sábado, 9 de julio de 2011

Intervención Psicológica desde Atención Primaria: Necesidad y utilidad.

En el boletín electrónico que el Colegio Oficial de Psicólogos envía periódicamente a los colegiados se publicó en día 07/07/2011 el artículo “Necesidad y utilidad de la intervención psicológica en pacientes con desórdenes emocionales en atención primaria”, cuyo enlace adjunto al final de esta entrada y que considero relevante para los psicólogos y para la población en general por las repercusiones que esto podría tener de cara a la mejora de la atención sanitaria que se hace dentro del Sistema Nacional de Salud:
En dicho artículo se explica que algunos de los problemas que llevan a las personas al médico de Atención Primaria están relacionados con problemas emocionales y de ansiedad y en tanto en cuanto estos problemas son de carácter psicológico, el tratamiento de elección debería ser una intervención psicológica desde una modelo teórico validado científicamente (como es la Terapia Cognitivo-Conductual, como señalan los autores) y no tanto la intervención farmacológica propia del modelo médico que sigue el Sistema Nacional de Salud. Los autores basan la defensa de dicho argumento en los datos que han ido recogiendo durante los últimos años y en la comparación en eficacia y eficiencia de las intervenciones en el Sistema de Salud español y el de otros países en los que la intervención psicológica, a diferencia de lo que ocurre en España, forma parte de los servicios de Atención Primaria.
Reflexionando sobre el tema, si el Sistema Nacional de Salud quiere dar una respuesta de calidad a todos los problemas de salud que afectan a la población española, nunca se debería dejar de lado la intervención en los problemas psicológicos, ya que lo psicológico influye de manera muy relevante en la salud global de los individuos y no podemos olvidar la interrelación existente entre lo físico y lo psicológico. En este sentido, muchas patologías físicas están relacionadas con problemas de carácter psicológico como pueden ser el estrés y otros problemas de ansiedad, las alteraciones del estado de ánimo, los problemas de la alimentación, los problemas de dolor crónico... Esto indica que los problemas de carácter psicológico tiene su vertiente física de igual modo que los problemas físicos (problemas tradicionalmente médicos) tienen su vertiente psicológica, pues en la medida en que los físico y los psicológico están relacionados y forman un todo, es lógico que esta repercusión bidireccional se dé. Si sabemos que esto es así, sería adecuado que el Sistema Sanitario Público en aras de mejorar la intervención en la salud, se contemplara la incorporación de la intervención psicológica como servicio básico ya desde la Atención Primaria (pues lo psicológico es igual de primario que lo físico cuando hablamos de salud), como de hecho se hace en otros países (Reino Unido, EEUU o Australia), en los  que se  ha demostrado que el tratamiento psicológico proporcionado ya desde esta primera etapa de atención en la salud es más eficaz y eficiente que el tratamiento farmacológico convencional.
Esto es así, porque, por seguir con los problemas de ansiedad o de alteración del estado anímico (englobándolos bajo alguna etiqueta, aunque los problemas siempre hay que analizarlos para cada caso) no se trata de enfermedades sino de PROBLEMAS PSICOLÓGICOS, pues son el resultado de variables del contexto de la persona como pueden ser ciertas condiciones de vida adversas (un divorcio, un despido, un trabajo muy estresante, una muerte de un ser querido, un mal momento económico o familiar, problemas escolares o de aprendizaje en un niño, problemas de relación con los demás…) en confluencia con una falta de habilidades para el manejo de los mismos. Si a unas variables ambientales estresantes o adversas que puede aumentar la probabilidad de que aparezcan problemas de afrontamiento le unimos un déficit de dichas habilidades para dar una respuesta satisfactoria a esas adversidades o situaciones problemáticas (lo que también funciona como una variable que predispone a que se genere un problema), con el tiempo, en la interacción de la persona con ese medio adverso, puede irse desarrollando un problema psicológico. Lo que la persona haga, piense o sienta en relación a esas situaciones adversas que se han producido o se están produciendo en su medio (fracaso laboral o escolar, presión laboral excesiva, una mala racha con la pareja, la muerte de un ser querido…) es lo que va diferenciar que la cosa derive en un problema o no lo haga.
Si lo que la persona hace, siente o piensa le ayuda a adaptarse a esa situación y a seguir adelante, no aparecerá un problema, pero si por el contrario, la forma en que la persona trata de dar respuesta a las demandas de su medio le impide adaptarse adecuadamente y le genera malestar, derivando en problemas de ansiedad o en alteraciones del estado de ánimo, por poner algún ejemplo (y siempre teniendo en cuenta que cada problema es único), estos problemas deben ser resueltos a través de una intervención psicológica, es decir enseñando a la persona (como se propone en el artículo) a manejar las situaciones contextuales adversas que han causado o están manteniendo el problema y a modificar y manejar esos estados emocionales, y esas formas de pensar y de actuar que están siendo problemáticas. Esto es: Enseñando a la persona estrategias de afrontamiento adaptativas.
Se ha demostrado que en la medida en que no se preste atención a las variables ambientales y a los comportamientos problemáticos en la intervención sanitaria, puesto que ambos son los que explican muchos de los problemas por los que consultan las personas, esos problemas se irán perpetuando y agravando en la mayoría de los casos, aún a pesar de estar recibiendo tratamiento farmacológico, y esto es así porque la persona no tiene en su repertorio habilidades o estrategias adecuadas para el manejo de las situaciones de su entorno. Y puesto que la causa de dichos problemas no es médica, sino psicológica, el tratamiento médico no tiene nada que decir, pues simplemente funciona como un parche que, como se explica en el artículo, “sólo reduce temporalmente el afecto negativo y/o la activación fisiológica, pero no modifica su origen” (que es de carácter psicológico: ciertas condiciones del contexto que la persona no sabe manejar o está manejando de una manera inadecuada). Como propone el autor del artículo este hecho puede ser el que explique las altas cifras de prevalencia de los Problemas Emocionales en Atención Primaria.
Para un mayor apoyo de estas afirmaciones, adjunto varios párrafos del artículo en los que se exponen datos de gran interés:
“Los estudios epidemiológicos promovidos por la OMS muestran que dos tercios de los pacientes con trastornos mentales son atendidos en AP, donde el tratamiento farmacológico es el que, tradicionalmente, reciben los pacientes con Problemas Emocionales, el cual no está bien ajustado a la evidencia científica en la mayoría de los casos (sólo un tercio cumple los criterios de mínima adecuación). Por el contrario, es minoritario el tratamiento psicológico empíricamente validado (sólo el 0,9% de los pacientes con un trastorno de ansiedad recibe tratamiento exclusivamente psicológico y el 39% no recibe tratamiento), cuando precisamente el TRATAMIENTO PSICOLÓGICO de tipo COGNITIVO-CONDUCTUAL está considerado como el tratamiento de elección para estos trastornos. A estos datos se añade que, con el tratamiento convencional (farmacológico), se alcanza una alta tasa de abandono (después de las tres primeras visitas), así como de recaídas (tras concluir el tratamiento).
Por todo ello, en estos casos se encuentra que: (1) estos trastornos tienden a cronificarse y a desarrollarse nuevos desórdenes, dando lugar a una elevada comorbilidad con otras enfermedades mentales y/o condiciones físicas crónicas; (2) las personas que lo padecen suelen saturar las consultas de AP (frecuentación 19,1 veces superior a la de los ciudadanos sin DE, ni síntomas emocionales); (3) estos problemas producen un elevado grado de discapacidad (mayor que las enfermedades físicas); y (4) generan altos costes económicos (abuso y dependencia de psicofármacos, bajas laborales, incapacidad laboral transitoria, jubilaciones anticipadas, etc.), sociales (problemas familiares, dificultades para trabajar, etc.) y psicológicos.”
La saturación de las consultas médicas a la que se apunta en este último párrafo, es algo que yo misma he podido comprobar durante mi estancia como psicóloga en prácticas en un Centro de Salud Mental. Muchas de las personas que finalmente terminaban siendo derivadas a la especialidad de psicología habían estado pasando previamente por diversos especialistas, cuando la causa de todos aquellos problemas con una clara y REAL repercusión física, también tenía una importante vertiente psicológica que era necesario tratar. Los problemas físicos que el cuerpo manifiesta como consecuencia de estrés o de un bajo estado anímico muy prolongados en el tiempo, son reales y de ningún modo inventados, pero es muy probable que se reduzcan en la medida en que un psicólogo enseñe a la persona estrategias más adecuadas para manejar aquellos factores que fueron causantes y son hoy por hoy mantenedores de esos problemas. Esto, sin duda, a la larga reducirá gastos en el Sistema de Salud, aunque de entrada pueda generar costes y un gran esfuerzo en modificar el modo en que actualmente está concebido el Sistema Público de Salud. Como señala el artículo: “El sistema sanitario público español adolece de una serie de problemas, como bajo presupuesto sanitario (en relación al PIB), escasez de psicólogos y exceso de gasto farmacéutico (…) el número de psicólogos por 100.000 habitantes es 16,8 veces superior en Bélgica (32 vs. 1,9 en España), o un 76,1% inferior (en España) a la media europea (…). Somos el país de Europa con la mayor demanda de consultas a psiquiatría y psicología por Problemas Emocionales (43,8%). España es el cuarto país de la OCDE en consumo farmacéutico y el consumo de psicofármacos ha crecido al 6% anual en los últimos 5 años, periodo 2004-2009 (Ministerio de Sanidad)”.
El autor del artículo piensa que “una menor inversión en nuestro sistema sanitario, especialmente en el número de psicólogos, la falta de inversión en prevención (5%) o en tratamientos basados en la evidencia científica, podría estar favoreciendo una mayor hiperfrecuentación en AP por parte de los pacientes con Problemas Emocionales. Estas personas no reciben una atención sanitaria de calidad, puesto que no se curan, pero ni siquiera reciben información adecuada sobre sus problemas (el primer componente de los tratamientos eficaces) en los escasos minutos que dura la consulta. Este déficit, estaría siendo "subsanado" con un mayor gasto en psicofármacos (que supone sólo un 9% del gasto sanitario de los Problemas Emocionales). Este gasto farmacológico supone un despilfarro, por el alto abandono de tratamiento, en algunos casos, la automedicación que se prolonga durante años, en otros, el problema de las recaídas, la hiperfrecuentación, y, sobre todo, por la cronificación de problemas, para los que existe solución, como demuestra la evidencia científica (Solución Psicológica). Pero no debemos fijarnos sólo en el gasto farmacológico, sino en las consecuencias globales de no adoptar un tratamiento eficaz y eficiente, como han hecho ya otros países de nuestro entorno.”
Consultar el siguiente enlace para leer este artículo en Infocop:

domingo, 5 de junio de 2011

La Motivación

¿Qué esla "Motivación?
Por lo general, a nivel cotidiano se entiende la motivación como una característica “interna” de la persona, algo que la persona “tiene” y que explica por qué se comporta como lo hace, es decir, por qué estudia con tanto ahínco, por qué le pone tanto entusiasmo a su trabajo y por qué entrena tantas horas para preparar una carrera de atletismo, por poner un ejemplo.
No obstante, la motivación no es observable, es decir, no tiene existencia como una entidad “interna”, sino que debe inferirse precisamente de la conducta que manifiesta la persona, de lo que ésta hace o dice, pues será lo único que nos dé pistas de si existe o no motivación. Por tanto, la motivación la inferimos de ese ahínco, empeño, entusiasmo del que hace gala cuando la persona se comporta ante determinada situación con el fin de lograr determinadas consecuencias positivas (estudiar para aprobar un examen, trabajar duro para lograr un accenso laboral o entrenar muchas horas para ganar una carrera de atletismo) o de evitar determinadas consecuencias negativas (evitar un suspenso, evitar una reprimenda del jefe si no llegas al objetivo, quedar mal posicionado en la carrera).
En este sentido, la motivación no es lo que explica nuestro comportamiento, sino que es lo que describe las características de ese comportamiento. La motivación no es la causa de que nos comportemos entusiastamente, ejecutemos algo con ahínco o trabajemos duro. ¡Eso es a lo que llamamos “motivación” y es lo que tiene que ser explicado! Entusiasmo, ahínco, dureza, son sólo adjetivos que califican una manera en la que una persona puede comportarse en una situación dada, pero no son la causa de ese comportamiento. La causa de ese comportamiento podría ser diferente para cada persona: en algunos casos lo que “motiva” a una persona podría ser el valor del refuerzo que anticipa (aprobar el examen, lograr un ascenso, ganar la carrera), en otros casos la “motivación” se derivará del valor del castigo que se anticipa (un suspenso, una reprimenda, no clasificar en la carrera), en otros casos la “motivación” para hacer algo se deriva de la presencia o ausencia de un estímulo interno o externo previo (por ejemplo que lleves muchas horas sin comer, hará más atractiva la comida y modificará las “ganas” o el “ímpetu” con el que abordas el plato de comida cuando éste se presente, dándole a éste más valor; en el mismo sentido, si llevas mucho tiempo sin hacer deporte, es posible que esa “ausencia de hábito” se manifieste en el modo en que abordemos el reinicio de la actividad deportiva, siendo éste reinicio más “perezoso”; si llevamos mucho tiempo sin ir al cine, cuando aparece la oportunidad de ir, ese “ir al cine” será realizado con mucho más entusiasmo o “ganas” que si hemos ido la tarde anterior).
Como vemos, la motivación nunca explica, sino que describe el modo en el que nos comportamos y se traduce en ciertas características de ese modo en que hacemos las cosas (la frecuencia, la intensidad, la duración, la latencia con que emitimos una conducta), así como en la influencia, el poder o el valor que tienen determinados estímulos externos e internos para evocar esa conducta, para reforzarla o para castigarla. Por ejemplo, estar haciendo la digestión (estado interno) dificulta el que llegada la hora del entrenamiento nos pongamos impetuosos a realizar ejercicio; que venga a visitarnos aquel amigo al que hace tanto que no vemos hace que de repente nos apetezca más unirnos a esa cena de viejos amigos del colegio a la que tanta pereza nos daba asistir; el ver duplicado nuestro sueldo a fin de mes favorece que nos esforcemos más en alcanzar los objetivos; el anticipar lo mal que nos puede sentar comernos todo ese cubo de palomitas favorece el que nos controlemos a la hora de comerlo.
Como conclusión, de todo esto se deriva que la motivación no es una característica interna y permanente de las personas, ni algo que unos tengan y otros no, sino que es algo que depende de variables externas e internas que favorecen y explican su aparición. En este sentido, se pueden hacer cambios en el ambiente para favorecer el desarrollo de “motivación” y la aparición de comportamientos “motivados”. En concreto, en la práctica clínica, son muchas las estrategias de las que hace uso el psicólogo con el objetivo de motivar a la persona para el cambio y favorecer su implicación en la terapia.

domingo, 22 de mayo de 2011

¿Qué es la Conducta?

La Conducta o Comportamiento es el objeto de estudio de los psicólogos, pero ¿qué es exactamente La Conducta? El término Conducta engloba todo aquello que la persona hace, dice, piensa o siente. Es decir, engloba tanto lo motor y observable, como lo cognitivo (sólo observable por la propia persona) y también aquellas respuestas que están a medio camino entre lo observable y lo encubierto, como son las emociones, que si bien tienen un componente externo y observable (gestos, muecas…), también tienen una parte difícilmente observable (reacción fisiológica acompañante).
Observable y encubierto son adjetivos que ayudan a clasificar las conductas en función del punto de vista de un observador. La única diferencia entre el pensar y el hacer es que mientras lo primero sólo es observable por uno mismo, lo segundo puede ser observado por una audiencia externa. Pero el que algo que hacemos no sea visible al observador (como es el acto de pensar), no quiere decir que aquello sea diferente a cualquier otra conducta o actividad manifiesta. En este sentido, pensar no es más que hablar con nosotros mismos, calcular mentalmente no sería más que una internalización de la conducta de contar con los dedos (paso previo por el que todos pasamos cuando aprendemos a contar). Este es sólo un ejemplo para clarificar cómo tanto lo observable como lo encubierto (lo que ocurre en el interior de la persona, que sólo es observable por él) pertenecen a la misma categoría llamada: Conducta. Todas estas cosas que hacemos para nosotros mismos o ante el resto son Comportamiento. No hay nada que la persona haga, diga, piense, sienta, experimente que no suponga “estar comportándose”. Y puesto que el comportamiento es el objeto de estudio de los psicólogos, todas estas cosas observables y encubiertas, son las que tratamos de explicar.
¿Cómo se puede explicar una conducta encubierta como es el pensamiento?
Es cierto que el psicólogo no puede acceder directamente a lo que la persona se dice a sí misma (lo que está pensando), por ello, no nos queda más remedio que preguntárselo a la persona (porque cada uno sí es observador de sí mismo). Igualmente podemos conocer las reacciones físicas de la persona, preguntándole qué experimenta. Esta manera de evaluación no sería diferente de la utilizada por un médico cuando acudes a su consulta con una serie de síntomas. Los médicos estudian síntomas y los psicólogos conductas, pero en ambos casos, en la mayoría de las ocasiones, hay que recurrir a la información de la propia persona, pues es ésta la que mejor conoce cómo se encuentra y cómo se comporta. Una vez identificados los síntomas (en el caso de los médicos) y las conductas problemáticas (en el caso de los psicólogos) seremos nosotros (médicos o psicólogos) los encargados de proporcionar una explicación de por qué se encuentra así (cuál es su problema de salud) o por qué se comporta así (qué función están cumpliendo esas conductas problemáticas y por qué se mantienen sin que se produzca un cambio pese a generar malestar a la persona). Después de explicados los síntomas médicos y las conductas problema, médicos y psicólogos determinan cuál es la intervención correcta: En el caso de los médicos, la medicación adecuada y en el caso de los psicólogos, la aplicación de unas técnicas o estrategias destinadas a promover los cambios en esas conductas o formas de comportamiento que están siendo problemáticas.
La Conducta como interacción de la persona con el medio que le rodea:
Paralelamente a la definición de conducta como lo que la persona hace, piensa, dice, siente… nos encontramos con que nada de eso que la persona hace, piensa, dice y siente, ocurre en el vacío, sino en un contexto estimular en el que la persona se desenvuelve. Las personas no actuamos porque sí, sino ante algo (que evoca esa acción) o para algo (en busca de una consecuencia positiva o para evitar una consecuencia negativa). No reaccionamos porque sí, sino porque aparece algo que elicita esa respuesta (ej. algo nos asusta, nos despierta una sonrisa, o nos hace pensar). No pensamos sobre nada, sino sobre las cosas de nuestro entorno, por lo que estos pensamientos están relacionados con los estímulos de nuestro medio (los evocadores de esos pensamientos, esas cosas que nos “contamos”). De igual modo, lo que pensamos no siempre nos deja indiferentes, sino que la conducta de pensar tiene una consecuencia: bien llevar a cabo una acción subsiguiente al pensamiento (ponerse a realizar la maleta al tiempo que vas pensando lo que tienes que introducir en ella) o bien reaccionar emocionalmente (alegrarse tras pensar en los sucesos positivos del día).
Como vemos, en términos generales lo que una persona realiza en su entorno es lo que denominamos Conducta. El comportamiento de las personas emerge en la interacción de éstas con su medio o contexto estimular y puede ser analizado en un esquema Estímulo antecedente à Respuesta de la persona à Estímulo Consecuente, dando lugar a cadenas de conductas más y más complejas que pueden ser desglosadas para su estudio.
Al analizar los problemas, los psicólogos desglosaremos las cadenas de conducta de las personas, en busca de esos antecedentes y esos consecuentes relacionados con esos comportamientos. De igual manera se procederá con todo aquello que es encubierto, pues las reacciones internas y lo que la persona se dice a sí misma, también tiene unos antecedentes y puede tener unas consecuencias.

jueves, 5 de mayo de 2011

Las Leyes del Aprendizaje

Las Conductas puede explicarse según unas leyes básicas: las Leyes del Aprendizaje; las cuales han sido demostradas en el laboratorio a través de diseños experimentales que corroboran cómo aprendemos las personas y animales. Estas leyes son puestas en juego día a día en nuestra vida cotidiana y explican cómo en la interacción de las personas con su medio y con los estímulos del contexto (objetos, personas, animales, características de la situación…) se aprenden determinadas conductas que si empiezan a ser repetidas en situaciones similares, pasarán a formar parte del repertorio de conductas de la persona. De esta manera, a través de una primera ejecución y una posterior repetición, una nueva conducta, hasta el momento inexistente en el repertorio de la persona, puede pasar a formar parte de su abanico de comportamientos.
Cuando nacemos disponemos de un conjunto muy reducido de reflejos básicos, a través de los cuales empezamos a explorar y a conocer nuestro mundo estimular. En esa interacción del bebé con el medio, empiezan a aparecer las primeras conductas, que pasarán a ser reforzadas o castigadas en función de las consecuencias que se obtenga a través de ellas. Cuando una conducta obtiene una consecuencia positiva (“Refuerzo”)  <<Ej. Llorar porque se tiene hambre y recibir alimento>>, aumenta la probabilidad de que se vuelva a emitir. Por el contrario, cuando una conducta obtiene una consecuencia negativa (“castigo”)  <<Ej. Meter los dedos en un enchufe y sufrir un chispazo>>, se reduce la probabilidad de que se vuelva a emitir.  En esta interacción constante de la persona con el medio, se empieza a desarrollar el repertorio básico de conductas de cada persona, que será único y diferente para cada cual, pues estará en función de las experiencias de aprendizaje a las que esa persona haya estado expuesta. Este aprendizaje continúa durante toda la vida de la persona. A lo largo de este transcurso vital, el ambiente cambia y la persona se expone a consecuencias diversas. Como resultado, las conductas de la persona se consolidan, se modifican, algunas se eliminan o se aprenden conductas nuevas que satisfacen y nos permiten adaptarnos a las demandas que nos plantea nuestro entorno.
Detrás de todo este proceso de aprendizaje, consolidación, modificación y eliminación de los comportamientos humanos, están las leyes del aprendizaje que son las que los explican y los hacen posibles. Del mismo modo que las leyes de la física están ahí, nos rodean y ejercen su efecto lo queramos o no, las leyes del aprendizaje también operan favoreciendo o dificultando la adaptación de la persona a su medio.
¿Cuáles son las Leyes del Aprendizaje?
Se trata de leyes asociativas que aluden por un lado al modo en que dos estímulos se asocian entre sí de modo que ambos eliciten la misma respuesta (Ej. Si un bebé siempre recibe cariño de su madre, el estímulo “madre” adquiere la capacidad de elicitar las mismas emociones positivas que elicitan las caricias) y por otro lado, al modo en que ciertas conductas se asocian a unas consecuencias positivas o negativas (como las anteriormente aludidas). El tipo de asociaciones que se producen puede ser muy complejo y puede generalizarse a estímulos y situaciones diferentes, lo que posibilita y explica que la conducta humana pueda ser realmente compleja y elaborada. El lenguaje aquí introduce otro factor de complejidad y riqueza. No obstante, pese a lo compleja y variada que pueda ser la conducta humana, TODOS los comportamientos responden a las mismas LEYES básicas.


lunes, 25 de abril de 2011

La Psicología… ¿Una Disciplina Científica?

La Psicología es una disciplina que contempla diferentes áreas de estudio y aplicación (laboral, educativa, clínica…) y esto es posible porque en todas estas áreas (y en todos los ámbitos de la vida humana) hay COMPORTAMIENTO. Es decir, en todas estas áreas la persona: actúa, piensa, siente, reacciona… Y por tanto, en todas estas áreas, los comportamientos humanos pueden ser analizados, aprendidos, modificados o eliminados.

La conducta humana es el objeto de estudio e intervención de la Psicología, aunque con objetivos diferentes en función del ámbito de aplicación, ya que los problemas que se presentan, por ejemplo en el área de Recursos Humanos y de Gestión de Personal, son diferentes a los que se presentan en un Colegio o en el contexto de una Terapia Psicológica. No obstante, el objeto de análisis es siempre el mismo: La Conducta; y los mecanismos teóricos que explican dichas conductas y que hacen posible su cambio, también lo son. Estos mecanismos explicativos son las Leyes del Aprendizaje (Leyes que explican cómo se aprenden y se mantienen las diferentes conductas que se encuentran en el repertorio de cada persona). Estas leyes se han demostrado y puesto a prueba experimentalmente, y ello hace posible la consideración de la Psicología como Ciencia de la Conducta, al menos, cuando el ejercicio psicológico se realiza desde este enfoque teórico (Psicología Conductual o  Análisis de Conducta).
¿De qué enfoque teórico hablamos?
En el ámbito teórico y en la vertiente aplicada, la corriente del Análisis de Conducta (sinónimos son: Terapia de Conducta o Modificación de Conducta), se ha preocupado de desgranar a partir de una investigación experimental, cuáles son esas Leyes que explican el modo en que las personas (y animales) aprendemos y nos comportamos. Estas Leyes básicas, ya fueron demostradas en los años 50 gracias a la labor de muchos investigadores entre los que podemos destacar a Pavlov y a Skinner. En base a sus descubrimientos sobre el Condicionamiento Clásico y el Condicionamiento Operante, respectivamente, se desarrollaron Técnicas de Intervención  clínica. Todo ello permitió que el enfoque de la Psicología como una Ciencia de la Conducta establecida sobre bases rigurosas y contrastables (cada vez más distanciada de la corriente psicoanalítica imperante) se fuera consolidando, gracias a los potentes resultados que se obtenían, tanto en el laboratorio, como con su aplicación en el ámbito clínico.