martes, 9 de agosto de 2011

¿Por qué la gente cambia en terapia?

*Esta reflexión está basada en el artículo que con el mismo nombre, Froján, M.X., Montaño, M. y Calero, A. publicaron en la revista Psicothema en 2006 (ver referencias).
Son varios los estudios que han aportado evidencias sobre los efectos beneficiosos de la Terapia Psicológica en las personas que buscan ayuda en ella (entre ellos el de Seligman en 1995). Con la evidencia de estos resultados, parece claro que la psicoterapia produce mejorías en la mayoría de las personas que hacen uso de ella, sea cual sea la orientación o modelo teórico desde el que se intervenga. Pero… ¿Qué hace que las intervenciones psicológicas funcionen?, ¿Qué procesos subyacentes a la terapia explican el cambio de las personas?...
El proceso terapéutico se caracteriza por ser una interacción verbal entre el Terapeuta (T) y el Cliente (C), que se desarrolla en el marco de un contexto controlado (la sesión) y en un clima de confidencialidad, confianza y aceptación (ausencia de críticas y juicios negativos). Se trata además de una relación profesional, pues la persona acude en busca de ayuda y paga por los servicios que el T le ofrece, motivo por el cual, es más apropiado llamarle cliente (sobre todo en el ámbito de la intervención privada), pues además, la persona no es un mero receptor “paciente” o pasivo del tratamiento, sino que adquiere un papel activo en el proceso de resolución y afrontamiento de los problemas que le llevan a sesión. La persona se pone en manos del T depositando en él la confianza en su capacidad como profesional y confiándole sus problemas y preocupaciones con el objetivo de que aquél pueda poner a su disposición sus conocimientos para ayudarle a resolverlos.


La intervención terapéutica es eminentemente verbal. Durante la interacción T-C se traen a sesión a través del lenguaje los problemas que afectan a la persona en su contexto natural (fuera de la sesión) y el T da pautas que ayuden al C a modificar dichos problemas fuera del contexto clínico (a través de la aplicación de las técnicas entrenadas en sesión y de las conductas modificadas durante la misma). El objetivo último será que los cambios propiciados en sesión se hagan efectivos en el contexto natural, generalizándose y consolidándose como parte del repertorio de conductas del cliente.
Lo más interesante de todo es que prácticamente todo el cambio en la conducta del cliente resultante de la Terapia, es producto de la interacción verbal que se establece entre el Psicólogo y el cliente en el transcurso de las sesiones. Esta interacción verbal permite modificar las secuencias de interacción y las contingencias que hasta ahora controlaban las conductas problema, favoreciendo en su lugar el aprendizaje, la generalización y la consolidación de otras conductas más beneficiosas y menos problemáticas para la persona.
Dicho esto, ya tenemos el punto de partida para entender por qué cambian las personas en terapia: La Terapia se desarrolla en un contexto de interacción verbal en el que obviamente se ponen en marcha una serie de procesos de aprendizaje que explican los cambios de conducta del cliente. Como explica María Xesús Froján y cols. (estudio no publicado): “Analizar la conducta de los profesionales de la psicología clínica en sesión cuando interactúan con sus clientes puede ayudarnos a clarificar los procedimientos que utilizan, a comprender cómo y por qué funciona el tratamiento psicológico y por tanto, a diseñar formas de intervención más eficaces”. Esto último (diseñar intervenciones eficaces) es clave para una práctica psicológica de calidad, comprometida con el cliente y con la investigación empírica.
No podemos olvidar que desde sus orígenes como disciplina, la Psicología ha tratado de reivindicar su carácter científico. En el ámbito específico de la Terapia y la práctica clínica, surgió la Terapia de conducta con el objetivo de competir con  otros modelos de psicoterapia imperantes que carecían de rigor y base científica o empírica demostrada. Eso hizo necesario que los psicólogos conductuales pusieran énfasis en el estudio de los resultados de la aplicación de las diversas técnicas de intervención con el fin de determinar el grado de eficacia de cada una de ellas para distintas problemáticas desde el rigor experimental. A lo largo de estos años, estas investigaciones han tenido sus frutos y sus conclusiones han permitido elaborar guías y manuales sobre tratamientos eficaces, situándose las técnicas cognitivo-conductuales como las empíricamente más validadas en cuanto a eficacia se refiere.
Si bien, la investigación de resultados es importante, la obtención de dichos resultados depende y sólo se hace posible en el marco de un proceso terapéutico que es condición indispensable para la evaluación del problema, el Análisis Funcional del mismo (determinar qué variables mantienen el problema), el entrenamiento en las técnicas de intervención, las indicaciones para su puesta en práctica fuera de la sesión y el refuerzo de los resultados y cambios positivos (entre otras actividades características de la terapia psicológica). Todas estas actividades que se llevan a cabo en el proceso de la terapia, harán finalmente posible la obtención de ciertos resultados de cambio. Por ello también se hace relevante y necesario un estudio de procesos, es decir, un análisis empírico de los procesos que tienen lugar en el marco de la interacción T-C, el cual nos ayudará a esclarecer qué cosas hace el psicólogo para favorecer el cambio del cliente. Cuanto mejor conozcamos lo que funciona y lo que no, en mejores condiciones estaremos de de mejorar nuestra labor como clínicos, reduciendo cada vez más la distancia entre la investigación y la práctica clínica (tendencia a la que se aspira actualmente). (APA Task Force on Evidence-Based Practice, 2006).
El intento de desgranar el proceso de interacción T-C durante la terapia a través del Análisis Funcional de lo que ocurre en sesión tiene sus orígenes en las investigaciones de Willard Day y su equipo en la Universidad de Nevada durante los años 80. Su objetivo era identificar las contingencias antecedentes y consecuentes que controlaban la conducta verbal en sesión, basándose en los principios del condicionamiento clásico y operante. Persiguiendo el mismo objetivo encontramos actualmente la línea de investigación de MX. Froján y su equipo en la Universidad Autónoma de Madrid, que trata de arrojar luz sobre los procesos de aprendizaje que se ponen en marcha en sesión a través de la interacción verbal (como principal vehículo para el cambio) y que hacen posible el cambio en la conducta del cliente. Esta línea de investigación resulta muy prometedora puesto que, en palabras de Froján y su equipo (2006) “es un primer paso para la comprensión del fenómeno clínico, así como para reducir la distancia que separa la investigación de la práctica clínica”. La investigación de resultados “ayuda a saber qué funciona, con quién y bajo qué circunstancias, pero creemos que resulta imprescindible identificar qué procesos explican dicho cambio (…) con el objetivo de desarrollar formas de intervención más eficaces”.
Los estudios de este equipo se basan en la premisa compartida por la Psicoterapia Analítico-Funcional de que “gran parte de la conducta del cliente es moldeada y mantenida por los procesos de reforzamiento que se dan continuamente en la clínica y que ocurren de manera natural en la sesión”. Independientemente del modelo psicoterapéutico desde el que se trabaje, a través de su conducta, terapeuta y cliente moldean el comportamiento del otro. Partiendo de este supuesto, si consideramos aquellas conductas del clínico que logran cambios positivos con mayor eficacia, podremos aumentar nuestra potencia como agentes de cambio, convirtiéndonos en mejores profesionales y más rigurosos. Personalmente considero que además, este tipo de investigaciones contribuyen a aumentar nuestro valor como profesionales, abalando el carácter científico de nuestra disciplina y desmintiendo los prejuicios existentes sobre los profesionales de nuestro campo, tachados en ocasiones de “charlatanes”. En la medida en que estemos en contacto con la investigación en intervención psicológica estaremos en mejores condiciones para desarrollar nuestra labor como psicólogos y contribuir con nuestra aportación a una Psicología mejor, más rigurosa y científica, algo por lo que los psicólogos llevamos luchando desde los años 50 y que es lo que nos permitirá en el futuro tener el lugar que nos corresponde por derecho propio en el ámbito de la Salud (ya sea a través del ejercicio privado o público).
Algunos de los principales resultado a que se ha llegado en la línea de investigación seguida por el equipo de la antes mencionada M.X. Froján, son a modo de resumen los siguientes (pueden consultarse con mayor profundidad en el estudio referenciado, así como en la página web de la investigadora):
·         El Análisis Funciona de la interacción T-C ha permitido clasificar la conducta verbal del T en una serie de categorías en relación a la función que parecen cumplir:

1.       Discriminativa: Emisión del terapeuta que da pie a una conducta del cliente que va seguida de reforzamiento o castigo (Ejemplo: petición de información, incitación a hablar sobre una determinada cuestión, pedir que haga un ejercicio de respiración, etc.)
2.       Evocadora: Verbalización del terapeuta que da lugar a una respuesta emocional manifiesta en el cliente acompañada de verbalización o no (Ejemplo: llanto, risa, «me estoy poniendo nervioso», etc.)
3.       De refuerzo: Conducta del terapeuta que muestra aprobación, acuerdo o aceptación de la conducta emitida por el cliente. En un nivel de análisis diferente se considera función de refuerzo la verbalización del terapeuta que sigue a cada verbalización del cliente pues aumenta la probabilidad de que éste continúe hablando
4.       De castigo: Conducta del terapeuta que muestra desaprobación, rechazo o no aceptación de la conducta emitida por el cliente.
5.       Instruccional: Verbalización del terapeuta encaminada a fomentar la aparición de una conducta futura del cliente fuera del contexto clínico. No se han de mencionar las consecuencias explícitamente
6.       Motivacional: Verbalizaciones del terapeuta en las que se hace referencia al carácter reforzante del reforzador, con o sin alusión explícita a la conducta a emitir para lograrlo (Ejemplo: destacar lo bien que se sentirá el cliente si practica la relajación con frecuencia)
7.       Informativa: Verbalización del terapeuta con el objetivo de transmitir un conocimiento técnico o clínico a una persona no experta.

·         Además, parece que el proceso de terapia estaría caracterizado por una serie  de actividades clínicas (evaluación, explicación, propuesta de tareas y pautas de actuación fuera de sesión, debate de ideas y charla intrascendente) cuya presencia en sesión variaría a lo largo de la terapia de acuerdo con los objetivos a abordar.

·         Cada una de las actividades anteriores se caracterizará por la predominancia de algunas de las funciones previamente descritas, guardando esta prevalencia relación con la fase de la terapia en la que nos encontremos y del objetivo que se busque. (ampliar en el artículo).

Referencias:
Froján, M.X., Montaño, M. y Calero, A. (2006). ¿Por qué la gente cambia en terapia? Un estudio preliminar. Psicothema, 18(4), 797-803. (Pinchar aquí)
Seligman, M.E.P. (1995). The effectiveness of psychotherapy. The Consumer Reports Study. American Psychologist, 50, 965-974.
APA Task Force on Evidence-Based Practice (2006). Evidence-based practice in psychology. American Psychologist, 61, 271-285.
Froján Parga, M. X., Montaño Fidalgo, M., Calero Elvira, A. y Ruiz Sancho, E. (2011). Aproximación al Estudio Funcional de la Interacción Verbal entre Terapeuta y Cliente Durante el Proceso Terapéutico. 1er. Premio de la XVII edición del Premio de Psicología Aplicada Rafael Burgaleta 2010. Clínica y Salud, 22(1), 69-85.  (Pincha aquí)

domingo, 7 de agosto de 2011

Psicología, Psiquiatría y Medicina: Similitudes y Diferencias

¿De qué se ocupa la psicología?, ¿Qué hace el psicólogo?, ¿De qué se diferencia el Psicólogo del Psiquiatra?, ¿Son los psicólogos médicos?, ¿Pueden los psicólogos medicar?, ¿Es la psicología una disciplina médica?...
Estas y otras dudas son muy frecuentes entre las personas que acuden a psicólogos o psiquiatras por primera vez, así como entre la población en general. Es conveniente aclararlas, pues si bien existen aspectos comunes entre la Psicología, la Psiquiatría y la Medicina (las tres se dedican al ámbito de la salud), también son muchos los aspectos que las diferencian. A continuación intentaré clarificar algunas de estas similitudes.
1.       La Psicología y la Medicina son disciplinas independientes cuyo campo de estudio e intervención es distinto, así como distinta es su manera de describir y explicar los problemas de los que se ocupan.

a)      Campo de estudio: Si bien el objetivo de ambas es a grandes rasgos promover e incrementar la salud de las personas, los problemas de los que se ocupen y el modo en que lo hacen es distinto. La Medicina se ocupa de enfermedades, es decir, de problemas con base orgánica. La Psicología se ocupa de Problemas Psicológicos, cuya base es contextual o ambiental, es decir, son problemas que emergen en la interacción entre la persona (con las estrategias de afrontamiento que tenga en su repertorio) y sus circunstancias vitales. En la medida en que la interacción sea satisfactoria y la persona logre una adaptación a su entorno, no existiría ningún problema, pero si dicha interacción no es satisfactoria y genera malestar, podemos encontrarnos ante un problema psicológico incipiente. Como vemos, no hay ninguna base orgánica en este tipo de problemas, sino que se trata en el caso de lo psicológico, del resultado de un aprendizaje: En la interacción con su ambiente a lo largo de su historia de aprendizaje, la persona ha podido no aprender ciertas estrategias o habilidades que le permitirían superar determinadas situaciones negativas o difíciles del entorno, o bien, las habilidades que ha aprendido pueden no serle útiles en esta ocasión o incluso ser generadoras de malestar. Por ejemplo, una persona que ha perdido a su pareja en un accidente de tráfico podría dejar de hacer todas aquellas actividades que antes compartía con su pareja con el fin de no recordarla y pasarlo mal. Esta estrategia de evitación que inicialmente podría ayudar a la persona a reducir su dolor, a medio-largo plazo llegaría a ser contraproducente, pues la persona se alejaría cada vez más de su entorno social y no sólo no se expondría a actividades, contextos y personas que le podrían volver a reportar gratificación, sino que además favorece el que la persona se exponga a todos aquellos pensamientos y sentimientos negativos relacionados con la pérdida de la pareja, sin permitirse distraerse con otro tipo de estimulación. Con el tiempo, una estrategia que inicialmente pudo ser beneficiosa para la persona, puede convertirse en sí misma en problemática y contribuir a agravar el problema inicial. El aislamiento social, la pérdida de refuerzos, la falta de actividad, la frecuencia de pensamientos negativos… preparan el camino para lo que comúnmente se conoce como Depresión (que no es otra cosa que un problema caracterizado por la presencia de un bajo estado anímico que puede manifestarse de manera distinta en cada caso: presencia de pensamientos negativos, desgana y reducción de la actividad, llanto frecuente…)

b)      Modo de Intervención: Partiendo de que ambas disciplinas se ocupan de problemáticas distintas (orgánicas vs. aprendidas), es lógico que el modo de intervención también sea distinto. La medicina utilizará fármacos destinados a modificar los síntomas físicos de la patología, así como el agente causante de las mismas (ej. Cuando tenemos anginas se nos recetará un antibiótico que acabe con la infección bacteriana y además, probablemente un antiinflamatorio y antipirético para reducir el dolor y la fiebre causados por la infección; si lo que tenemos es un problema hormonal, los fármacos estarán destinados a controlar los niveles de dicha hormona). La Psicología por su parte, hará uso de las Técnica de Intervención  Psicológica, basadas en las leyes y principios de aprendizaje para enseñar y ayudar a la persona a que por sí misma modifique las circunstancias negativas de su entorno o aprenda y utilice otras estrategias más adecuadas para el afrontamiento de las mismas, derivando de ello un mayor bienestar, o al menos, reduciéndose el malestar inicial. En este sentido, la psicología no recurriría en primera instancia a la farmacología (la función de recetar fármacos no está entre las competencias de los psicólogos por no ser médicos), no obstante, sí podría trabajarse en coordinación con los médicos en los casos en que haya patologías orgánicas o problemas físicos asociados a un problema psicológico que requirieran una medicación (ej. a raíz de un problema de ansiedad o de estrés puede haber repercusiones físicas como problemas digestivos, estados de fatiga, dermatitis, caída de pelo…; a raíz de una enfermedad como podría ser la esclerosis múltiple, podría derivarse un trastorno del estado de ánimo… en estos y otros casos, podría ser necesaria una intervención que combinara terapia psicológica y medicación).

Incluso en momentos puntuales, cuando los problemas psicológicos son de intensidad severa, puede ser útil recurrir al uso de psicofármacos recetados por psiquiatras. En estos casos, la medicación tendría como función mitigar ciertos síntomas que pueden dificultar la intervención psicológica para facilitarla. No obstante, las pastillas nunca modificarían las circunstancias vitales que han originado el problema y si la aparición de éste se debe a la inexistencia de ciertas habilidades de afrontamiento o a la utilización de unas estrategias inadecuadas, ésta no nos resolvería nada. Funcionaría simplemente como un “parche sintomático” pero no nos enseña nada sobre cómo resolver el problema y no modifica las circunstancias que lo han generado. En este sentido, son muchos los estudios que han resaltado la mayor eficacia a largo plazo que ha demostrado tener la intervención psicológica versus la intervención con psicofármacos cuando se trata de problemas psicológicos, así como el ahorro económico que conllevaría primar este tipo de intervenciones sobre las psicofarmacológicas (ej. The National Institute for Healh and Clinical Excellence “NICE” y The Centre for Economic Performance´s Mental Health Policy Group de la Escuela Económica de Londres).

2.       La Psiquiatría es una especialidad dentro de la medicina: Los Psiquiatras son médicos que se especializan en el tratamiento de lo que se han denominado trastornos mentales. En este caso, su modo de conceptualizar los problemas sobre los que intervienen y el modo de abordarlos responde al modelo médico, propio de la disciplina en la que se enmarca: La medicina. Pese a que muchas veces Psicólogos y Psiquiatras intervienen en el mismo tipo de problemáticas, la forma de entender estos problemas y la intervención que se les da es diferente. Veamos cuales son estas diferencias en el siguiente punto.

3.       La Psicología es una disciplina en sí misma, con un modelo propio (el Modelo Psicológico) que se diferencia del Modelo Médico al que se adscribe la Psiquiatría, que no es una disciplina sino una especialidad dentro de una disciplina más amplia (la medicina). En este sentido, aunque psicólogos y psiquiatras compartan el mismo campo de intervención (los llamados trastornos psicológicos o trastornos mentales), unos y otros no los definen, ni por tanto intervienen de igual manera.
Los psicólogos defendemos que los problemas psicológicos son aprendidos y desarrollados en la interacción que hace la persona con su medio, mientras que los psiquiatras, en el marco de su modelo médico, proponen causas orgánicas internas para explicarlos. La teoría en la que se sustentan es la de los desequilibrios neuroquímicos en el cerebro. Esta teoría defiende que los problemas mentales serían el resultado de una alteración en los niveles de ciertos neurotransmisores y que la forma de actuar de las personas serían los síntomas de dicha patología interna. Esto no les diferencia de otras patologías médicas como las anginas (infección bacteriana en las amígdalas) y los síntomas físicos que producen (ej. dolor muscular, dolor de cabeza y en las amígdalas, fiebre…). El paralelismo con la medicina, su disciplina madre, es claro, y del mismo modo lo es la estrategia de intervención: El Psicofármaco (fármacos cuyo objetivo de acción es el cerebro y la modificación de los niveles de neurotransmisores que se hipotetizan alterados).


La administración de psicofármacos por parte de los psiquiatras se ha basado desde hace años en la hipótesis del desequilibrio neuroquímico, no obstante, estos desequilibrios aún no han podido ser probados para ninguna de los trastornos mentales recogidos en los manuales diagnósticos. Son muchas las investigaciones que ponen de manifiesto estos hechos, y profesionales de este campo han hecho públicas afirmaciones como las siguientes:
-        Dr. David Burns, ganador del premio A.E. Bennett de la Sociedad de Bioética de Psiquiatría, dijo: “pasé los primeros años de mi carrera, investigando tiempo completo el metabolismo de la serotonina, pero nunca encontré ninguna evidencia convincente de que cualquier trastorno psiquiátrico, incluyendo la depresión, fuera debido a una deficiencia de serotonina del cerebro, de hecho no hay forma de medir los niveles de serotonina en una persona viva, por lo que no hay forma de probar éstas teorías".
-        Dr. Steven Sharfestein, expresidente de la Asociación Americana Psiquiátrica (APA) tuvo que retractarse públicamente ante el boom de la teoría neuroquímica diciendo que "no existe ninguna prueba contundente de laboratorio que determine la existencia de un desequilibrio químico en el cerebro".
-        El psicólogo Bruce Levine, autor de Commonsense Rebellion (La Rebelión del Sentido Común) dice en su libro que “no se han establecido marcadores bioquímicos o genéticos para el trastorno por déficit de atención, el trastorno oposicionista desafiante, la depresión, esquizofrenia, ansiedad, compulsión por el alcohol o el abuso de drogas, sobrealimentarse, apostar, o ningún otro de las supuestas enfermedades, males o trastornos mentales”
No obstante, pese a todos estos datos (o ausencia de ellos), anualmente la industria farmacológica mueve alrededor de 13 millones de dólares.
Volviendo a las diferencias entre Psicología y Psiquiatría, estas se pueden resumir en las siguientes:
a)      Atribución causal del problema: Aprendidas o derivadas de las circunstancias vitales, en el caso de la Psicología, versus orgánicas (desequilibrios neuroquímicos), en el caso de la Psiquiatría.

b)      Intervención en el problema: Haciendo uso de las Técnicas de Intervención Psicológica (psicología), administrando Psicofármacos (Psiquiatría).

Conclusiones:
·         Psicólogos, Psiquiatra y Médicos trabajan en el ámbito de la salud con el objetivo general de mejorarla y favorecer el bienestar de las personas.

·         Psicólogos y Psiquiatras se dedicarían al ámbito concreto de la salud psicológica o mental, interviniendo en los problemas de salud concernientes a este campo específico.

·         Mientras que la Psicología es una disciplina en sí misma, diferente de la psicología, la Psiquiatría es una especialidad dentro de la Medicina.

·         Los Psiquiatras y los Médicos trabajan bajo un Modelo Médico que atribuye causas orgánicas a los problemas de salud (física o mental) e intervendría a través de la administración de fármacos destinados a eliminar los síntomas de la patología.

·         Los Psicólogos trabajan bajo un Modelo Psicológico que establece las causas de los problemas en el aprendizaje que tiene lugar durante el proceso de interacción entre la persona y su contexto o circunstancias de vida. Desde esta perspectiva la intervención se realizaría enseñando a la persona nuevas estrategias de afrontamiento que le permitan llevar a cabo una interacción más positiva con su entorno, así como modificar los elementos negativos de éste (cuando sea posible). Todo esto se lleva a cabo a través del uso de Técnicas de Intervención Psicológica que ponen en juego los principios de aprendizaje.

·         Los Psicólogos no somos médicos y por tanto, no podemos recetar medicamentos, ni tampoco es el objetivo que estos profesionales buscamos, pues nuestro objetivo último es que sea la propia persona la que adquiera la capacidad de superar y hacer frente por si misma los problemas por los que acude a sesión. Sólo de esta manera será posible no sólo resolver el problema de raíz, sino prevenir problemas futuros similares.

·         Los psicólogos sí podemos trabajar de manera conjunta con médicos y psiquiatras cuando sea preciso que la persona tome alguna medicación, ya sea de manera crónica (cuando tenga alguna enfermedad física que así lo exija), como de manera temporal, en el caso de algún problema físico esporádico o cuando la intensidad del problemas psicológico así lo requiera (en este último caso, se debe valorar muy bien la indicación de tomar o no medicación, así como el modo de retirarla).


Documentos Relacionados:









Froján parga, MX; Santacreu, J (1999). Que es un Tratamiento Psicológico. Madrid: Biblioteca Nueva.
González Pardo, H. y Pérez Álvarez, M. (2007). La invención de trastornos psicológicos. ¿Escuchando al fármaco o al paciente?. Alianza Editorial.
Levine, B. (2003). Commonsense Rebellion: Taking Back Your Life from Drugs, Shrinks, Corporations, and a World Gone Crazy Nueva York-Londres: Continuum.
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viernes, 5 de agosto de 2011

Madres trabajadoras: ¿Impacto para el desarrollo de los hijos?

Para muchas mujeres madres y trabajadoras fuera del hogar, el tener hijos plantea un gran dilema e incluso dudas y sentimientos de culpa respecto a si desarrollarán o no un buen papel como madres, por el hecho de no poder dedicar tanto tiempo al niño. Recientemente, los resultados de un estudio elaborado por un equipo del Departamento de Epidemiología y Salud Pública de la Universidad College de Londres, ha arrojado datos que contribuyen a mitigar estas creencias o dudas, apoyando la idea de que lo importante no es tanto el tiempo que los padres comparten con los hijos, sino la CALIDAD del mismo.
Como ya se ha mencionado anteriormente en este blog, existen ciertas creencias e ideas muy asentadas en gran parte de la sociedad acerca de cuáles son los papeles y tareas asignadas tradicionalmente a los hombres y las mujeres (roles de género). Entre estas creencias e ideas se encuentran las que versan sobre el desempeño de los papeles de padre y de madre, estableciendo diferencias entre las cosas de las que se debe ocupar cada uno y el tiempo que debe dedicar al desempeño de la responsabilidad parental.
Esta carga de aprendizaje cultural, que tiene sus raíces en una amplia tradición, se convierte muchas veces en un obstáculo con el que tienen que lidiar muchas mujeres, para las que se hace difícil dar el paso de ser mujeres trabajadoras sin que aparezca el sentimiento de culpa o las dudas de estar o no cumpliendo correctamente con su función como madres, si sus hijos notarán su ausencia o si el que ella trabaje puede generarles carencias emocionales.
El antes citado equipo de investigación, dirigido por la doctora Anne McMunn, estudió una cohorte de 18.819 niños británicos nacidos entre 2000 y 2002 y les siguieron (al 79% de ellos) hasta que cumplieron cinco años. Sus resultados indican que tanto para los niños como para las niñas, la situación ideal, en la que se dieron menos problemas de conducta, fue aquella en la que ambos padres tenían un trabajo remunerado fuera de casa. No obstante, hay que aclarar, como apunta el doctor Miguel Ángel Díaz Sibajo, de la Unidad de Salud Mental Infanto-Juvenil del Hospital de Día de Algeciras (Andalucía), que son muchas y muy variadas las situaciones laborales que se pueden presentar en un hogar, así como las relaciones que se puedes establecer entre los padres y entre éstos y sus hijos. Por ello hay que tomar esta afirmación con cautela. Es cierto que el que una madre trabaje fuera de casa no necesariamente tiene que generar problemas emocionales ni carencias a sus hijos, pero también es cierto que todo depende de cómo se gestione el resto del tiempo que se dedica a los hijos y cómo se maneje la crianza y educación de éstos, tarea que no es para nada fácil.
La jornada laboral es una variable importante, como señala Díaz Sibajo, pues los padres con jornada intensiva podrán dedicar un mayor tiempo a sus hijos y a llevar a cabo un mejor seguimiento del desarrollo de éstos así como establecer ciertos lazos que se establecerán más difícilmente por un padre/madre que llega a casa al final del día. Evidentemente, la calidad de la relación con el hijo se ve afectada por variables como ésta, y no por el hecho de trabajar o no. Incluso aunque la jornada laboral de un padre le impida pasar mucho tiempo con sus hijos, se pueden hacer cosas para favorecer que se establezcan unas relaciones familiares positivas, basadas en la confianza, el apoyo mutuo y la comunicación. Pongamos por ejemplo que un niño o niña tiene unos padres pilotos, ¿significa esto que las relaciones entre ellos van a ser necesariamente peores que las que establece cualquier otro niño con unos padres que vivan con él? La respuesta es NO, pero la clave vuelve a estar en el manejo que se haga de los tiempos de interacción con los hijos y cómo los padres se organicen para prestar al niño la atención que necesita.
Tener hijos es un acto de responsabilidad y exige gran implicación. Pero con esfuerzo, puede hacerse compatible con una vida laboral y social, que además enriquezca a su vez las propias relaciones familiares y el estilo de vida que la familia construya. Si se hace bien, todos pueden verse beneficiados: los padres tendrán otros contextos donde desarrollar sus capacidades como personas, continuar aprendiendo y donde exponerse a refuerzos y reconocimientos tanto personales como sociales. Además si ambos padres trabajan, habrá dos fuentes de ingresos en la familia y más probabilidad de que el niño pueda ver satisfechas las necesidades que vaya a tener durante el proceso de desarrollo (sin que ello signifique caer en el error de consentir todos sus caprichos); por su parte, el hijo/a podrá beneficiarse de esa situación y del tipo de conductas y “formas de pensar” a las que les expongan sus padres como modelos. Por esta razón, hay que insistir que si se realizan bien las funciones de crianza, no tienen por qué aparecer problemas de conducta en la infancia.
En relación a lo anterior Anne McMunn, explica que, en general "las madres que trabajan fuera de casa suelen tener un mayor nivel educativo, más ingresos y más motivos de satisfacción, por lo que tienen menos probabilidades de deprimirse que las que están en casa. Y el estado de ánimo de la madre influye en el niño y en su conducta". Estos datos refuerzan la idea de que no sólo el que ambos padres trabajen no tiene por qué ser problemático, sino que puede incluso tener su vertiente positiva, pues a esta condición se le asocian en muchos casos variables como el nivel educativo, el nivel socioeconómico, el tipo de información, creencias y enseñanzas que los padres trasmiten y el tipo de conductas que modelan, que pueden favorecer un desarrollo infantil positivo.
La importancia de que todo llegue a buen término radica en el manejo que hagan los padres de la situación. Todos los expertos coinciden en este punto. Es determinante el cómo actúen los padres cuando estén con sus hijos a la hora de establecer límites, poner normas, premiar, castigar, reforzar, mostrar afecto y atención… En definitiva, de cómo manejen los padres los principios de aprendizaje (reforzamiento, castigo, extinción), sabiendo adaptar sus exigencias al nivel de desarrollo del niño en cada momento, va a depender que sus hijos incorporen un repertorio de conductas adecuado para la interacción con su medio a cada edad.

 Ver artículo de referencia aquí:
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Roles y Estereotipos de género: Una carga de la tradición cultural

La herencia cultural nos ha impregnado de ciertas creencias y estereotipos sobre cuáles son las cosas que deben caracterizar a los hombres y a las mujeres y cuáles son los papeles y tareas propias de cada uno de ellos. Estos estereotipos asociados al género se conocen como “Roles de Género” y han sido y son divulgados de generación en generación y serán mantenidos y reforzados en la medida en que, tanto hombres como mujeres se sigan adecuando o encorsetando en lo que dichos estereotipos marcan, reproduciendo los patrones de conducta prototípicos que se atribuyen y adjudican a cada género. Puesto que estas ideas y formas de entender el modo en que se deben comportar hombres y mujeres son trasmitidas durante el proceso de socialización de una persona, ya desde muy pequeños, los niños y niñas crecen bajo unos modelos preestablecidos de lo que es adecuado que piensen, digan, sientan y hagan, en función de si pertenecen al sexo masculino o femenino.


La propia presión social favorece precisamente el que niños, niñas, hombres y mujeres se comporten conforme los cánones sociales, porque éstos fijan qué comportamientos serán reforzados y cuáles no; es decir, los roles o estereotipos de género establecen por ejemplo que una mujer sea reforzada y reconocida por el entorno cuando cumple lo que se consideran los papeles o características propias de la mujer, (ej. quedarse en casa cuidando de los hijos y ocupándose del hogar o ser cálida y comprensiva), de igual modo que un hombre será reconocido cuando cumpla lo que se consideran papeles y características atribuidas tradicionalmente a éstos (ej. ser el que mantiene principalmente a la familia, ser protector y más “fuerte” que la mujer)…
Los niños crecen observando en su entorno este tipo de comportamientos y por tanto, es lo que aprenden e incorporan a su repertorio de conductas, reproduciéndolo, a su vez, en su interacción con el ambiente que les rodea. De este modo, los “roles de género” se perpetúan y trasmiten verbalmente y a través del aprendizaje por observación de generación en generación. El modo en el que uno debe comportarse se incorpora de esta manera como una creencia o “regla” de comportamiento que explicita aquellas conductas y actitudes por las que recibirán aprobación de la sociedad y aquellas otras por las que recibirán críticas.

Es cierto que muchos de los valores tradicionales y de los estereotipos de género se están viendo modificados en los últimos años gracias a los cambios sociales que están teniendo lugar. En este sentido, han sido muy destacables hitos como la legalización del voto de la mujer o la incorporación de la mujer al mundo laboral. La ley que permite al padre coger la excedencia para el cuidado del recién nacido en lugar de que lo haga la mujer, es otro avance en esta línea, así como el reconocimiento de las parejas homosexuales (pues también supone un cambio respecto a los valores tradicionales y la concepción tradicional de la familia). Cada vez más, tanto mujeres como hombres empiezan a diversificar su contribución al mundo laboral ocupando cargos y desarrollando actividades que tradicionalmente han estado atribuidas al sexo opuesto. Cada vez más mujeres están ocupando cargos directivos y políticos, también el mundo de la moda y de la estética está repleto de ejemplos de varones que están triunfando con gran reconocimiento, cada vez se va normalizando más el reparto de las tareas en el hogar…
Poco a poco vamos dando pasos hacia la ruptura con estas tradiciones y hacia el cambio de estos estereotipos y creencias, pero aún queda un largo recorrido para que los nuevos patrones de comportamiento asociados al género y que aspiran cada vez más a reducir las diferencias entre hombres y mujeres, se incorporen al modo de pensar y de comportarse de la mayor parte de la sociedad. Este cambio sólo será posible a través de la exposición a nuevos modelos de comportamiento (hombres y mujeres que se salgan de los cánones establecidos y que muestren que otros comportamientos son posibles y cada vez más frecuentes) pues sólo de esta manera se podrá producir un proceso de habituación (adaptación a los cambios) sin que dichos cambios generen respuestas como la sorpresa, el rechazo, el desacuerdo, la crítica… La clave está en ir logrando progresivamente una normalización, si bien, este proceso será más fácil para la gente joven y para los niños y niñas que vayan creciendo entre los nuevos modelos sociales (exponiéndose así a nuevas ideas, creencias, y concepciones sobre los papeles del hombre y la mujer en la familia y la sociedad), y será más costoso para aquellas personas que han crecido inmersos en las concepciones y tradiciones anteriores, para las cuales, muchos de los cambios que empiezan a acontecer en la sociedad actual, resultan difíciles de entender y de apoyar.
El cambio de creencias y reglas fuertemente asentadas es costoso pero posible.
De la misma manera que podemos cambiar un comportamiento manejando las variables que lo controlan (sus antecedentes y sus consecuencias) también podemos modificar conductas de tipo cognitivo (como serían las creencias, reglas, estereotipos…), pues al fin y al cabo, “lo cognitivo” no deja de ser un comportamiento más, algo que hemos aprendido durante el proceso de socialización. Por ello, en la medida en que nos expongamos a un proceso de socialización diferente en el que los modelos de conducta y la información trasmitida verbalmente sean diferentes, los comportamientos, creencias, normas y reglas que incorporemos a nuestro repertorio, también lo serán. Pero todo este proceso pasa por la EXPOSICIÓN a los cambios a los que hombres y mujeres contribuyamos bajo el amparo de organismos, empresas e instituciones sociales, públicas y privadas que puedan contribuir con su granito de arena a trabajar por la igualdad entre hombres y mujeres y a la modificación de los estereotipos del pasado. En este sentido, leyes que favorezcan la igualdad, ciertas políticas sociales y empresariales, ayudas a mujeres trabajadoras… pueden ser de gran ayuda a que se implementen cambios sociales que cada vez vayan contemplándose con más normalidad.

jueves, 4 de agosto de 2011

El Marketing de la Enfermedad Mental. La psicopatologización de la vida cotidiana


Un vídeo de los canales Ankesenaton y SaavedraAbel.


En 2005 un estudio realizado por una empresa comercial dirigido a los ejecutivos del sector farmacéutico, afirmaba  que “crear nuevos mercados de enfermedad aporta una cantidad indecible de miles de millones de ventas de fármacos y que el fenómeno de la creación de enfermedades patrocinadas por las comerciales farmacéuticas irá en aumento”.
En los últimos años la industria farmacológica ha desarrollado una nueva vía para incrementar sus ventas en el ámbito de la salud mental: El “marketing de la enfermedad mental”, el cual consiste básicamente en:
1)      Elevar la importancia de una condición: Haciendo creer que un problema o ciertos síntomas son peores y más extendidos de lo que son en realidad.

2)      Redefinir un estado existente en  una condición psiquiátrica: Ejemplos de ellos pueden ser convertir la reducción del estado de ánimo que sufren algunas personas en invierno como consecuencia de la falta de sol en lo que los psiquiatras ahora catalogan como “Trastorno afectivo estacional”, susceptible de ser medicado; o las alteraciones anímicas que la mujer padece durante la menstruación en lo que se ha dado en llamar “Trastorno Disfórico Premenstrual”, para el que también existe medicación psiquiátrica.

3)      Crear una condición nueva para una necesidad del mercado no satisfecha: Esto es lo que ocurre con el “Trastorno de Compra Compulsiva”, que fue divulgado a través de la investigación realizada por un psiquiatra del que luego se demostró haber recibido pagos de la farmacéutica que comercializó el fármaco de elección.

Una vez convertida una condición en enfermedad y generada la etiqueta diagnóstica sólo queda esperar a que se incremente el número de diagnósticos de dicho trastorno y se receten sus fármacos,  rembolsándose de esta manera las farmacéuticas, millones de euros. A través de estos mecanismos de promoción, ciertas “enfermedades mentales” han ido incrementando y reduciendo su auge como si de una moda se tratase, en función del caso que las farmacéuticas las hacen o las dejan de hacer, aprovechándose de la importancia que tiene para las personas el bienestar psicológico y el mantenimiento de la sensación de control sobre sus vidas.
Según datos, actualmente hay en el mundo 100 millones de personas medicadas por padecer alguna “enfermedad mental” y las empresas farmacéuticas se rembolsarían más de 150.000 dólares por minuto. Un asesor del consumidor apunto que la clave de todo este fenómeno está en la campaña de marketing que hay detrás de un fármaco. En función de esta, una farmacéutica podría ingresarse cientos de millones de dólares, incluso aunque el fármaco fuera malo o ineficaz para aquello a lo que se destinaba. El director de producto de la campaña de Paxil (psicofármaco antidepresivo) afirmó que “el sueño de un hombre de marketing es encontrar un mercado no identificado y desarrollarlo”. En definitiva, el objetivo de la industria es convencer a la gente de que tiene un trastorno que puede y debe ser medicado. Para ello se recurre a grandes empresas de marketing que hacen todo este trabajo.
Son muchos los fraudes e irregularidades que se ha encontrado entorno al fenómeno de “compra-venta” de la enfermedad mental: estudios clínicos tergiversados (exagerando los efectos positivos de un fármaco, omitiendo los resultados negativos…), profesionales del mundo de la investigación pagados por industrias farmacéuticas por sacar en sus investigaciones datos a favor de la proliferación de ciertos trastornos…
El vídeo adjuntado explica cómo se lleva a la práctica el marketing de la enfermedad mental y de los problemas psicológicos y ofrece datos que desenmascaran el fraude y la ausencia de base científica que hay detrás de toda esta proliferación de trastornos mentales. Los autores del vídeo alertan de que esta exitosa estrategia convierte las situaciones normales de la vida en condiciones de enfermedad psiquiátrica, haciendo que la gente se preocupe en exceso ante problemáticas y síntomas comunes y solicite su diagnóstico y tratamiento a través de una pastilla, que curiosamente, las farmacéuticas han creado y comercializado específicamente para ello. No obstante, estos problemas no son nuevos, sino que es ahora cuando son etiquetados de “enfermedad psiquiátrica” y cuando la propia industria farmacéutica los ha hecho susceptibles de ser tratados a través de pastillas, haciendo de ello una nueva necesidad. Como consecuencia se ha psicopatologizado la vida cotidiana.
Circunstancias negativas en la vida han aparecido y van a aparecer siempre, porque además, la mayoría de las veces no van a estar bajo nuestro control. El que se muera un ser querido, nos quedemos sin empleo, tengamos un desengaño amoroso, sobrevengan problemas económicos… a veces no depende totalmente de lo que nosotros hagamos. Muchas cosas simplemente ocurren y nos toca adaptarnos a ellas y hacerlas frente. Inevitablemente estas circunstancias van a afectar a nuestro estado anímico y a nuestra salud en general, pero esto lleva ocurriendo desde que el hombre es hombre y seguirá ocurriendo, pese a que aparezcan pastillas. ¿Por qué ahora hay que etiquetar de enfermedad todas estas condiciones que no dejan de ser connaturales a la vida, cosas cotidianas y normales? ¿Por qué convertirlas en algo más grave de lo que es?, ¿Acaso una pastilla va a resolver nuestros problemas? Una pastilla no “cura” un problema que se ha derivado de las circunstancias de nuestra vida. La solución pasará en estos casos por aprender a afrontar dichas situaciones, desarrollando para ello estrategias.

Otros documentos de interes:
González Pardo, H. y Pérez Álvarez, M. (2007). La invención de trastornos psicológicos. ¿Escuchando al fármaco o al paciente? Alianza Editorial.