencia directa: Pérdida de refuerzos y de estímulos distractores al reducirse la exposición a estimulación gratificante y que compita con la estimulación negativa que retroalimenta el malestar.
3.       El dejar de hacer cosas cumple una función a corto plazo: Evitar el esfuerzo y el coste que supone una actividad en un momento en que las ganas y las energías flaquean (cuando nos encontramos bajos de ánimo). Ante esas condiciones, la decisión de quedarse en casa y renunciar a un plan con los amigos, no ir al gimnasio… resulta más ventajoso.
4.       Las consecuencias de la inactividad a medio y largo plazo son negativas:

·         Aumenta la probabilidad de aparición de pensamientos negativos (al no estar distraído en otra actividad), cuyo efecto es la retroalimentación el malestar.
·         Ruptura cada vez mayor con nuestra rutina de vida (se puede empezar dejando de salir con los amigos, y si el problema es serio, se puede terminar descuidando el aseo personal o incluso no teniendo ganas de levantarse de la cama), lo que: 1) Reduce la probabilidad de acceder a estimulación reforzante y 2) Nos expone a un mayor grado de estimulación negativa (pensamientos, imágenes…), por el hecho de tener menos estímulos distractores y positivos, al haber restringido el nivel de actividad, lo que permite tener más tiempo para elaborar y dar vueltas a todas las circunstancias negativas que van a favorecer ese malestar y tristeza.
Este proceso a través del cual empezamos a dejar de hacer cosas “porque no estamos de humor” o “no nos sentimos con ganas ni fuerzas” es lo que explicaría que una persona pueda desarrollar un “cuadro depresivo” o un Trastorno del Estado de Ánimo.
Un problema del estado anímico bajo o una depresión (como la expresión más severa del primero) no aparece porque sí, ni le sobreviene a la persona como si de un virus o una picadura de mosquito se tratase. No se trata de una condición que “habite” en la persona o en su cerebro, sino que se sitúa o emerge de su contexto, desarrollándose a partir de las circunstancias de vida de la persona, siendo clave para que aparezca un problema del estado de ánimo y no un mero estado de tristeza pasajero, el afrontamiento que la persona realice.
Como venimos viendo, si la persona opta por sucumbir al desánimo, cayendo en la inactividad, es probable que su malestar no sólo persista en el tiempo, sino que se incremente. Cada vez va a ser más costoso iniciar actividades, convirtiéndose aquello que es la causa del bajo estado de ánimo (el haber roto con la rutina de vida y con los contactos sociales), en lo que justifica mantener la inactividad y perpetuar el statu quo: “No hago nada porque estoy mal” ßà “Estoy mal porque no hago nada”.

“Las ganas no nacen, se hacen”
Si esperamos que las ganas surjan solas, éstas no sólo no aparecerán de manera espontánea, sino que la espiral de emoción negativa continuará agravándose hasta que la propia persona ponga medios para cortarlo. En este sentido, es importante tener claro que “Las ganas no nacen, se hacen”. Esta elocuente afirmación es una de las claves más importantes para superar el bajo estado anímico (y los procesos depresivos) y el principal antídoto para caer en él. Lo que esta afirmación viene a plasmar es la idea de que hay que activar a la persona “triste” o “deprimida” para que deje de estarlo y no tratar de esperar a que esté de humor para que vuelva a retomar su vida.
El objetivo de intervención sería ayudar a la persona a rehacer su vida, haciendo cosas pese a que aún se encuentre triste, pesimista y desganada, tratando de volver a exponerla a contingencias y estímulos ambientales reforzantes, que puedan volver a generarle las emociones positivas que antes le generaban. Esto es lo que pretenden estrategias como los “Programas de Actividades Reforzantes” o la “Activación Conductual”, que han demostrado una eficacia a largo plazo incluso mayor que los psicofármacos en casos de depresión severa.
Parece algo sencillo, pero en la práctica, activar a una persona que no tiene ganas de hacerlo es una tarea difícil. De entrada, debemos contar con que si el estado de ánimo es muy bajo, iniciar cualquier actividad será muy costoso y pretender que la persona vaya a disfrutar haciendo cosas desde el principio es demasiado optimista. Los psicólogos, familiares y sobre todo la propia persona que tiene el problema debemos contar con que el proceso de cambio es lento y que al principio el objetivo no va a ser que la persona disfrute  (si lo hace, mejor), sino que simplemente empiece a hacer cosas poco a poco. El nivel de exigencia del programa se adaptará a las características de cada caso. Si al principio la persona sólo es capaz de salir a dar una vuelta de 5 minutos, eso es lo que se marcará como objetivo diario, para poder ir incrementando la exigencia hasta recuperar todas aquellas actividades que resultaban gratificantes pero había abandonado. Una vez superado ese Primer Nivel (“Hacer por hacer”), se pasaría al Segundo Nivel: Buscar gratificación en la actividad que se hace. Este proceso en general se dará de manera espontánea en la medida en que casa vez el coste de iniciar la actividad sea menor y la balanza se pueda inclinar del lado del disfrute. A esto ayudará el pedir a la persona una lista de actividades gratificantes con las que solía disfrutar o que le gustaría incorporar a su vida.
Al margen de todo lo anterior, la persona tiene que tener claro que el “no me apetece” y “el no tengo ganas” no debe ser una justificación para no hacer cosas, pues esto es en realidad lo que explica el mantenimiento del problema y del bajo estado anímico.
Habrá muchas circunstancias de nuestro entorno que no podamos controlar y muchas de ellas serán negativas, pero lo que sí podemos controlar es nuestra conducta y el afrontamiento que hagamos de las circunstancias. Las estrategias de afrontamiento que elijamos van a determinar la evolución de los acontecimientos y si todo esto deriva en un problema psicológico o no.

Referencias:
Randomized Trial of Behaviorial Activation, Cognitive Therapy, and Antidepressant Medication in the Acute Treatment of Adult. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 74 (4), 658-670. En este estudio se pueden consultar conclusiones que apoyan lo apuntado en este post. Una de las conclusiones más interesantes demuestra que los pensamientos negativos y el humor se pueden modificar como resultado de la activación conductual y además esta estrategia ha demostrado ser una alternativa sólida a la medicación (tratamiento de preferencia hoy por hoy para estos problemas) y no tiene los efectos secundarios de ésta. Esto proporciona un argumento potente a favor de la desmedicalización de la depresión y otros problemas del estado de ánimo (aunque puede constituir un apoyo consumida de manera temporal y en casos extremos que deben ser valorados).
Informe sobre depresión (The Depression Report – A new deal for Depression and Anxiety Disrorders): En este informe aparecen los datos obtenidos en 2006 en Reino Unido sobre las cifras de depresión y otros trastornos psicológicos, coste económico del tratamiento, así como la falta de tratamiento adecuado que encuentran estos problemas en Atención Primaria.

jueves, 11 de agosto de 2011

La Psicología es una profesión sanitaria

Si preguntásemos a la gente si considera la Psicología una profesión sanitaria y a los Psicólogos profesionales cuyo objetivo prioritario es trabajar por la mejora de la salud y el bienestar de las personas, la respuesta mayoritaria probablemente sería SÍ y así se ha demostrado en diversas encuestas realizadas a la población. La Vanguardia ofrecía el 17 de noviembre de 2010 en su edición digital los siguientes resultados a una encuesta en la que preguntaban: “¿Considera usted que los psicólogos deben ser considerados profesionales de la salud?”: El 92% de los 23.331 participantes respondió “Sí, no hay duda, los psicólogos son sanitarios”. En 2006, Redacción Médica, periódico que se ocupa de la defensa de los intereses de los profesionales de la salud realizó otra encuesta planteando si la Licenciatura de Psicología debía ser considerada una profesión sanitaria. En este caso, el 64% de los lectores señalaba que sin ninguna duda los psicólogos debían ser considerados profesionales sanitarios. Un año antes, en 2005, el psicólogo Gualberto Buela-Casal realizó un estudio en profundidad sobre la misma pregunta, encontrando que el 90% de los hombres y el 94% de las mujeres consultados por la encuesta respondían afirmativamente a si consideraban a los psicólogos profesionales de la salud.

Pero… ¿Por qué razón tantas preguntas sobre algo que parece tan obvio?, ¿Por qué poner en duda que el ejercicio profesional de psicólogos pueda enmarcarse en muchos de los casos en el ámbito de la salud?.
Desde que surgió la Psicología como título universitario en España en 1970 y se creó el Colegio Oficial de Psicólogos en 1980, los Licenciados en Psicología que además se hubieran colegiado, pudieron empezar a ejercer legalmente su labor como psicólogos. Desde este momento y hasta la actualidad, la formación recibida por los profesionales de la psicología durante su formación y el ejercicio profesional que venimos desarrollando, ha ido configurado una profesión caracterizada por ser “experta en la evaluación, diagnóstico e intervención sobre el COMPORTAMIENTO de las personas, actuando a nivel individual, grupal, organizacional y comunitario, con la finalidad principal de promover y mejorar el bienestar de los individuos, lo que además puede incidir sobre la mejora de su rendimiento en diversos campos (educativo, laboral, deportivo, seguridad vial...)” (Infocop, 2011). Puesto que además, la Organización Mundial de la Salud (OMS) define la SALUD como “un estado de bienestar físico, mental y social, y no la mera ausencia de enfermedad o dolencia”, parece que no habría lugar a muchas dudas sobre si son o no son los psicólogos esencialmente sanitarios. Sin embargo, esta consideración de la psicología como profesión sanitaria, no impediría que muchos de estos profesionales desarrollaran su labor profesional en áreas no sanitarias, pues el comportamiento humano es susceptible de ser estudiado e intervenido en múltiples ámbitos (el educativo, el laboral, el deportivo…). En función de en qué área desempeñe el psicólogo su trabajo, su objetivo último puede ser diferente: incrementar la salud o el bienestar de las personas ayudándoles a solucionar problemas (ámbito clínico y de la salud), incrementar el bienestar o el rendimiento en el trabajo (ámbito laboral), seleccionar los perfiles más adecuados para un puesto (recursos humanos), mejorar los problemas de conducta en el aula de un niño o detectar dificultades de aprendizaje (ámbito educativo)… Aunque en última instancia, en tanto en cuanto lo que busquemos los psicólogos sea favorecer una mejor adaptación de las personas (ya sean niños o adultos) a su entorno (laboral, social, educativo), la salud y el bienestar se verán inevitablemente incrementados.
Según lo visto, no habría por qué poner en tela de juicio el estatus de la Psicología como profesión sanitaria, y así ha sido hasta el año 2003, momento en que entró en vigor la Ley 44/2003 de Ordenación de las Profesiones Sanitarias (LOPS). Esta ley establece cuáles son las titulaciones que pueden cuidar de la salud en España y ser consideradas, por tanto, profesiones sanitarias. En esa fecha se incluyeron como tales las licenciaturas en Medicina, en Farmacia, en Odontología, en Veterinaria y en Ciencia y Tecnología de los Alimentos, y a las Diplomaturas en Enfermería, en Fisioterapia, en Terapia Ocupacional, en Podología, en Óptica y Optometría, en Logopedia y en Nutrición Humana y Dietética, pero no se incluyó la licenciatura en Psicología. A partir de ese momento sólo se reconocía como profesionales sanitarios a aquellos psicólogos que hubiesen conseguido el título oficial de especialista (PIR, Psicólogo Interino Residente), al que se accede a través de una oposición para la que se ofertan poco más de 100 o 130 plazas, muchas menos de las que serían necesarias para satisfacer la demanda de psicólogos que hay actualmente en el Sistema Nacional de Salud.
Las consecuencias más relevantes de esta ley fueron que de los 44.000 psicólogos colegiados en España en el momento de su aprobación, sólo 3.000 tenía el título de PIR, quedando los 41.000 restantes en situación de desamparo legal, pues aquello para lo que se habían formado, había dejado de estar reconocido por la ley. El ejercicio de la profesión de psicólogo quedó desde entonces en una situación de inseguridad jurídica que ha venido tratando de resolverse a lo largo de estos más de 7 años de debates y luchas enfocadas a regularizar la situación.
Finalmente, el gobierno socialista, tras muchas presiones ha promovido la inclusión de una disposición adicional dentro de la Ley de Economía Social (16 de marzo de 2011), que fue aprobada por todos los grupos parlamentarios en las Cortes Generales y que entrará próximamente en vigor en el Boletín Oficial del Estado (BOE). El texto de esta disposición defiende que “aquellos que posean el título de licenciado en Psicología o alguno de los títulos de graduado en el ámbito de la Psicología adscritos a la rama de conocimiento de Ciencias de la Salud, podrán ejercer actividades sanitarias, siempre que hayan superado los estudios de graduado/licenciado, siguiendo un itinerario curricular vinculado al área docente de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológicos, o al área de la Psicología Clínica y de la Salud, o bien hayan adquirido una formación complementaria de postgrado no inferior a 400 horas (o su equivalente en créditos europeos), de las que al menos 100, tendrán carácter práctico, vinculada a las áreas citadas”. Esta ley permite a los titulados en Psicología que cumplan los requisitos anteriormente citados solicitar la inscripción de consultas o gabinetes de Psicología en el correspondiente registro de centros, servicios y establecimientos sanitarios, lo que en la práctica, supone un reconocimiento implícito de estos psicólogos como profesionales sanitarios, ya que aquellos titulados que cumplan los requisitos citados pasan a tener legalmente reconocido que pueden realizar actividades sanitarias (entendidas como  “el conjunto de acciones de promoción, prevención, diagnóstico, tratamiento o rehabilitación, dirigidas a fomentar, restaurar o mejorar la salud de las personas”, según la definición del Real Decreto 1277/203). Sin embargo, en cuanto a lo que se refiere al ejercicio dentro del Sistema Nacional de Salud, o concertado con éste, sigue siendo requisito indispensable la obtención del título de PIR, al que se accede por oposición. (Puede consultarse el texto de la Disposición Adicional pinchando aquí)

¿Cuál es la situación actual a nivel legal?
La disposición adicional aprobada en marzo de 2011 sienta las bases para el inicio de un proceso de regularización de la Psicología como profesión sanitaria, aunque por el momento el reconocimiento es tan sólo implícito, al permitir la inscripción de los centros de psicología privados como centros sanitarios; algo que por otra parte resulta bastante paradójico (no se recoge aún la Psicología en el registro de profesiones sanitarias, pero sin embargo, los centros en los que trabajan estos profesionales sí pueden inscribirse y reconocerse legalmente como sanitarios, en tanto en cuanto, las tareas que se llevan a cabo en estos lugares, se encuentran entre aquellas descritas por el Real Decreto 1977/203, como “sanitarias”). Si los centros en los que trabajan los psicólogos y las actividades que mayoritariamente llevan a cabo son consideradas sanitarias, ¿por qué poner tantas trabas al reconocimiento de la Psicología como profesión sanitaria?
Está claro que la disposición adicional aprobada en marzo de 2011 es un paso en la dirección deseada, pero aún quedan más pasos por dar en los que las instituciones que representan a los profesionales de la psicología (Colegio Oficial de Psicólogos principalmente, así como otras asociaciones) sigue trabajando. Por lo pronto, el siguiente objetivo general que se ha propuesto, es lograr el reconocimiento de una profesión de “psicólogo sanitario generalista”, que podría tener como denominación “psicólogo sanitario”, a la que se accedería tras cursar el grado de Psicología y un máster oficial en Psicología Sanitaria, que garantizase la formación teórica necesaria, así como un alto contenido práctico, con el fin de que los titularos cumplieran los requisitos exigidos a nivel europeo. Se ha llegado a plantear que este máster oficial también debería ser requisito previo a la obtención del PIR. No obstante, las negociaciones con el gobierno aún persisten, pues existen discrepancias en cuanto a la duración y los requisitos que debe cumplir el máster, así como en el hecho de que éste deba ser consideración indispensable para acceder al PIR (el gobierno no es muy partidario de ello). También se han planteado otras alternativas como la de crear un “Grado sanitario de Psicología” que permita el acceso directo a la profesión de “Psicólogo Sanitario”, no obstante, todo esto debe ser minuciosamente analizado, pues la formación y las competencias logradas deben cumplir los requisitos y niveles establecidos por la Unión Europea (ver requisitos del Europsy). Todas estas negociaciones deberían quedar resueltas a finales de verano, ya que el gobierno dispone de un plazo de un año desde marzo de 2011 (momento en que fue aprobada la disposición adicional) para presentar un Proyecto de Ley con alguna decisión a este respecto.
Como vemos, aún queda un largo camino por recorrer, pero pese a las cuestiones burocráticas y legales, lo importante es que los psicólogos tengamos claro, de igual modo que parece tenerlo la población general (como muestran los resultados de las encuestas presentadas al principio), que la psicología es una profesión sanitaria y que nuestra labor profesional tiene mucho que aportar para la mejora del estado global de Salud y bienestar de las personas. Como establece la OMS, la salud no sólo se refiere a lo físico, sino también a lo psicológico y a lo social, y la Psicología, en tanto que se ocupa del comportamiento humano, no es ajena a estos aspectos.

Documentos Relacionados:
Breve resumen del recorrido por los hitos principales en el proceso de reconocimiento de la Psicología como profesión sanitaria desde el 2003 hasta la fecha. (Pichar aquí para ver el artículo de Infocop)
Europsy: Certificado Europeo de Psicología. Ver página web: http://www.europsy.cop.es/
Disposición Adicional aprobada el 16 de marzo de 2011: Pinchar aquí para leer su contenido.
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