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viernes, 26 de agosto de 2011

El Análisis Funcional de la Conducta: La clave de la Intervención Psicológica

El Psicólogo Clínico, como se ha venido tratando en posts anteriores (ver Lo Psicológico es “lo Aprendido, en este blog) desarrolla su labor profesional en el ámbito de la salud mental, proponiéndose como objetivo incrementar el bienestar y la adaptación de las personas a su entorno, ayudándolas a superar los problemas y dificultades que han podido aparecer en un momento dado en el curso de su vida (en la interacción que la persona hace con su entorno y con los contextos en los que participa) y que le dificultan esa correcta adaptación al medio. Los Problemas Psicológicos se desarrollarían por tanto en el marco de la interacción de la persona con su medio, siendo por ese motivo aprendidos y susceptibles de ser modificados.
Para que la modificación de un comportamiento problemático pueda realizarse de forma eficaz, el Psicólogo primero debe estar en condiciones de describir y explicar en qué consiste exactamente el problema (qué comportamiento/s están resultando problemáticos y en qué situaciones), para poder realizar predicciones sobre el mismo y diseñar posteriormente un protocolo de intervención eficaz y SIEMPRE adaptado a cada caso.
Para desgranar completamente la conducta problemática los psicólogos hacemos uso de nuestra herramienta clave: El Análisis Funcional de la conducta (AF), que permite establecer las relaciones funcionales o secuencias que caracterizan una conducta, analizando los antecedentes y consecuentes que explican que la conducta se dé y se mantenga en el tiempo. El AF nos permite conocer exactamente qué ocurre (cuál es la conducta problemática: qué piensa, dice, hace, siente, o cómo reacciona la persona), en qué circunstancias contextuales (ante que estímulos o personas se da la conducta) ocurre la conducta y qué efectos o consecuencias tiene en el medio (que hacen los otros, qué beneficios o pérdidas reporta a la persona, cómo se siente después…). Pero no sólo es necesaria esta información, sino que para que el análisis del problema que trae a la persona a consulta sea realmente global y completo, es necesario estudiar una serie de Variables Disposicionales, que pese a no ser explicativas del problema, sí nos ayudan a comprender que el problema haya aparecido y se mantenga en el tiempo.
Las Variables Disposicionales aludirían a condiciones relativamente estables en la persona o en el ambiente que pueden precipitar un problema o hacer a la persona más vulnerable a caer en determinados comportamientos problema. Por ejemplo, si hay una situación de crisis en el país que está afectando a la economía de una familia, es posible que la presión a la que se estén viendo expuestos tanto el padre como la madre pueda favorecer la aparición de problemas de pareja o incluso derivar en problemas en el manejo de los hijos y la comunicación familiar. Otro ejemplo podría ser el de un adolescente hijo único que ha estado siempre acostumbrado a obtener todo de sus padres sin mucho esfuerzo y que cuando las cosas dejan de ser tan fáciles y exigen una implicación por su parte (ej. aprobar los estudios, tener dinero para salir o comprarse caprichos), no es capaz de persistir sin recibir la gratificación inmediata. Como vemos, este tipo de variables, como podrían ser las circunstancias del entorno (situación de crisis económica) o la historia de aprendizaje previa (haberse acostumbrado a recibir todo lo que se quiere en el momento en que se quiere) pueden favorecer el que en un momento dado, si se dan determinadas situaciones antecedentes y consecuentes (ej. un motivo que propicie una discusión de pareja, una conducta del hijo que moleste a los padres que ya estén de antemano alterados, no tener dinero para costearse los gastos y tener que trabajar para comprar algo que quieres…), se genere un problema o aparezca una dificultad.
La aparición de un problema psicológico pone de manifiesto que: 1) La persona carece de las habilidades de afrontamiento adecuadas, 2) que las demandas del medio exceden esas habilidades o bien, 3) que el uso que se está haciendo de las mismas es inadecuado para esa situación o problema concreto. Por ejemplo, una estrategia de “evitación” podría ser lo aconsejable en un caso de maltrato de pareja (irse del contexto problemático). En estos casos la víctima debe tratar de alejarse del maltratador, encargándose el psicólogo de dotarla de estrategias que le ayuden a romper el vínculo con esta persona. Esta misma estrategia sería totalmente inadecuada si lo que se pretende es superar un temor o una fobia, pues lo recomendable en estos casos es lograr que la persona afronte la situación temida, comprobando de esta manera que no ocurre aquello que se teme.
El AF pretende por tanto esclarecer cuáles son las secuencias en que se da una conducta problemática y qué procesos de aprendizaje subyacen a la misma (las leyes de aprendizaje implicadas). El AF sería de esta manera diferente para cada caso concreto, incluso en aquellos casos que responderían a una misma etiqueta (ej. Ansiedad, depresión…). En cada caso las respuestas que emite la persona (lo que hace, lo que piensa, cómo reacciona y cómo se siente física y emocionalmente) y que le generan malestar pueden variar, así como también varían los estímulos, personas o situaciones que generan esas respuestas o reacciones y las consecuencias que se derivan de todas esas respuestas. Este conjunto de estímulos antecedentes (A) - respuesta (R) - estímulos consecuentes (C) (Secuencias A-R-C) es lo que hará de cada caso único y lo que justifica intervenciones únicas y adaptadas a cada caso.
Lo anterior nos ayuda a entender también por qué cada caso de “Depresión”, “Ansiedad”, “Problema de Pareja” es único y el nombre que se le da funciona simplemente como una etiqueta que nos ayuda a resumir y a hacernos una idea de “por donde pueden ir los tiros”, pero no nos dice nada acerca de cuáles son los comportamientos problemáticos específicos de la persona (qué hace o qué no hace para estar mal, qué pensamientos está teniendo y cómo éstos están influyendo en su estado anímico y en su conducta…), y menos sobre cómo intervenir. Para comprender el problema en su totalidad y diseñar una intervención verdaderamente adaptada al problema concreto hay que recurrir al AF y desgranar la conducta en sus elementos constituyentes (Antecedentes, Respuesta, Consecuentes).
·         Los Antecedentes son estímulos que desencadenan una respuesta, bien de manera automática porque hemos asociado el estímulo a esa respuesta (ej. Ver a una persona que nos cae mal, nos puede poner de mal humor nada más verla y ese mal humor se plasmará probablemente en nuestro comportamiento con ella, a menos que hagamos algo para controlarlo), o bien porque hemos aprendido que si ante ciertos estímulos (ej. Ver a una madre de buen humor) realizamos ciertas acciones (ej. pedirle llegar más tarde el fin de semana), obtendremos ciertas consecuencias (ej. que nos deje). Las consecuencias pueden ser positivas (Refuerzos) o negativas (Castigos) y en función de ello, optaremos por repetir la conducta (si esta se ve reforzada) o no repetirla (si sabemos que ésta ha sido castigada y aprendemos que podrá volver a serlo en el futuro). Por ejemplo, si un hijo ha podido comprobar tras uno o varios intentos que cuando su madre está enfadada y la pide llegar más tarde, ésta se niega y por el contrario, cuando está de buen humor es más probable que acceda, el hijo aprende a discriminar ante qué situaciones (estímulos antecedentes) debe emitir la conducta (realizar la petición) y ante qué situaciones no.

·         Los Consecuentes de una conducta son, como la palabra indica, las consecuencias que se derivan de la emisión de la misma, y como acabamos de ser, pueden ser positivas (refuerzos) o negativas (castigos). Si una conducta se ve reforzada tenderá a repetirse y si se ve castigada, tenderá a extinguirse. Esto es así porque las personas aprendemos de las contingencias a que nos expone nuestro medio y que se derivan de nuestra conducta.
Del mismo modo que en el lenguaje, cada elemento cumple una función determinada en la construcción gramatical de la oración y ese papel viene precisamente determinado por las normas o leyes gramaticales, cuando se trata de la conducta, cualquier acción, pensamiento, emoción o reacción fisiológica, así como sus antecedentes y consecuentes, cumplen una función dentro de la secuencia de conducta y ese papel dependerá de los procesos de aprendizaje subyacentes a cada una de las conductas analizadas. Siguiendo esta idea, cuando hay un problema psicológico (problema comportamental), éste puede y debe ser analizado en las secuencias que lo componen. Imaginemos que una persona llega a consulta con un bajo estado anímico. La labor del psicólogo será esclarecer a qué se debe ese bajo estado anímico. La conclusión a la que el psicólogo llegue después de hacer la evaluación podría ser la siguiente: Se trata de una persona a la que le ha abandonado la pareja. A partir de ese abandono la persona no ha podido/sabido evitar que rondaran constantemente por su cabeza pensamientos relativos a qué ha fallado, qué ha hecho mal, así como recuerdos sobre los momentos bonitos pasados con la pareja. Estos pensamientos aparecían en muchos momentos del día de manera automática, pero además aparecían con gran frecuencia ante la presencia de estímulos que se habían asociado a la pareja durante el tiempo que duró la relación (ej. A la salida del trabajo por ser el momento en que se quedaba con la pareja, en aquellos lugares que se solía visitar con ésta, viendo la serie de tv que ambos veían juntos, cuando se está con amigos comunes…). La consecuencia de darle vueltas a estos pensamientos es una sensación de gran malestar y tristeza, que además puede ir acompañado de una reducción de las ganas de hacer cosas, de visitar los lugares y los amigos que se frecuentaban con la pareja y de realizar las actividades que se compartían con ésta. Al final todo se convierte en un bucle, porque la persona puede dejar de hacer cosas que le mantendrían distraído, teniendo así más tiempo para pensar en la pareja y en todo aquello que le genera tristeza. Puede terminar abandonando amistades comunes para evitar recordar a la pareja y dejar de hacer las cosas que se compartía con ella para dejar de pasarlo mal. Esto no sería negativo mientas que esos estímulos sean sustituidos por otros (salir con otros grupos, realizar otras actividades diferentes…). El problema vendría si se cae en la inactividad, porque ello acrecentaría ese malestar y el bajo estado de ánimo.
Como vemos en este ejemplo, existen unos antecedentes (estímulos relacionados con la pareja) que elicitan unos pensamientos negativos (recuerdos de la pareja, preguntas sobre qué ha fallado) que tienen como consecuencia la reducción de las ganas de hacer cosas y la sensación de tristeza. Este estado de tristeza puede a su vez convertirse en el antecedente para no realizar actividades, lo que a su vez tiene como contrapartida la pérdida de refuerzos y gratificaciones alternativas y tener más tiempo para pensar en la pérdida de la pareja. La persona así mismo puede optar por evitar aquellas situaciones que le recuerdan a la pareja con el fin de evitar la consecuencia negativa de pasarlo mal, pero en la medida en que no se busquen refuerzos alternativos y se trate de rehacer la vida al margen de la pareja, la semilla del problema está plantada. El psicólogo debe analizar todo esto para comprender ese bajo estado de ánimo y poner medios para modificarlo.
Para modificar conductas disfuncionales e instaurar conductas funcionales el psicólogo se sirve de las Técnicas de Modificación de Conducta, que están basadas en las mismas Leyes de Aprendizaje que subyacen a las secuencias que hemos estado viendo. Estas técnicas han sido avaladas empíricamente a través de investigación de laboratorio y la decisión de aplicar unas técnicas u otras dependerá precisamente del Análisis Funcional del problema, es decir, de cuáles sean los antecedentes, las respuestas y los consecuentes concretos.

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domingo, 22 de mayo de 2011

¿Qué es la Conducta?

La Conducta o Comportamiento es el objeto de estudio de los psicólogos, pero ¿qué es exactamente La Conducta? El término Conducta engloba todo aquello que la persona hace, dice, piensa o siente. Es decir, engloba tanto lo motor y observable, como lo cognitivo (sólo observable por la propia persona) y también aquellas respuestas que están a medio camino entre lo observable y lo encubierto, como son las emociones, que si bien tienen un componente externo y observable (gestos, muecas…), también tienen una parte difícilmente observable (reacción fisiológica acompañante).
Observable y encubierto son adjetivos que ayudan a clasificar las conductas en función del punto de vista de un observador. La única diferencia entre el pensar y el hacer es que mientras lo primero sólo es observable por uno mismo, lo segundo puede ser observado por una audiencia externa. Pero el que algo que hacemos no sea visible al observador (como es el acto de pensar), no quiere decir que aquello sea diferente a cualquier otra conducta o actividad manifiesta. En este sentido, pensar no es más que hablar con nosotros mismos, calcular mentalmente no sería más que una internalización de la conducta de contar con los dedos (paso previo por el que todos pasamos cuando aprendemos a contar). Este es sólo un ejemplo para clarificar cómo tanto lo observable como lo encubierto (lo que ocurre en el interior de la persona, que sólo es observable por él) pertenecen a la misma categoría llamada: Conducta. Todas estas cosas que hacemos para nosotros mismos o ante el resto son Comportamiento. No hay nada que la persona haga, diga, piense, sienta, experimente que no suponga “estar comportándose”. Y puesto que el comportamiento es el objeto de estudio de los psicólogos, todas estas cosas observables y encubiertas, son las que tratamos de explicar.
¿Cómo se puede explicar una conducta encubierta como es el pensamiento?
Es cierto que el psicólogo no puede acceder directamente a lo que la persona se dice a sí misma (lo que está pensando), por ello, no nos queda más remedio que preguntárselo a la persona (porque cada uno sí es observador de sí mismo). Igualmente podemos conocer las reacciones físicas de la persona, preguntándole qué experimenta. Esta manera de evaluación no sería diferente de la utilizada por un médico cuando acudes a su consulta con una serie de síntomas. Los médicos estudian síntomas y los psicólogos conductas, pero en ambos casos, en la mayoría de las ocasiones, hay que recurrir a la información de la propia persona, pues es ésta la que mejor conoce cómo se encuentra y cómo se comporta. Una vez identificados los síntomas (en el caso de los médicos) y las conductas problemáticas (en el caso de los psicólogos) seremos nosotros (médicos o psicólogos) los encargados de proporcionar una explicación de por qué se encuentra así (cuál es su problema de salud) o por qué se comporta así (qué función están cumpliendo esas conductas problemáticas y por qué se mantienen sin que se produzca un cambio pese a generar malestar a la persona). Después de explicados los síntomas médicos y las conductas problema, médicos y psicólogos determinan cuál es la intervención correcta: En el caso de los médicos, la medicación adecuada y en el caso de los psicólogos, la aplicación de unas técnicas o estrategias destinadas a promover los cambios en esas conductas o formas de comportamiento que están siendo problemáticas.
La Conducta como interacción de la persona con el medio que le rodea:
Paralelamente a la definición de conducta como lo que la persona hace, piensa, dice, siente… nos encontramos con que nada de eso que la persona hace, piensa, dice y siente, ocurre en el vacío, sino en un contexto estimular en el que la persona se desenvuelve. Las personas no actuamos porque sí, sino ante algo (que evoca esa acción) o para algo (en busca de una consecuencia positiva o para evitar una consecuencia negativa). No reaccionamos porque sí, sino porque aparece algo que elicita esa respuesta (ej. algo nos asusta, nos despierta una sonrisa, o nos hace pensar). No pensamos sobre nada, sino sobre las cosas de nuestro entorno, por lo que estos pensamientos están relacionados con los estímulos de nuestro medio (los evocadores de esos pensamientos, esas cosas que nos “contamos”). De igual modo, lo que pensamos no siempre nos deja indiferentes, sino que la conducta de pensar tiene una consecuencia: bien llevar a cabo una acción subsiguiente al pensamiento (ponerse a realizar la maleta al tiempo que vas pensando lo que tienes que introducir en ella) o bien reaccionar emocionalmente (alegrarse tras pensar en los sucesos positivos del día).
Como vemos, en términos generales lo que una persona realiza en su entorno es lo que denominamos Conducta. El comportamiento de las personas emerge en la interacción de éstas con su medio o contexto estimular y puede ser analizado en un esquema Estímulo antecedente à Respuesta de la persona à Estímulo Consecuente, dando lugar a cadenas de conductas más y más complejas que pueden ser desglosadas para su estudio.
Al analizar los problemas, los psicólogos desglosaremos las cadenas de conducta de las personas, en busca de esos antecedentes y esos consecuentes relacionados con esos comportamientos. De igual manera se procederá con todo aquello que es encubierto, pues las reacciones internas y lo que la persona se dice a sí misma, también tiene unos antecedentes y puede tener unas consecuencias.

jueves, 5 de mayo de 2011

Las Leyes del Aprendizaje

Las Conductas puede explicarse según unas leyes básicas: las Leyes del Aprendizaje; las cuales han sido demostradas en el laboratorio a través de diseños experimentales que corroboran cómo aprendemos las personas y animales. Estas leyes son puestas en juego día a día en nuestra vida cotidiana y explican cómo en la interacción de las personas con su medio y con los estímulos del contexto (objetos, personas, animales, características de la situación…) se aprenden determinadas conductas que si empiezan a ser repetidas en situaciones similares, pasarán a formar parte del repertorio de conductas de la persona. De esta manera, a través de una primera ejecución y una posterior repetición, una nueva conducta, hasta el momento inexistente en el repertorio de la persona, puede pasar a formar parte de su abanico de comportamientos.
Cuando nacemos disponemos de un conjunto muy reducido de reflejos básicos, a través de los cuales empezamos a explorar y a conocer nuestro mundo estimular. En esa interacción del bebé con el medio, empiezan a aparecer las primeras conductas, que pasarán a ser reforzadas o castigadas en función de las consecuencias que se obtenga a través de ellas. Cuando una conducta obtiene una consecuencia positiva (“Refuerzo”)  <<Ej. Llorar porque se tiene hambre y recibir alimento>>, aumenta la probabilidad de que se vuelva a emitir. Por el contrario, cuando una conducta obtiene una consecuencia negativa (“castigo”)  <<Ej. Meter los dedos en un enchufe y sufrir un chispazo>>, se reduce la probabilidad de que se vuelva a emitir.  En esta interacción constante de la persona con el medio, se empieza a desarrollar el repertorio básico de conductas de cada persona, que será único y diferente para cada cual, pues estará en función de las experiencias de aprendizaje a las que esa persona haya estado expuesta. Este aprendizaje continúa durante toda la vida de la persona. A lo largo de este transcurso vital, el ambiente cambia y la persona se expone a consecuencias diversas. Como resultado, las conductas de la persona se consolidan, se modifican, algunas se eliminan o se aprenden conductas nuevas que satisfacen y nos permiten adaptarnos a las demandas que nos plantea nuestro entorno.
Detrás de todo este proceso de aprendizaje, consolidación, modificación y eliminación de los comportamientos humanos, están las leyes del aprendizaje que son las que los explican y los hacen posibles. Del mismo modo que las leyes de la física están ahí, nos rodean y ejercen su efecto lo queramos o no, las leyes del aprendizaje también operan favoreciendo o dificultando la adaptación de la persona a su medio.
¿Cuáles son las Leyes del Aprendizaje?
Se trata de leyes asociativas que aluden por un lado al modo en que dos estímulos se asocian entre sí de modo que ambos eliciten la misma respuesta (Ej. Si un bebé siempre recibe cariño de su madre, el estímulo “madre” adquiere la capacidad de elicitar las mismas emociones positivas que elicitan las caricias) y por otro lado, al modo en que ciertas conductas se asocian a unas consecuencias positivas o negativas (como las anteriormente aludidas). El tipo de asociaciones que se producen puede ser muy complejo y puede generalizarse a estímulos y situaciones diferentes, lo que posibilita y explica que la conducta humana pueda ser realmente compleja y elaborada. El lenguaje aquí introduce otro factor de complejidad y riqueza. No obstante, pese a lo compleja y variada que pueda ser la conducta humana, TODOS los comportamientos responden a las mismas LEYES básicas.