Mostrando entradas con la etiqueta enfermedad mental. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta enfermedad mental. Mostrar todas las entradas

martes, 11 de octubre de 2011

El coste de no invertir en Salud Mental

El 10 de octubre, se ha celebrado el día de la Salud Mental y como ya se introdujo en una entrada anterior, este año la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha querido poner énfasis en la inversión en prevención y tratamiento. Esto tiene aún más sentido en la época de crisis en la que nos encontramos inmersos, pues en lo relativo a la salud mental, mayor inversión se traduce en menor coste económico y por tanto en mayor ahorro para los países. No obstante, en países como España aún falta realizar ese cambio de mentalidad, para llevar a la práctica aquellas medidas que permitirían dar una atención mejorada a los problemas de salud mental, reduciendo así el coste económico que a largo plazo se deriva de una intervención deficitaria.

Los expertos nos ponen al corriente de el estado de la situación, quejándose de que si bien es cierto que se ha producido una mejora importantísima en el abordaje y la concepción de los trastornos mentales (pasando de los internamientos psiquiátricos a los tratammientos ambulatorios en Unidades Mentales, y del aislamiento del afectado a la integración en la sociedad), aún quedan muchos pasos que dar para lograr una intervención óptima que iría a favor de todos: De la sociedad por el ahorro que supondría y de las personas afectadas (familiares y pacientes), que verían mejorada su situación y su calidad de vida.

José María Sánchez Monge, presidente de FEAFES (Confederación Española de Agrupaciones de Familiares y Personas con Enfermedad Mental) se queja de que los recortes presupuestarios que están teniendo lugar pueden afectar seriemente la atención en salud mental. El problema radica en que cuanto más recortes, peores y menores servicios y menos personas podrán beneficiarse de ellos. Además, se corre el riesgo de que al reducirse precisamente el número de servicios, obligatoriamente se tenga que cambiar de un modelo de atención ambulatoria y continuada a un modelo centrado en la atención a las emergencias. Caer en este segundo modelo de intervención supondría descuidar, como Sánchez Monge dice, “aspectos considerados a veces "secundarios", pero que resultan indispensables, como son la prevención, la atención domiciliaria o la integración social”.

El riesgo que se corre al trabajar en función de un modelo de emergencia es llegar a lo que se llama “Síndrome de la puerta giratoria”, en referencia a pacientes que no dejan de salir de un ingreso hospitalario para volver a entrar. Este fenómeno es favorecido cuando no se ha ofrecido previamente una atención ambulatoria adecuada, de forma que precisamente se prevenga ese primer ingreso, permitiendo a la persona llevar una vida más o menos estable e integrada en sociedad. Cuando ya se produce un internamiento hospitalario por trastorno mental, la situación es más difícil de abordar (aunque no imposible) y genera mayor coste económico y mayor sufrimiento para el afectado y su familia. Lo más alarmante es que esta situación ya se empieza a detectar en algunas Comunidades Autónomas.

Los expertos e implicados reclaman no solo una mejora en la intervención, sino una extensión mayor de la misma, para que todo el que lo necesite pueda recurrir a ella. Defienden que no sólo se trata de un derecho fundamental, sino que además, la atención continuada dentro de la comunidad (a través de Centros de Salud Mental, Centros de Día, Centros de Rehabilitación Psciosocial…) resulta más económica a corto, medio y largo plazo que la limitada simplemente a "solucionar las crisis" (modelo de emergencia). Esto viene apoyado por datos como los proporcionados por la OMS, que a través de la puesta a prueba de diferentes programas ha constatado que al garantizar una atención continuada a las personas con enfermedad mental dentro de su comunidad, se reduce considerablemente el número de ingresos hospitalarios.

Los ingresos en hospital son la parte más costosa de todo tratamiento y al proporcionar una intervención continuada no sólo se estarían previniendo, sino que además se favorece que la persona goce cada vez de mayor autonomía y requiera menos servicios, convirtiéndose de esta forma en un ciudadano más activo e integrado, reduiéndo al mínimo posible la incapacidad que produce y el estigma social asociado.
La idea es que cada euro invertido en prevención serán euros ahorrados en el futuro, pues la detección e intervención temprana evita que el problema se agrave y permite tratamientos más cortos y eficaces, de manera que la persona no llegue a deteriorarse tanto en todos los sentidos, ni tampoco lo haga la familia.
En el sistema de salud de Reino Unido encontramos un buen modelo a seguir. Ya hace años (2006-2007) se plantearon el hecho de invertir en salud mental e incrementar el acceso a servicios de este tipo de manera rápida y generalizada. Así incorporaron la intervención psicológica en los servicios de Atención Primaria. Las razones eran las siguientes: Los costes económicos que suponía al Gobierno británico la falta de tratamiento de los trastornos mentales era de unos 17.500 millones de euros, relacionadas con la inactividad de las personas que se encuentran de baja y/o el pago de pensiones por incapacidad, los costes de los ingresos…; mientras que la puesta en marcha los dispositivos de terapia adecuados, suponía únicamente un coste de unos 900 millones de euros. De estos datos el Gobierno británico concluyó que las pérdidas por la falta de tratamiento adecuado de estas problemáticas, superaban las inversiones que debería llevar a cabo para poner en marcha los servicios de intervención adecuados. Las acciones emprendidas fueron lógicas: Mejorar los servicios de salud para dar soporte a las necesidades de la salud mental. En estos últimos años, los resultados han sido muy favorables, por lo que la inversión se sigue manteniendo.

En España por el contrario, pasa algo muy distinto, si bien existen leyes y acuerdos que bien podrían dar respuesta a las necesidades actuales en Salud Mental, estas no se aplican. Como explica Sánchez Monge, “En España no hace falta pensar en más leyes ni acuerdos, basta con terminar de cumplir los ya aprobados” y cita varios ejemplos: La Estrategia en Salud Mental del Sistema Nacional de Salud  (documento consensuado por todas las Comunidades Autónomas), supone una excelente guía para todas las actuaciones en este ámbito. Por su parte, La Ley de Autonomía Personal, si se desarrollara adecuadamente, permitiría a las personas con discapacidad resultante de una enfermedad mental integrarse mejor en la sociedad, en lugar de meramente recibir una atención paliativa.

lunes, 10 de octubre de 2011

Día Mundial de la Salud Mental

 Hoy, 10 de octubre se celebra el Día Mundial de la Salud Mental, este año bajo el lema Invirtamos en salud mental”. Como explica la OMS (Organización Mundial de la Salud), el objetivo de estas celebraciones anuales es sensibilizar a la población acerca de los problemas de salud mental. Estos problemas, pese a ser de carácter psicológico, tienen en muchos casos repercusiones físicas y afectan a la salud, al bienestar y a la calidad de vida global del individuo. No obstante, reciben desde hace años mucha menos atención e inversión económica que otro tipo de problemáticas y enfermedades.

Con el lema de este año se busca promover la inversión en servicios de prevención, sensibilización y tratamiento, ya que los recursos económicos y humanos que se asignan a la salud mental están demostrando ser insuficientes, especialmente en los países con recursos escasos. Según cifras de esta organización, la mayoría de los países de ingresos bajos y medios dedican menos del dos por ciento de su presupuesto sanitario a la salud mental. Esto tiene como consecuencia una falta de tratamiento de los trastornos psicológicos y neurológicos.
Según la OMS, los trastornos mentales afectarán a una de cada cuatro personas adultas a lo largo de su vida en todo el mundo. Concretamente en España, entre el 2,5 y el 3% de la población tiene una enfermedad mental grave, (más de un millón de personas). Pese a estas cifras, la mayoría de los países no cuentan con el número de especialista adecuados para intervenir en estos problemas, lo que provoca que sólo una parte de la población tenga acceso a estos servicios, lo que por otro lado, supone una vulneración del derecho de toda persona a recibir asistencia sanitaria y un apoyo social adecuado.
La OMS concluye que hay que aumentar la inversión en salud mental y dirigir los recursos disponibles hacia servicios más eficaces. No obstante, esto implicaría realizar muchos cambios en la organización actual de los Servicios de Salud Mental. En España, la asistencia de este tipo de problemas se proporciona desde los servicios especializados: Los Centros de Salud Mental. A los cuales sólo se puede acceder previo paso y recomendación del médico de Atención Primaria. No obstante, en Atención Primaria no se proporciona ningún tipo de intervención, más allá de alguna medicación, en ciertas ocasiones, lo que es un recurso paliativo, que en la mayoría de ocasiones ayuda, pero no resuelve el problema. De esta manera aquellos que salen de la consulta de AP ya medicados, no tienen la posibilidad de recibir un apoyo de tipo psicológico que les ayude a solventar las dificultades que han ocasionado el problema (a menos que lo busquen fuera de la Sanidad Pública); por otro lado, aquellos que sí logran una derivación, se encuentran con los servicios de Salud Mental totalmente colapsados, con listas de espera de semanas y con la imposibilidad de recibir un tratamiento y seguimiento adecuado.
Esta situación en la especialidad de salud mental obliga a que las intervenciones dentro de este servicio no tengan la calidad y los resultados que deberían tener. A esto se une el hecho de que en este tipo de servicios el número de psicólogos sea muy reducido (claramente superado por el número de psiquiatras). El estatus de la cuestión determina que la mayoría de personas que acuden a estos centros reciban un tratamiento psiquiátrico (una medicación), pese a que en muchas ocasiones su problemática requeriría más bien de una intervención psicológica que ayudase a la persona a adquirir los recursos para afrontar su situación vital (y que esta no se perpetúe). Lo que ocurre es que la intervención psiquiátrica resulta más cómoda y rápida a corto plazo (aunque no a largo plazo, como ha sido demostrado, ya que no solventa la “raíz” de los problemas que llevan a la persona a buscar tratamiento, lo que perpetúa dicho estado y a la larga repercute en mayor gasto para la sanidad.), ya que a la persona se le proporciona una pastilla en función de sus síntomas y al cabo de un tiempo se le cita para revisar la situación. De este modo ya no puede haber queja de falta de intervención, pero el problema radica en que dicha intervención no es la más adecuada.
Recetar una pastilla es mucho más rápido que iniciar una intervención psicológica, que exige en primer lugar una buena evaluación con la persona tanto de lo que le ocurre como de las condiciones de vida que circunscriben el problema y en segundo lugar,  un trabajo activo de la persona con el objetivo de superar su problema. La intervención psicológica parece por todo esto más costosa, pero los datos avalan que ha demostrado ser a la larga más efectiva. Por ejemplo, según el informe presentado hace tres años por el Grupo de Política de Salud Mental del Centro de Actuaciones Económicas de la Escuela de Economía de Londres (The Centre for Economic Performance’s Mental Health Policy Group, London School of Economics), la intervención psicológica debería ofertarse a todas las personas que tienen depresión y ansiedad, dado que es eficaz y preferible frente a la prescripción de fármacos. Tal y como explica este informe, si bien a corto plazo la terapia y el uso de fármacos presentan una eficacia similar, a largo plazo es la terapia psicológica la que ha demostrado que mantiene mejor sus efectos.
Los datos anteriores irían en la línea de que los tratamientos farmacológicos muchas veces ayudan (y por supuesto, pueden ser una buena ayuda al tratamiento psicológico paralelo cuando los problemas son serios y no permiten trabajar únicamente a través de una intervención psicológica), pero por sí mismos, a la larga no solucionarían el problema porque no intervienen en su raíz, lo que contribuye a perpetuar la situación de la persona y a generar descontentos entre la población con el tipo de intervención.
En muchas ocasiones es la propia persona la que llega al Centro de Salud demandando asistencia psicológica y el problema en este caso es que, debido a la falta de psicólogos en el Sistema de Salud Español, (se requiere aprobar una oposición para la que apenas ofertan plazas), no se le puede proporcionar una intervención con la duración, seguimiento y calidad adecuada.
En días como hoy deberíamos reflexionar sobre este problema, y sobre todo, las autoridades pertinentes, deberían plantearse algún cambio, pues a la larga, como los propios datos demuestran, una mejor intervención en los problemas de salud mental radicarían en una reducción del gasto económico en bajas laborales y pensiones de incapacidad, así como en los propios tratamientos farmacológicos tanto psiquiátricos como de otro tipo de problemáticas físicas relacionadas con las problemáticas psicológicas….

domingo, 7 de agosto de 2011

Psicología, Psiquiatría y Medicina: Similitudes y Diferencias

¿De qué se ocupa la psicología?, ¿Qué hace el psicólogo?, ¿De qué se diferencia el Psicólogo del Psiquiatra?, ¿Son los psicólogos médicos?, ¿Pueden los psicólogos medicar?, ¿Es la psicología una disciplina médica?...
Estas y otras dudas son muy frecuentes entre las personas que acuden a psicólogos o psiquiatras por primera vez, así como entre la población en general. Es conveniente aclararlas, pues si bien existen aspectos comunes entre la Psicología, la Psiquiatría y la Medicina (las tres se dedican al ámbito de la salud), también son muchos los aspectos que las diferencian. A continuación intentaré clarificar algunas de estas similitudes.
1.       La Psicología y la Medicina son disciplinas independientes cuyo campo de estudio e intervención es distinto, así como distinta es su manera de describir y explicar los problemas de los que se ocupan.

a)      Campo de estudio: Si bien el objetivo de ambas es a grandes rasgos promover e incrementar la salud de las personas, los problemas de los que se ocupen y el modo en que lo hacen es distinto. La Medicina se ocupa de enfermedades, es decir, de problemas con base orgánica. La Psicología se ocupa de Problemas Psicológicos, cuya base es contextual o ambiental, es decir, son problemas que emergen en la interacción entre la persona (con las estrategias de afrontamiento que tenga en su repertorio) y sus circunstancias vitales. En la medida en que la interacción sea satisfactoria y la persona logre una adaptación a su entorno, no existiría ningún problema, pero si dicha interacción no es satisfactoria y genera malestar, podemos encontrarnos ante un problema psicológico incipiente. Como vemos, no hay ninguna base orgánica en este tipo de problemas, sino que se trata en el caso de lo psicológico, del resultado de un aprendizaje: En la interacción con su ambiente a lo largo de su historia de aprendizaje, la persona ha podido no aprender ciertas estrategias o habilidades que le permitirían superar determinadas situaciones negativas o difíciles del entorno, o bien, las habilidades que ha aprendido pueden no serle útiles en esta ocasión o incluso ser generadoras de malestar. Por ejemplo, una persona que ha perdido a su pareja en un accidente de tráfico podría dejar de hacer todas aquellas actividades que antes compartía con su pareja con el fin de no recordarla y pasarlo mal. Esta estrategia de evitación que inicialmente podría ayudar a la persona a reducir su dolor, a medio-largo plazo llegaría a ser contraproducente, pues la persona se alejaría cada vez más de su entorno social y no sólo no se expondría a actividades, contextos y personas que le podrían volver a reportar gratificación, sino que además favorece el que la persona se exponga a todos aquellos pensamientos y sentimientos negativos relacionados con la pérdida de la pareja, sin permitirse distraerse con otro tipo de estimulación. Con el tiempo, una estrategia que inicialmente pudo ser beneficiosa para la persona, puede convertirse en sí misma en problemática y contribuir a agravar el problema inicial. El aislamiento social, la pérdida de refuerzos, la falta de actividad, la frecuencia de pensamientos negativos… preparan el camino para lo que comúnmente se conoce como Depresión (que no es otra cosa que un problema caracterizado por la presencia de un bajo estado anímico que puede manifestarse de manera distinta en cada caso: presencia de pensamientos negativos, desgana y reducción de la actividad, llanto frecuente…)

b)      Modo de Intervención: Partiendo de que ambas disciplinas se ocupan de problemáticas distintas (orgánicas vs. aprendidas), es lógico que el modo de intervención también sea distinto. La medicina utilizará fármacos destinados a modificar los síntomas físicos de la patología, así como el agente causante de las mismas (ej. Cuando tenemos anginas se nos recetará un antibiótico que acabe con la infección bacteriana y además, probablemente un antiinflamatorio y antipirético para reducir el dolor y la fiebre causados por la infección; si lo que tenemos es un problema hormonal, los fármacos estarán destinados a controlar los niveles de dicha hormona). La Psicología por su parte, hará uso de las Técnica de Intervención  Psicológica, basadas en las leyes y principios de aprendizaje para enseñar y ayudar a la persona a que por sí misma modifique las circunstancias negativas de su entorno o aprenda y utilice otras estrategias más adecuadas para el afrontamiento de las mismas, derivando de ello un mayor bienestar, o al menos, reduciéndose el malestar inicial. En este sentido, la psicología no recurriría en primera instancia a la farmacología (la función de recetar fármacos no está entre las competencias de los psicólogos por no ser médicos), no obstante, sí podría trabajarse en coordinación con los médicos en los casos en que haya patologías orgánicas o problemas físicos asociados a un problema psicológico que requirieran una medicación (ej. a raíz de un problema de ansiedad o de estrés puede haber repercusiones físicas como problemas digestivos, estados de fatiga, dermatitis, caída de pelo…; a raíz de una enfermedad como podría ser la esclerosis múltiple, podría derivarse un trastorno del estado de ánimo… en estos y otros casos, podría ser necesaria una intervención que combinara terapia psicológica y medicación).

Incluso en momentos puntuales, cuando los problemas psicológicos son de intensidad severa, puede ser útil recurrir al uso de psicofármacos recetados por psiquiatras. En estos casos, la medicación tendría como función mitigar ciertos síntomas que pueden dificultar la intervención psicológica para facilitarla. No obstante, las pastillas nunca modificarían las circunstancias vitales que han originado el problema y si la aparición de éste se debe a la inexistencia de ciertas habilidades de afrontamiento o a la utilización de unas estrategias inadecuadas, ésta no nos resolvería nada. Funcionaría simplemente como un “parche sintomático” pero no nos enseña nada sobre cómo resolver el problema y no modifica las circunstancias que lo han generado. En este sentido, son muchos los estudios que han resaltado la mayor eficacia a largo plazo que ha demostrado tener la intervención psicológica versus la intervención con psicofármacos cuando se trata de problemas psicológicos, así como el ahorro económico que conllevaría primar este tipo de intervenciones sobre las psicofarmacológicas (ej. The National Institute for Healh and Clinical Excellence “NICE” y The Centre for Economic Performance´s Mental Health Policy Group de la Escuela Económica de Londres).

2.       La Psiquiatría es una especialidad dentro de la medicina: Los Psiquiatras son médicos que se especializan en el tratamiento de lo que se han denominado trastornos mentales. En este caso, su modo de conceptualizar los problemas sobre los que intervienen y el modo de abordarlos responde al modelo médico, propio de la disciplina en la que se enmarca: La medicina. Pese a que muchas veces Psicólogos y Psiquiatras intervienen en el mismo tipo de problemáticas, la forma de entender estos problemas y la intervención que se les da es diferente. Veamos cuales son estas diferencias en el siguiente punto.

3.       La Psicología es una disciplina en sí misma, con un modelo propio (el Modelo Psicológico) que se diferencia del Modelo Médico al que se adscribe la Psiquiatría, que no es una disciplina sino una especialidad dentro de una disciplina más amplia (la medicina). En este sentido, aunque psicólogos y psiquiatras compartan el mismo campo de intervención (los llamados trastornos psicológicos o trastornos mentales), unos y otros no los definen, ni por tanto intervienen de igual manera.
Los psicólogos defendemos que los problemas psicológicos son aprendidos y desarrollados en la interacción que hace la persona con su medio, mientras que los psiquiatras, en el marco de su modelo médico, proponen causas orgánicas internas para explicarlos. La teoría en la que se sustentan es la de los desequilibrios neuroquímicos en el cerebro. Esta teoría defiende que los problemas mentales serían el resultado de una alteración en los niveles de ciertos neurotransmisores y que la forma de actuar de las personas serían los síntomas de dicha patología interna. Esto no les diferencia de otras patologías médicas como las anginas (infección bacteriana en las amígdalas) y los síntomas físicos que producen (ej. dolor muscular, dolor de cabeza y en las amígdalas, fiebre…). El paralelismo con la medicina, su disciplina madre, es claro, y del mismo modo lo es la estrategia de intervención: El Psicofármaco (fármacos cuyo objetivo de acción es el cerebro y la modificación de los niveles de neurotransmisores que se hipotetizan alterados).


La administración de psicofármacos por parte de los psiquiatras se ha basado desde hace años en la hipótesis del desequilibrio neuroquímico, no obstante, estos desequilibrios aún no han podido ser probados para ninguna de los trastornos mentales recogidos en los manuales diagnósticos. Son muchas las investigaciones que ponen de manifiesto estos hechos, y profesionales de este campo han hecho públicas afirmaciones como las siguientes:
-        Dr. David Burns, ganador del premio A.E. Bennett de la Sociedad de Bioética de Psiquiatría, dijo: “pasé los primeros años de mi carrera, investigando tiempo completo el metabolismo de la serotonina, pero nunca encontré ninguna evidencia convincente de que cualquier trastorno psiquiátrico, incluyendo la depresión, fuera debido a una deficiencia de serotonina del cerebro, de hecho no hay forma de medir los niveles de serotonina en una persona viva, por lo que no hay forma de probar éstas teorías".
-        Dr. Steven Sharfestein, expresidente de la Asociación Americana Psiquiátrica (APA) tuvo que retractarse públicamente ante el boom de la teoría neuroquímica diciendo que "no existe ninguna prueba contundente de laboratorio que determine la existencia de un desequilibrio químico en el cerebro".
-        El psicólogo Bruce Levine, autor de Commonsense Rebellion (La Rebelión del Sentido Común) dice en su libro que “no se han establecido marcadores bioquímicos o genéticos para el trastorno por déficit de atención, el trastorno oposicionista desafiante, la depresión, esquizofrenia, ansiedad, compulsión por el alcohol o el abuso de drogas, sobrealimentarse, apostar, o ningún otro de las supuestas enfermedades, males o trastornos mentales”
No obstante, pese a todos estos datos (o ausencia de ellos), anualmente la industria farmacológica mueve alrededor de 13 millones de dólares.
Volviendo a las diferencias entre Psicología y Psiquiatría, estas se pueden resumir en las siguientes:
a)      Atribución causal del problema: Aprendidas o derivadas de las circunstancias vitales, en el caso de la Psicología, versus orgánicas (desequilibrios neuroquímicos), en el caso de la Psiquiatría.

b)      Intervención en el problema: Haciendo uso de las Técnicas de Intervención Psicológica (psicología), administrando Psicofármacos (Psiquiatría).

Conclusiones:
·         Psicólogos, Psiquiatra y Médicos trabajan en el ámbito de la salud con el objetivo general de mejorarla y favorecer el bienestar de las personas.

·         Psicólogos y Psiquiatras se dedicarían al ámbito concreto de la salud psicológica o mental, interviniendo en los problemas de salud concernientes a este campo específico.

·         Mientras que la Psicología es una disciplina en sí misma, diferente de la psicología, la Psiquiatría es una especialidad dentro de la Medicina.

·         Los Psiquiatras y los Médicos trabajan bajo un Modelo Médico que atribuye causas orgánicas a los problemas de salud (física o mental) e intervendría a través de la administración de fármacos destinados a eliminar los síntomas de la patología.

·         Los Psicólogos trabajan bajo un Modelo Psicológico que establece las causas de los problemas en el aprendizaje que tiene lugar durante el proceso de interacción entre la persona y su contexto o circunstancias de vida. Desde esta perspectiva la intervención se realizaría enseñando a la persona nuevas estrategias de afrontamiento que le permitan llevar a cabo una interacción más positiva con su entorno, así como modificar los elementos negativos de éste (cuando sea posible). Todo esto se lleva a cabo a través del uso de Técnicas de Intervención Psicológica que ponen en juego los principios de aprendizaje.

·         Los Psicólogos no somos médicos y por tanto, no podemos recetar medicamentos, ni tampoco es el objetivo que estos profesionales buscamos, pues nuestro objetivo último es que sea la propia persona la que adquiera la capacidad de superar y hacer frente por si misma los problemas por los que acude a sesión. Sólo de esta manera será posible no sólo resolver el problema de raíz, sino prevenir problemas futuros similares.

·         Los psicólogos sí podemos trabajar de manera conjunta con médicos y psiquiatras cuando sea preciso que la persona tome alguna medicación, ya sea de manera crónica (cuando tenga alguna enfermedad física que así lo exija), como de manera temporal, en el caso de algún problema físico esporádico o cuando la intensidad del problemas psicológico así lo requiera (en este último caso, se debe valorar muy bien la indicación de tomar o no medicación, así como el modo de retirarla).


Documentos Relacionados:









Froján parga, MX; Santacreu, J (1999). Que es un Tratamiento Psicológico. Madrid: Biblioteca Nueva.
González Pardo, H. y Pérez Álvarez, M. (2007). La invención de trastornos psicológicos. ¿Escuchando al fármaco o al paciente?. Alianza Editorial.
Levine, B. (2003). Commonsense Rebellion: Taking Back Your Life from Drugs, Shrinks, Corporations, and a World Gone Crazy Nueva York-Londres: Continuum.
Post Relacionados:

jueves, 4 de agosto de 2011

El Marketing de la Enfermedad Mental. La psicopatologización de la vida cotidiana


Un vídeo de los canales Ankesenaton y SaavedraAbel.


En 2005 un estudio realizado por una empresa comercial dirigido a los ejecutivos del sector farmacéutico, afirmaba  que “crear nuevos mercados de enfermedad aporta una cantidad indecible de miles de millones de ventas de fármacos y que el fenómeno de la creación de enfermedades patrocinadas por las comerciales farmacéuticas irá en aumento”.
En los últimos años la industria farmacológica ha desarrollado una nueva vía para incrementar sus ventas en el ámbito de la salud mental: El “marketing de la enfermedad mental”, el cual consiste básicamente en:
1)      Elevar la importancia de una condición: Haciendo creer que un problema o ciertos síntomas son peores y más extendidos de lo que son en realidad.

2)      Redefinir un estado existente en  una condición psiquiátrica: Ejemplos de ellos pueden ser convertir la reducción del estado de ánimo que sufren algunas personas en invierno como consecuencia de la falta de sol en lo que los psiquiatras ahora catalogan como “Trastorno afectivo estacional”, susceptible de ser medicado; o las alteraciones anímicas que la mujer padece durante la menstruación en lo que se ha dado en llamar “Trastorno Disfórico Premenstrual”, para el que también existe medicación psiquiátrica.

3)      Crear una condición nueva para una necesidad del mercado no satisfecha: Esto es lo que ocurre con el “Trastorno de Compra Compulsiva”, que fue divulgado a través de la investigación realizada por un psiquiatra del que luego se demostró haber recibido pagos de la farmacéutica que comercializó el fármaco de elección.

Una vez convertida una condición en enfermedad y generada la etiqueta diagnóstica sólo queda esperar a que se incremente el número de diagnósticos de dicho trastorno y se receten sus fármacos,  rembolsándose de esta manera las farmacéuticas, millones de euros. A través de estos mecanismos de promoción, ciertas “enfermedades mentales” han ido incrementando y reduciendo su auge como si de una moda se tratase, en función del caso que las farmacéuticas las hacen o las dejan de hacer, aprovechándose de la importancia que tiene para las personas el bienestar psicológico y el mantenimiento de la sensación de control sobre sus vidas.
Según datos, actualmente hay en el mundo 100 millones de personas medicadas por padecer alguna “enfermedad mental” y las empresas farmacéuticas se rembolsarían más de 150.000 dólares por minuto. Un asesor del consumidor apunto que la clave de todo este fenómeno está en la campaña de marketing que hay detrás de un fármaco. En función de esta, una farmacéutica podría ingresarse cientos de millones de dólares, incluso aunque el fármaco fuera malo o ineficaz para aquello a lo que se destinaba. El director de producto de la campaña de Paxil (psicofármaco antidepresivo) afirmó que “el sueño de un hombre de marketing es encontrar un mercado no identificado y desarrollarlo”. En definitiva, el objetivo de la industria es convencer a la gente de que tiene un trastorno que puede y debe ser medicado. Para ello se recurre a grandes empresas de marketing que hacen todo este trabajo.
Son muchos los fraudes e irregularidades que se ha encontrado entorno al fenómeno de “compra-venta” de la enfermedad mental: estudios clínicos tergiversados (exagerando los efectos positivos de un fármaco, omitiendo los resultados negativos…), profesionales del mundo de la investigación pagados por industrias farmacéuticas por sacar en sus investigaciones datos a favor de la proliferación de ciertos trastornos…
El vídeo adjuntado explica cómo se lleva a la práctica el marketing de la enfermedad mental y de los problemas psicológicos y ofrece datos que desenmascaran el fraude y la ausencia de base científica que hay detrás de toda esta proliferación de trastornos mentales. Los autores del vídeo alertan de que esta exitosa estrategia convierte las situaciones normales de la vida en condiciones de enfermedad psiquiátrica, haciendo que la gente se preocupe en exceso ante problemáticas y síntomas comunes y solicite su diagnóstico y tratamiento a través de una pastilla, que curiosamente, las farmacéuticas han creado y comercializado específicamente para ello. No obstante, estos problemas no son nuevos, sino que es ahora cuando son etiquetados de “enfermedad psiquiátrica” y cuando la propia industria farmacéutica los ha hecho susceptibles de ser tratados a través de pastillas, haciendo de ello una nueva necesidad. Como consecuencia se ha psicopatologizado la vida cotidiana.
Circunstancias negativas en la vida han aparecido y van a aparecer siempre, porque además, la mayoría de las veces no van a estar bajo nuestro control. El que se muera un ser querido, nos quedemos sin empleo, tengamos un desengaño amoroso, sobrevengan problemas económicos… a veces no depende totalmente de lo que nosotros hagamos. Muchas cosas simplemente ocurren y nos toca adaptarnos a ellas y hacerlas frente. Inevitablemente estas circunstancias van a afectar a nuestro estado anímico y a nuestra salud en general, pero esto lleva ocurriendo desde que el hombre es hombre y seguirá ocurriendo, pese a que aparezcan pastillas. ¿Por qué ahora hay que etiquetar de enfermedad todas estas condiciones que no dejan de ser connaturales a la vida, cosas cotidianas y normales? ¿Por qué convertirlas en algo más grave de lo que es?, ¿Acaso una pastilla va a resolver nuestros problemas? Una pastilla no “cura” un problema que se ha derivado de las circunstancias de nuestra vida. La solución pasará en estos casos por aprender a afrontar dichas situaciones, desarrollando para ello estrategias.

Otros documentos de interes:
González Pardo, H. y Pérez Álvarez, M. (2007). La invención de trastornos psicológicos. ¿Escuchando al fármaco o al paciente? Alianza Editorial.

viernes, 29 de julio de 2011

La patologización de los Problemas Psicológicos: ¿Problema Psicológico o Enfermedad Mental?

Héctor González Pardo y Marino Pérez Álvarez publicaron en 2007 el libro "La invención de los trastornos mentales" (Alianza Editorial) en el que reflexionan sobre la naturaleza de los problemas psicológicos y la tendencia existente por parte de la comunidad médica a concebirlos como enfermedades mentales con causa biológica (desarreglos bioquímicos del cerebro) y por tanto, a tratarlos a través de psicofármacos (siendo coherentes con esa concepción biomédica). Esta concepción de los problemas psicológicos como enfermedades mentales es el modelo asumido por buena parte de los profesionales de la salud y tiene implicaciones en la atención sanitaria que se ofrece.
El modelo de “enfermedad mental” al uso en contextos sanitarios (tanto en Atención Primaria como en Salud Mental) da a entender que los problemas psicológicos (psiquiátricos o mentales) son "enfermedades como otra cualquiera". Este modelo se basa en dos premisas:
1.       Definir el problema presentado por la persona a través de un listado de síntomas.
2.       Suponer que el problema deriva o es causado por un desequilibrio neuroquímico.
Ninguna de estas asunciones es del todo correcta, o al menos así de simple:

Respecto al primer punto, la definición del problema a través de un listado de síntomas viene facilitada por los manuales diagnósticos establecidos: el DSM o la CIE, que funcionan como sistemas de clasificación de las enfermedades físicas y de los problemas psicológicos y que son utilizados por la comunidad científica y para los profesionales de la salud en el ámbito internacional. Estos manuales enumeran una serie de conductas o “síntomas” que podrían aparecer de manera más o menos característica si se dan determinados problemas psicológicos y el clínico en cuestión (médico, psiquiatra o psicólogo) deberá determinar cuáles cumple la persona y cuáles no, y si se dan los criterios mínimos para dar diagnosticar un determinado “Trastorno Mental” o una enfermedad. Desde esta perspectiva con tal de reunir 5-6 síntomas de una serie de 10 ó 12, uno poseería un diagnóstico formal (depresión, ansiedad, trastorno de pánico, fobia social, etcétera). No obstante, los síntomas que cumpliría una persona con el diagnóstico de depresión, podrían ser diferentes a los que cumple otra y sin embargo, ambos recibirían la misma etiqueta diagnóstica y el mismo tratamiento farmacológico (en este caso antidepresivos).
La entrevista diagnóstica que hace el médico de Atención Primaria o el psiquiatra es, bajo esta perspectiva y como describe Marino Pérez, (2008) “un puzzle en el que el paciente tiene las piezas y el clínico trata de encajarlas en un cuadro, escogiendo unas y dejando fuera otras. Una vez resuelto dicho puzzle (diagnóstico), lo siguiente es la prescripción del psicofármaco de turno”.
Con esta manera de conceptualizar los problemas psicológicos que tiene el modelo médico, el problema no sólo queda reducido a una lista de síntomas (un síndrome), sino que es despojado de su sentido psicológico (de las circunstancias de vida y del contexto biográfico, personal y ambiental en el que la persona interactúa) que es lo que proporciona la clave para entender cómo se ha generado ese problema  y por qué se mantiene.

Respecto al punto dos, el presuponer un desarreglo neuroquímico como base del problema justifica la derivación de un tratamiento farmacológico y hace necesaria la asignación de un diagnóstico que permita prescribir el fármaco más adecuado (si se trata de un problema de ansiedad, se prescribirá un ansiolítico y si se trata de una depresión, un antidepresivo). Una vez hecho el diagnóstico y prescrito el fármaco, lo siguiente será modificar la dosis en función de la evolución de los síntomas. El problema con el que nos encontramos es que los problemas que presentan las personas no son ni tan puros ni tan sencillos como para ser solucionados por una pastilla.
En lugar de “escuchar a la persona” y entender cuál es la causa real de su malestar y de su problema psicológico se opta por lo que Marino Pérez ha denominado "escuchar al fármaco" (atender a los efectos que causa la medicación en la conducta del paciente para valorar la intervención, sin atender a si se ha dado alguna modificación en sus circunstancias vitales o en sus habilidades de afrontamiento). Aunque, como Marino Pérez señala “Ciertamente, no habría por qué perder mucho tiempo escuchando a la persona si, como se supone, su trastorno deriva de un desequilibrio neuroquímico”. Como vemos, es toda la lógica del sistema, empezando por el modo de conceptualizar el problema y continuando por el modo de intervenirlo, la que está errada.
La investigación psicopatológica no ha logrado establecer con base suficiente ningún desequilibrio neuroquímico específico en relación con ningún trastorno mental y menos, ha podido probar que los desequilibrios neuroquímicos sean causa de los problemas psicológicos o los trastornos mentales o sólo correlacionen con estos. Estos desequilibrios son más una suposición del modelo psicofarmacológico que algo evidenciado por datos y parecen que tienen que ver más con dispositivos del marketing farmacéutico que con hallazgos científicos reales. De hecho, hay muchas investigaciones que aportan pruebas de la escasa eficacia de los psicofármacos para la eliminación de los problemas psicológicos.

En su libro "La invención de los trastornos mentales" (2007), Héctor González Pardo y Marino Pérez Álvarez trataban varios puntos relevantes relacionados con lo anterior:
1.       Se alertaba de la creciente aparición en las últimas décadas de nuevos tipos de trastornos mentales y de la mayor incidencia de los ya conocidos.

2.       Se denunciaba que la psicopatologización tiene mucho que ver con intereses comerciales de la industria psicofarmacéutica.

3.       Se hacía una reconceptualización de los problemas psicológicos en otros términos diferentes a los que caracterizan al modelo médico imperante, enfatizando que éstos, lejos de ser supuestas entidades naturales de base biológica (como podría ser la diabetes, que responde a una alteración hormonal o la gripe que es causada por un virus), serían entidades creadas por la comunidad científica y por la sociedad. Es decir, serían etiquetas que engloban un conjunto de “síntomas” o comportamientos y que permiten a todos entendernos. De esta manera, de igual modo que cuando alguien dice tener diabetes, entendemos que tiene un problema en el metabolismo de la glucosa o que cuando alguien tiene gripe podemos inferir que tiene una serie de síntomas prototípicos causados por un virus, cuando alguien dice que tiene depresión, podemos inferir que alude a un estado anímico bajo. No obstante, el modo en que este estado anímico bajo se concreta en cada persona (el tipo de pensamiento que tiene y el tipo de comportamientos o cosas que hace o que ha dejado de hacer), es diferente en cada persona, por lo que esa etiqueta al final dice poco acerca de cómo debe ser abordado el problema y menos acerca de las circunstancias vitales que han generado esa “depresión”. Desde este planteamiento, el diagnóstico o etiqueta propuesta no derivaría en la prescripción de un fármaco prefijado (ej. depresión à antidepresivos), sino que requeriría de un estudio pormenorizado de las características de la problemática en cada persona, independientemente de que para entendernos, podamos utilizar la etiqueta de “Depresión”, “Ansiedad” o cualquiera que sea.

4.       Se defiende que los problemas psicológicos dependen más de las circunstancias de la vida que de los desequilibrios de la neuroquímica que se les atribuye. No obstante, los autores aclaran en su libro que el hecho de que sean entidades construidas socialmente (es decir, etiquetas creadas para resumir un conjunto de comportamientos o “síntomas”) no priva a los trastornos o problemas psicológicos de entidad real. Es decir, el hecho de que sean problemas de carácter psicológico, sin una clara base biológica o bioquímica demostrada, no le quita realidad ni importancia al asunto. Un problema psicológico que genera malestar y reduce la calidad de vida de la persona que lo sufre no deja de ser menos relevante ni menos problemático que el de la persona que sufre una diabetes y que tiene que adaptar su vida para convivir con esta problemática y darle respuesta. No obstante, los autores destacan que el carácter de realidad del problema psicológico seria de otro orden diferente al de la biología y al de la bioquímica del cerebro: Sería del orden de la vida y de las circunstancias personales. Dependería de cómo esa persona se desenvuelve y se enfrenta a sus circunstancias vitales y no de que “de repente” le sobrevenga sin más una alteración neuroquímica, que previamente no tenía.
Al establecer la causa del trastorno psicológico en un desarreglo neuroquímico se favorece el que la persona con un trastorno mental sea vista como víctima de factores biológicos que escapan a su control y, consecuentemente, no serían culpables de su problema. El culpable sería el cerebro y una genética negativa. Esto puede pensarse que reduce el estigma generado a las personas que reciben el diagnóstico de una enfermedad mental o de un problema psicológico. No obstante, hay datos que muestran que el hecho de atribuir una causa biológica e incontrolable a los problemas psicológicos en lugar de ejercer un efecto positivo, tiene efectos muy negativos:
1.       La noción de enfermedad, lejos de evitar el estigma es, en realidad, estigmatizante. Estudios (Read, Haslam, Sayce y Davies, 2006; Van Dorn, Swanson, Elbogen y Swartz, 2005) han demostrado que las personas con supuestas enfermedades mentales son tratadas con distancia y consideradas como imprevisibles y poco fiables, incluso por los familiares y los propios clínicos.

2.       Cuando al paciente se le da a entender que el trastorno tiene causas biológicas, considera que el tratamiento requerido llevará más tiempo, es más pesimistas acerca de la mejoría y adopta un papel más pasivo ante los clínicos y su propio problema que si se le da a entender que tiene causas psicológicas (Lam y Salkovskis, 2007).

3.       Las personas con problemas caracterizados en términos de enfermedad son tratadas con más dureza que si lo hacen en términos psicológicos, como se ha visto en estudios experimentales, siguiendo el paradigma de Milgran. Los participantes llegaban a aplicar supuestamente shocks más fuertes en una tarea de aprendizaje a los "aprendices" que, según se había sugerido, habrían padecido una "enfermedad mental", que a los que habían tenido "dificultades psicológicas" o nada en especial (Metha y Farina, 1997).
Como conclusión “la política de que los trastornos psicológicos son como cualquier otra enfermedad no sólo no ha evitado el estigma sino que lo ha aumentado en varias dimensiones más. Por el contrario, la presentación de los problemas psicológicos como lo que son (problemas, dificultades, crisis) no es estigmatizante y es a la vez política y científicamente correcta, en palabras de Marino Pérez  (2008).

Una conceptualización de los problemas psicológicos alternativa a la noción de enfermedad
La conclusión a la que pretendemos llegar de todo esto es que los trastornos psicológicos no son enfermedades como otra cualquiera, en tanto en cuanto no tienen una base o causa orgánica o biológica como lo pueden tener el resto de las enfermedades físicas. Los trastornos psicológicos tienen, como su nombre indica, causa psicológica. En este sentido, como defiende Marino Pérez (1008) “la interpretación y explicación cultural y clínica que se dé a la depresión y a la ansiedad(por ejemplo) influye en su realidad, convirtiéndola, por ejemplo, en una enfermedad vivida como otra cualquiera (pero no porque lo sea realmente) o en un problema de la vida del que la propia persona sería un agente activo en su solución, y no necesariamente el paciente pasivo de un presunto desequilibrio neuroquímico”.

El papel de la Terapia Psicológica frente a los Psicofármacos:
Las terapias psicológicas tienen su base en la conceptualización de los problemas psicológicos como problemas que emergen de una interacción inadecuada de la persona con su entorno, de forma que dicho modo de interactuar genera malestar y da lugar a una serie de comportamientos que nos permiten hablar de que existe un problema psicológico.  El modo de intervenir desde el modelo psicológico a través de la terapia consisten en: 1) Analizar las características del problema (sin importar tanto si se llega a cumplir algún criterio diagnóstico o no, puesto que se entiende que cualquier conducta que genere malestar a la persona es lo suficientemente relevante para ser intervenida y modificada) y 2) Ayudar a la persona no sólo a entender su problema, sino también a desarrollar las habilidades necesarias para solucionarlo. Esto capacita a la persona para resolver el problema actual y le permite adquirir una serie de aprendizajes que le ayudarán a prevenir problemas futuros.  En lugar de quedar a expensas de una medicación a menudo crónica, le capacita para resolver y afrontar por sí mismo los problemas que le depara la vida. En lugar de funcionar como parche para unos síntomas, la terapia psicológica resuelve el problema de raíz, interviniendo en las conductas problema y en las variables ambientales que son causantes de las mismas.
Para terminar, dejo planteada una pregunta que ya planteó Marino Pérez y que es digna de reflexión: “la pregunta sería qué es lo que quiere la sociedad: ¿pacientes consumidores de psicofármacos, por no decir drogodependientes del Sistema Sanitario; o personas usuarias de servicios psicológicos que les ayuden a solucionar sus problemas, dificultades o crisis?”.
Referencias:
González Pardo, H. y Pérez Álvarez, M. (2007). La invención de trastornos psicológicos. ¿Escuchando al fármaco o al paciente? Alianza Editorial.
Hacking, I. (2001). ¿La construcción social de qué? Paidós.
Haslam, N, (2006). Dehumanization: an integrative review. Personality and Social Psychology Review, 10, 252-264.
Lam, D. C. K. y Salkovskis, P. M. (2007). An experimental investigation of the impact of biological and psycological causal explanations on anxious and depressed patients’ perception of person with panic disorder. Behaviour Research and Therapy, 45, 405-411.
Metha, S. y Farina, A. (1997). Is being ‘sick’ really better? Effect of the disease view of mental disorder on stigma. Journal of Social and Clinical Psychology, 16, 405-419.
Read, J., Haslam, N., Sayce, y Davies, E. (2006). Prejudice and schizophrenia: a review of the ‘mental illness is a illness like any other’ approach. Acta Psychiatrica Scandinavica, 114, 303-318.
Van Dorn, R. A, Swanson, J. W., Elbogen, E. B. y Swartz, M. S. (2005). A comparison of stigmatizing attitudes toward persons with schizophrenia in four stakeholder groups: perceived likelihood of violence and desire for social distance. Psychiatry, 68, 152-163.